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El ejército olvidado
—¡Al fin! ¡Habéis tardado una eternidad! —exclamó Noche y abrió los brazos—. Bienvenidos al Tártaro, la región más profunda del Inframundo. Que sepáis que he sido generoso y he eliminado el obstáculo de los carroñeros porque… de verdad… qué lentos sois.
El séptimo Infierno no existía, porque el séptimo Infierno era un engaño. Una trampa. Noche se había adueñado del Reino Invisible de Hades incorporándolo al suyo.
El Tártaro era un lugar frío que olía a algo antiguo y decadente.
El espacio era tan amplio y luminoso que me dio la impresión de encontrarme al aire libre y no en las entrañas de la tierra.
Millones de puntos iluminaban, como miles de estrellas, el techo de aquella especie de bóveda colosalmente alta e infinita, como el centro de la Tierra que describiera Julio Verne.
Ignoraba qué extraño fenómeno emitía aquellas luces, pero si eran luciérnagas debían ser grandes como camiones.
Por todas partes se alzaban columnas de piedra irregulares, como si hubiesen sido esculpidas por la naturaleza misma del lugar, con sucesiones de arcos apuntados que recorrían un largo camino hasta que acababan de manera abrupta en mitad del espacio escarpado.
Bajo uno de aquellos arcos estaba sentado Noche sobre un sobrio trono de recia madera negra que se alzaba sobre una plataforma elevada por varias superposiciones de roca viva.
Un trono que no le correspondía porque el Tártaro era dominio de mi padre.
Llevaba una corona en la cabeza, la corona de fuego.
Una corona que parecía forjada en retorcida lava llameante.
A sus pies, acariciando lascivamente su pierna desnuda estaba Erik, vivo, mirando a aquel payaso como si fuera el puto rey del mundo.
Un Erik que no se parecía en nada al chico inocente que había conocido.
No se parecía en nada al hijo de Carl y Robert, aquellos adorables padres licántropos.
Aquel Erik parecía una rata de alcantarilla.
—¿Qué le has hecho? —le pregunté a Noche por si cabía la posibilidad de que detrás de aquella escena se escondiese una excusa.
—¿Yo? Mejor pregunta qué te ha hecho él a ti, Lucien. Mira hasta dónde te ha traído. Te creíste toda la historia que te contó. Caíste como un ingenuo en el engaño. —Se dirigió entonces a él—. Qué buena actuación la tuya, cachorrito.
—Gracias, amo. Sabes que haría lo que fuera por ti. Por nosotros.
Al oír la palabra «amo», el recuerdo de Luc Gautie se abrió paso en mi mente.
Habría preferido pensar que aquel desgraciado le había lavado el cerebro a Erik como había hecho con Luc.
Y entonces me asaltó la duda escalofriante: ¿qué le había hecho a Luc antes de matarlo?
Y todas las posibilidades me provocaron náuseas.
Noche estiró los dedos de la mano derecha hacia Erik, que con una avidez repulsiva se los metió en la boca y los lamió con placer. Me dieron renovadas ganas de vomitar. Yo había besado esa boca.
—Luego jugaremos —le dijo Noche retirando la mano y dedicándole una mueca lujuriosa enseñando aquellos dientes blancos y aquella lengua grimosa.
No podía soportar más aquel morboso escenario.
Tenía que salir de allí. Volver a casa. La misión de rescate había fracasado, el Erik que había ido a buscar no existía.
No había existido nunca. Necesitaba distraer a Noche para pensar cómo salir de aquel embrollo en el que me había metido.
Para salir de aquella trampa en la que había caído.
Había sido un ingenuo y un arrogante. Y, desde luego, Elías no habría aplaudido mi proceder, me habría reñido por ser un idiota.
No me habían importado nunca el Reino Invisible, ni las Sombras de los Muertos, pero ese era el punto débil de Noche, a él sí le importaban, por eso le acusé:
—¡Ese trono no te pertenece!
—¡Tu padre no lo merecía! —gritó, incorporándose presa de una repentina furia—.
¡Nunca fue digno! Y el abandono de tu madre lo volvió aún más endeble.
Se convirtió en un ser lastimoso. Y tú eres igual que él.
El amor y la compasión que sientes por los vivos te debilita.
Tu negativa a matarlos es patética. Tu vergonzoso intento de ser como ellos es repulsivo.
¡No eres rival para mí! Estás aquí porque el Reino Invisible se me resiste.
No será mío hasta que desaparezcas. Pero antes me transferirás tus dones tal como tu padre te los transfirió a ti.
—Se levantó, elevó la cabeza y extendió los brazos—. ¡Y volveré a surcar los cielos!
Un hilo de saliva corrió por la comisura de su boca. Al parecer echaba de menos las alas que había perdido cuando fue expulsado del Paraíso.
El Tártaro entero pareció rugir de ira ante sus palabras y las luces del techo vibraron. Bell miraba a su padre con marcado desprecio.
—¿Has montado todo este teatro para atraer a Lucien aquí? —le reclamó.
—Querida —reparó en ella—. No te diré que me siento decepcionado porque eso ya lo he repetido mucho a lo largo de todos mis años, pero sí sorprendido.
He observado vuestro paseo hasta aquí y tengo que decir que enamorarte de él ha sido, con diferencia, tu mayor estupidez. ¡No eres digna de tu rango!
—¡No le hables así!
Di un paso al frente. Dispuesto a cerrarle la boca. Me cansaba su presencia, me hastiaba oír su voz.
Él me miró con el rostro rojo de ira.
—Tan valiente, pero cuando ese amigo tuyo te necesitó no acudiste con tanta pasión.
—¡Matarlo fue un acto de cobardía! —El odio había convertido mi piel en la piel de un monstruo. Las ramificaciones negras me llegaban hasta los ojos.
—¡Matarlo fue un acto de venganza! —bramó soltando espuma por la boca. Luego pareció reconsiderar su estrategia y respiró con profundidad—. ¿Puedes creerte que no quería cooperar? Ni siquiera torturándolo conseguí quebrantar su lealtad hacia ti.
Algo se rompió en mí. Algo que jamás podría repararse.
—¿Por qué él? —le pregunté con la carga de su muerte aplastándome el pecho.
—No fue una elección al azar, por supuesto. Erik me lo señaló. Esa parte fue idea suya. Me dijo que era tu mejor amigo, y que si quería hacerte daño de verdad no podía desaprovechar la satisfacción de arrebatártelo.
—¡Maldito hijo de puta! —Saqué los colmillos dispuesto a matarlos a los dos. El monstruo ya no hablaba dentro de mí, era yo quien gritaba y arañaba las paredes del fondo de mi alma: «Yo soy la muerte». Entonces Bell se interpuso.
—Es lo que quiere. No caigas en su trampa. —Ante mi vacilación, gritó—: ¡Mírame!
—¡Traidora! —aulló Noche.
De repente, el suelo tembló, y la piedra bajo el trono se desplazó mostrando lo que escondía: barrotes incandescentes, la cárcel del Tártaro. Del interior se elevaron silbidos y gruñidos.
—¡Cállaos! —gritó Noche con la mirada fija en aquel metal rojo y retorcido que, aun a aquella distancia, me quemaba.
Luego me miró con la demencia asomando a sus ojos—.
Tus huestes quieren salir a conocerte. Llevan mucho tiempo esperando que vinieras a reclamar tu trono, pero preferiste quedarte en el mundo de los vivos apegado a una falsa existencia mortal.
Si no te hubiese puesto un anzuelo jamás habrías bajado aquí a buscar tu muerte definitiva.
—¿Mis huestes?
—Mírate, no eres una Sombra de los Muertos.
Eres un endeble niño que mató una sola vez porque tu padre era un ser desgastado que había perdido su fuerza en llorar por una mujer.
Y ahora has venido aquí en un noble acto de sacrificio para rescatar a alguien a quien no le importas.
Mientras tus huestes han sufrido el encierro durante siglos.
Las he alimentado con las sobras vivas de mi colección.
—Ante la mirada asustada de Erik, añadió—: No te preocupes, amor, tú eres distinto, eres un licántropo, tardaré mucho más en cansarme de ti. —Y rio, demente.
Debería haber sentido lástima por el destino de Erik.
En otro tiempo la habría sentido. Más que lástima, compasión.
Sin embargo, no sentí nada, si acaso satisfacción.
Aquel desgraciado recibiría su merecido.
Había puesto a Elías una diana en la espalda.
Por su culpa estaba muerto, por su culpa aquel maldito psicópata lo había torturado.
Sentí asco de mí por haber sucumbido a mis instintos animales.
No tenía honor. Elías y las Sombras de los Muertos habían pagado el precio de ese deshonor.
Me sentí un imberbe y un egoísta. Tan ingrato e indigno que quise que me tragara la tierra… aún más.
Más allá del trono de ébano, allí donde acababan las columnas tartáricas, se extendía un abrupto terreno de montaña y roca, pero también de vegetación fértil.
La iluminación del techo se reflejaba en las aguas de un río que se perdía en el horizonte, discurriendo manso hacia un palacio cuya blanca y resplandeciente estructura se recortaba en la lejanía. El palacio de Hades.
Noche dio una silenciosa orden y las tinieblas se extendieron a su alrededor y se convirtieron en demonios.
Había decenas de ellos. Era su guardia: los Tenebrae.
Llevaban armaduras negras que parecían hechas con la piel de las aves infernales del cuarto Infierno.
También portaban recias espadas. Todos tenían la misma cara de mala leche.
—¡Cogedlo! —gritó Noche.
Y los demonios se convirtieron en sombras y las sombras de nuevo en demonios que me aprisionaron los brazos a la espalda y la cabeza, dejando mi cuello expuesto a su señor, que me clavaron en el sitio, sin poder moverme.
Bell se lanzó sobre ellos, pero la empujaron sin dificultad contra la piedra. Parecía… exánime. Supuse que seguía débil por el esfuerzo que supuso la lucha con los aves en el abismo, agotada por su paso por el Intestino. Por el rabillo del ojo percibí el brillo verde de Excalibur.
—¡Guarda eso! —le ordenó Noche irritado. Luego se dirigió a sus demonios—. Sujetadla. Parece que mi hija está dispuesta a morir por nada.
Lo odié hasta que me pareció que era imposible odiar más.
—¿Qué vas a hacer? Vas a beber mi sangre y luego obligarme a beber la tuya —dije con sorna. Era estúpido pensar que me prestaría a tragar su sangre.
Pero él parecía saber algo que yo ignoraba y de lo que se apresuró a alardear.
—Ese último requisito no será necesario, por eso mis demonios te han preparado para el segundo paso.
—Se restregó las manos con placer y soltó una carcajada lunática—.
Ya has bebido mi sangre. Al lamerle las heridas a mi hija para curarla cumpliste esa parte del rito, pues yo soy su dueño y ambos somos uno.
Lo que sientes por ella me ha dado una buena… ventaja.
Pronunciando aquella última palabra, saltó sobre mí.
Me retorcí furioso. Los colmillos me dañaban las encías y las venas negras latían con vida propia, pero aquellos desgraciados eran muchos y sus manos parecían multiplicarse cuanta más resistencia ejercía yo.
Sentí la lengua de Noche sobre mi cuello.
—Qué maravilla. Hueles tan bien. —Inspiró profundamente—. Y eres tan condenadamente hermoso. Me habría gustado tanto disfrutar de este momento en la intimidad. —Con la otra mano acarició el interior de mi muslo. La repulsión me subió a la garganta en forma de bilis.
Con una asquerosa uña de su otra mano hizo un corte en mi carne.
Sentí la sangre fría correr por mi cuello hasta la clavícula.
Y entonces Noche hundió su boca en mi piel mancillada y comenzó a succionar, mientras seguía manoseándome.
Fue el momento más traumático de mi existencia.
Pensé con sarcasmo, que no habría modo de arreglar en mis recuerdos aquel episodio.
Después de un tiempo que me pareció eterno, Noche dejó de beber y se dio por satisfecho.
—Ya son míos, tus dones ya son míos.
Estaba eufórico. Y fue entonces cuando su euforia se esfumó.
—¿Qué ocurre? ¿Por qué no…? —Parecía muy desconcertado. Y entonces Bell comenzó a reír a carcajadas. Noche la miró con el rostro desfigurado de cólera— ¡¿Por qué te ríes?! ¡¿Qué sabes?!
—No conseguirás sus poderes —le dijo con la satisfacción haciendo que brillara toda ella—. Soy libre. Lucien me liberó. No somos uno, porque ya no eres mi dueño.
—¿Qué? No. ¡No! —Se retorcía como una culebra sobre sí mismo, lleno de ira y frustración. De la cárcel llegaron aullidos. Los barrotes se llenaron de manos que se quemaban, empujando para salir, ignorando el dolor—. ¿Cuándo? Os he estado vigilando a lo largo de mis seis malditos Infiernos.
Entonces lo recordé. La cadena de plata, mis palabras: «Te libero». Las mismas que le había dicho a Ninie. Sin saberlo había liberado a Bell del yugo de su padre.
—No vencerás, Noche —le escupió.
—¡Venceré! ¡Beberá mi sangre!
Noche estaba fuera de sí. Había perdido por completo el control y la compostura.
Su rostro había perdido su hermosa máscara.
Con desesperación se hizo un corte en la muñeca y la puso con violencia sobre mi boca.
Yo tenía la mandíbula apretada, los labios fruncidos al máximo.
Ni una gota de aquella apestosa sangre entraría en mí.
—Bebe, maldito hijo de…
Fue entonces cuando entró en juego ella, la reina Perséfone.
—¡Suelta a mi hijo ahora mismo, pedazo de cerdo!
Y no venía sola, la acompañaban Marie Meyer, Sophie, un chihuahua que ladraba como un loco y… Gary.
Si no hubiera estado manteniendo la boca cerrada, se me habría abierto de par en par.