La reina del Reino Invisible
—Perséfone —canturreó Noche enseñando los dientes manchados de sangre—. Diría que es un placer verte, pero no lo es. —Su rictus cambió y se mostró fiero.
Mi madre lo ignoró y fue hacia mí iracunda, aunque en el rostro tenía perfiladas marcas de preocupación.
—¡¿Cómo se te ocurre?! ¡¿En qué estabas pensando?!
Abrí la boca y escupí por si acaso la más mínima gota de aquella sangre penetraba en mí.
—Mamá, no me regañes delante de todos —dije azorado.
—Me has tenido muy preocupada. No he podido venir en tu ayuda hasta que has entrado en el Tártaro y he podido recibir tu señal. Una reprimenda es lo mínimo que te mereces.
—¿Qué señal? ¿Me has puesto un chip bajo la piel? —Me entró la risa histérica.
—No seas tonto, claro que no. Cuando has entrado aquí he sentido tu presencia. Este lugar no deja de ser mi…
—¡Eh, qué estoy aquí! No podéis ignorarme.
A Noche se le estaban hinchando las narices. No soportaba no ser constantemente el centro de atención, como cualquier abusón.
—Estoy hablando con mi hijo. Muestra un poco de respeto y ¡cállete dos segundos!
Noche se quedó estupefacto. Fue a decir algo, pero parecía haber perdido la voz. Estaba atónito, aunque seguía manteniendo la orden dada a sus demonios de mantener mi cabeza inmovilizada junto al resto de mi cuerpo.
—Lo siento —me disculpé con ella para que parara.
—Ya lo puedes sentir. —Resopló por la nariz y centró su atención en Noche—.
Ya estoy contigo. Decías que no estabas contento de verme, pues yo no puedo estar más decepcionada de verte a ti.
—Mi madre parecía distinta, había cambiado rápidamente de registro y se la veía fuerte e investida de poder.
Llevaba unas mallas negras, una camisa de manga larga que se cerraba con una fila de botones dorados y la melena suelta—.
Me has estado evitando. Emboscando a mi hijo como un vulgar cobarde donde yo no tenía permiso para entrar, asegurándote de no dejar a nadie con vida.
Y después engañando a mi hijo para que te siguiera en tu jueguito, sabiendo que yo no podía ir tras él atravesando el Infierno.
—Está bien, me has pillado. Muy lista. —Noche parecía haber recuperado el entusiasmo; no obstante, enseguida volvió a ponerse serio.
Entrecerró los ojos y con el ceño fruncido señaló un hecho que le parecía de Perogrullo: mi madre era entonces una vampiresa convertida que no podía entrar allí donde no había sido invitada.
Eso incluía el Tártaro, puesto que el tiempo que había vivido allí como humana no contaba—.
No puedes estar aquí. Nadie te ha invitado.
Pero ella aclaró el punto con mucha contundencia.
—¡Soy la maldita reina de este sitio! Puede que Hades ya no esté, pero yo sí, y eso me convierte en la puta reina del Tártaro. El Reino Invisible me pertenece por derecho. Y como no sueltes a mi hijo ahora mismo te lo demostraré.
Tan pronto como pronunció la última palabra, con un movimiento de su mano, saltaron los barrotes y los vampiros atrapados en la cárcel del Tártaro salieron en tropel como una horda de delirantes necrófagos.
Había hombres y mujeres y todos tenían un aspecto demacrado.
La red de venas que cubrían sus rostros y brazos estaba roja y parecían cortar su carne seca.
Tenían los labios retraídos y los colmillos sobresalían amarillentos desde unas encías negras que me recordaron la afección de aquel carretero de la taberna Le Chêne Doré.
Apestaban. Sus uniformes militares estaban ajados y apenas se podía dilucidar en qué habían consistido.
Quinientos años de encierro habían sido muchos años.
Y se fueron a por Noche.
Los demonios se apresuraron a soltarme y a rodear a su señor para protegerlo, mientras respondían a las embestidas del ejército olvidado.
Habían sacado las espadas y daban estocadas con ellas que, aunque alcanzaban la carne putrefacta de los vampiros, estos no parecían notarlo.
Algunos brazos cayeron al suelo, pero ellos no tenían intención de ceder, mientras lo que rodara no fueran sus cabezas.
Seguían tratando de alcanzar a Noche y desquitarse.
Entonces mi madre, poniendo fin al caos, gritó:
—¡Replegaos! ¡Detrás de mí! —Luego me ordenó—: Ven aquí, Lucien.
No hizo falta que me lo dijera dos veces. Viéndome por fin libre, ya había iniciado la carrera hasta ella, o, mejor dicho, hasta Bell, que estaba incorporándose liberada también de los demonios que la retenían.
—¿Estás bien? —le pregunté tomándola de la cintura para ayudarla. Parecía cada vez más debilitada.
—Sí. —Me sonrió exangüe.
No la creí.
Los Tenebrae empezaron a multiplicarse llamados por Noche.
En apenas unos instantes eran tantos que daba la sensación de ser un número infinito.
Y nosotros éramos un número bastante finito.
El ejército no contaba con más de cincuenta vampiros que estaban en un estado lamentable.
Y luego estábamos Bell, que parecía consumida, mi madre, Marie Mayer, que no parecía la misma chica que jugaba con su pelo del color de los Cheetos, Sophie y su perro, Gary que había sufrido una gran transformación, y yo.
Mi madre volvió a gritar una orden.
—¡Al Lete! ¡Ya!
Y todos corrimos en dirección al río, entrando en el agua para vadearlo.
Los demonios no nos siguieron… por el agua.
Mi madre se apresuró a explicarme:
—No pueden entrar. El Lete es el río del olvido. Si tocaran sus aguas se les olvidaría por qué han entrado en él. Solo a nosotros, los vampiros, los auténticos dueños del Tártaro, no nos afecta. Nosotros pertenecemos a las Sombras de los Muertos.
Inmediatamente pensé en Bell. La llevaba en brazos porque no parecía tener fuerzas suficientes para avanzar con la resistencia de la corriente del agua empujándola. Mi madre siguió mi mirada.
—Ella no es un demonio.
—¿Qué? —pregunté y mi boca se abrió de golpe.
—Soy un ángel, Lucien —respondió Bell con un hilo de voz, recostada contra mi hombro—. Noche es un ángel caído y los ángeles solo pueden crear otros ángeles. Cuando descubrió eso, se negó a crear más, por eso soy la única.
Tenía sentido. Tenía mucho sentido. Claro que era un ángel, el ángel más bello de todos. El monstruo no la quería porque ella representaba el bien y él era el mal. Y recordé las veces que la había llamado demonio y las veces que ella había esquivado confirmar lo que no era.
Sonreí.
Avanzábamos a toda prisa hacia el palacio. Entonces observé el comportamiento chiflado de Gary, y no pude evitar preguntarle a mi madre.
—¿Gary?
—Se me volvió a escapar. —Ella soltó una carcajada.
Gary parecía un niño, salpicando agua y riendo como un demente.
—¿Qué le pasa?
—Es un acólito muy juguetón, pero está bien —afirmó con poca convicción—. ¿A que estás bien, cariño?
A lo que Gary respondió:
—Estoy de puta madre. —Y se golpeó el pecho.
No pude evitar poner los ojos en blanco.
—¿Y qué hacen aquí Marie y Sophie?
—Son vampiresas, por supuesto.
—Eso ya lo he visto, pero ¿cómo?
—A Sophie la convertí cuando llegamos al pueblo. Y a Marie este curso. Necesitaba que te vigilaran.
Me abstuve de replicar que Marie más que vigilarme se había dedicado a tirarme los tejos. Con razón Sophie olía a naftalina: así enmascaraba el olor a vampiro. A Marie habría sido imposible desenmascararla porque se bañaba en perfume, literalmente.
—O sea que lo que tomabais Sophie y tú no era café. Los vasos escondían sangre.
Mi madre rió culpable.
Sonreí.
—¿Cómo no se te ocurrió contarme que eres la reina Perséfone?
—No preguntaste, no querías saber nada de tu padre y yo lo respeté —me recordó con razón. Y yo, en lugar de aceptar mi culpa, me defendí de forma pueril.
—Se supone que soy un adolescente que no sabe lo que quiere.
Mi madre gruñó.
—¿Y el perro? —pregunté porque era muy cómico que estuviera allí.
—Sophie no podía dejarlo solo.
Entonces gruñí yo.
Llegamos al palacio muy rápido, a pesar de que el agua nos ralentizaba, gracias a que todos éramos extremadamente veloces. En el cielo revoloteaban las aves del Infierno. Noche buscaba intimidarnos.
El palacio era de dimensiones colosales.
Construido en piedra blanca que brillaba como el nácar.
Tenía dos torreones tan altos que parecían tocar el techo de aquella inconmensurable bóveda.
Su inmensa puerta de arco de medio punto se abrió a nuestra llegada, como si tuviera un sensor de movimiento moderno.
Bell se había dormido en mis brazos.
Mi madre me detuvo cuando entramos en una gran sala vacía, de techos altos.
—Está enferma. —Según pronunció esa frase me detuve y la miré aterrorizado.
—No —negué con más miedo que seguridad—. Solo está cansada. Los niveles del Infierno han sido duros. Ella… —Entonces se abrió paso en mi mente una idea—. Yo la liberé de Noche.
Mi madre abrió los ojos de manera exagerada y luego bajó la cabeza con pesar.
—¿Qué? —le pregunté desesperado.
—Ahora no es más que un ángel del Infierno, Lucien. No puede sobrevivir fuera de él. Ni aquí en el Tártaro, ni en el mundo de los vivos.
—Pero Noche estaba bien.
—Noche es también un demonio. Al liberarla de él, dejaron de ser uno y Bell se quedó sola con su esencia de ángel. Morirá fuera del Infierno. Hay que llevarla allí lo antes posible.
—Pero…
Las aves del abismo chillaban fuera sobrevolando el castillo.
Los demonios aullaban a las puertas.
Habían llegado hasta allí siguiendo los márgenes del río.
Estábamos sitiados.
Y no éramos suficientes.
Y Bell se moría por mi culpa.