Lucien y los siete Infiernos -22-
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Los últimos Infiernos

Lamí sus heridas. Su sangre sabía a lejía. Debí decirlo en voz alta porque Bell me respondió con voz trémula, mitigada del sufrimiento que poco a poco la abandonaba.

—¿Acaso has probado alguna vez la lejía para saber a qué sabe?

—Dicen que la gente que vive experiencias cercanas a la muerte se vuelve más…

—¿Listas?

—Iba a decir dóciles, pero puede que más listas también.

Reí. Me sentía tan aliviado de oír su voz; de ver cómo el color volvía a sus mejillas.

Seguí lamiendo su piel, porque aunque ya estaba curada del todo y no quedaba rastro de las heridas, quería seguir saboreando aquella embriagante y dulce textura de seda.

—¿Q-qué ha pasado? —preguntó con la voz entrecortada.

Mi lengua había empezado a subir por su cuello, dejando besos largos.

Suspiró, con un hálito que acabó en gemido.

—Hemos sobrevivido a los pájaros.

Sonreí malicioso.

—¿Sí? ¿Cómo?

Otro gemido alargó la pregunta. Inclinó el cuello para dejarme más espacio. Me acerqué hasta su oreja y respondí:

—Probaron tu sangre y huyeron espantados.

Ella se levantó iracunda, reaccionando con enfado a mis carcajadas.

—Lucien, eres un…

La cogí en el aire, con el vigor de mi nueva naturaleza de vampiro todopoderoso, y la elevé del suelo sin necesidad de sacar las alas, solo por el impulso de desearlo. Mis poderes ahora que los había aceptado, no paraban de crecer.

—¿Cómo haces eso? ¿Ahora también levitas? —me preguntó divertida.

La pellizqué en un costado y chilló.

—Sí, y puedo hacer muchas más cosas.

Me acerqué a su boca y la besé.

La besé con la desesperación de quién ha creído perderlo todo y de pronto lo recupera.

La estreché contra mí. Ella se puso a horcajadas presionando aquella parte de mi cuerpo que la deseaba con un hambre frenética.

—Me diste un susto de muerte.

Volvía a no reconocer mi voz, áspera por el ansia de poseerla.

—No lo hice intencionadamente.

Ocultó su rostro en mi cuello, inspirando mi frío aroma.

Quería decirle tantas cosas.

Que se había convertido en lo más preciado para mí.

Que la sola idea de no tenerla me rasgaba las entrañas.

Que la amaba.

Y que amar era una putada.

Que amar era tener la constante sensación de andar al borde de un precipicio.

La volví a depositar en el suelo. Aún quedaba algo por hacer antes de decirle lo que sentía: rescatar a Erik. Creía que debía devolverlo a casa, al mundo de los vivos, a salvo con sus padres. Que únicamente entonces sería libre para entregarme por completo a ella.

—Tenemos que seguir. Tenemos que rescatar a Erik.

Ella reaccionó con una pasión que le encendió las mejillas.

—¿Y si te arriesgas para nada? ¿Y si Erik ya está muerto? —Su voz sonó angustiada. Parpadeó muy deprisa—. No sé lo que hay en la Región del Olvido. Sé lo que nos espera en el siguiente nivel, la Región del Intestino, pero no tengo idea alguna de lo que encontraremos en el último Infierno.

—No abandonaré a Erik ahora que está tan cerca.

Una punzada de dolor humedeció sus ojos.

—Mi padre no te dejará ir, ni siquiera te dejará vivir.

Ahora que sé que eres el hijo de Hades, que seguramente él también lo sepa, tu inmortalidad corre más peligro que nunca.

No dejará cabos sueltos. Él anhela hacerse con todo, con el Inframundo al completo, y tú eres lo único que se interpone en ese objetivo.

—Tengo que hacerlo. Tengo que salvar a Erik.

Necesitaba que lo entendiera, pero ella parecía ofuscada en sus propias convicciones. Descubrí que el amor era egoísta.

—Me pregunto si, en el caso de que fuera yo la que está atrapada en el Infierno, vendrías a por mí. Si darías tu vida por mí como estás dispuesto a darla por él.

—Eso no es justo.

—¿Y esto sí?

—Es una cuestión de honor.

—¡No hay nada honorable en dejar que te maten!

Las lágrimas descendían por sus mejillas. Era la primera vez que la veía llorar. Acerqué un dedo y cogí una gota de su ser perfecto.

—¿Y si te prometo que no dejaré que me maten?

—Maldita sea, Lucien.

Me dio un puñetazo sin fuerza en el pecho.

Luego otro.

Y otro.

Al final se cansó y se dejó caer contra mí, rodeándome la espalda con los brazos.

—No tengo elección. Debo ir.

Rendida, asintió. Se quedó allí unos segundos más y se retiró. Luego negó con la cabeza y soltó su melena; tenía la cola de caballo deshecha. La cascada de pelo enmarcó su rostro. Seguía maravillándome su belleza.

—Eres un cabezota.

—Lo sé.

Reí.

Ella dejó escapar una carcajada amarga y desvió la vista hacia la puerta del quinto nivel.

—Sigamos entonces —dijo con resignación.

—Bell —le agarré el brazo para obligarla a mirarme—, confía en mí.

Me regaló una mueca que apenas llegó a ser una sonrisa, y que no alcanzó a sus ojos, y pasó a contarme en qué consistía el quinto nivel:

—Aunque yo no haya estado en él, sé que la Región del Intestino es uno de los peores lugares del Infierno.

Una enorme masa de carne tortura a los condenados arrancándoles, capa a capa, la piel y la carne de los huesos.

Y así una y otra vez, eternamente. Cuando pasemos el umbral, sus gritos nos destrozarán los oídos, nos desolarán, nos harán perder la cordura si nos paramos a escucharlos.

Nos perderemos en la compasión y el horror.

Debemos pasar sin mirar a nada ni a nadie.

Debemos ser inmunes a todo. ¿Podrás hacerlo?

Si lo hacemos, con tu facultad para volar, tendremos una oportunidad, pero deberemos movernos entre los anillos del intestino sin tocarlo, pues su ácido nos quemaría y nuestros cuerpos se quedarían adheridos a él por toda la eternidad.

Recuerdo que pensé que sonaba mal, pero que muy mal, pero que aun así era lo que debía hacerse.

—Lo conseguiremos. —Traté de sonar seguro.

No creí conseguirlo. Aún así ella dejó caer la mirada y asintió.

La subí de nuevo a mi espalda como un bebé mono.

Ella me hizo cosquillas con la nariz en la nuca.

Suspiré de gozo.

Y salimos del umbral de la puerta negra donde brillaba una cantidad indefinida de anillos que se enroscaban sobre sí mismos, como una cadena hecha con eslabones de metal fundidos, para entrar en la definición literal de infierno.

El ruido era ensordecedor. Insoportable. Traté de cerrarme a él como me había pedido Bell, pero era simplemente imposible. Los gritos de escalofriante dolor eran lo más apabullante y terrible que había escuchado jamás.

Volé evitando rozar los anillos de vísceras blancas y gelatinosas, tratando de concentrarme únicamente en pasar entre ellos limpiamente, sin detenerme a observar el conjunto de aquel órgano colosal y monstruoso que parecía extenderse por todo aquel Infierno, como si se tratase de uno de los videojuegos que tanto le gustaban a Elías.

Pensar en él fue mi primer error, porque una punzada de profunda aflicción me atravesó el corazón.

El desgarrador recuerdo de no haber podido salvarlo me golpeó sin previo aviso, más fuerte, más fiero y virulento que en el instante en que lo recogí del suelo de su sótano con el cuello roto.

Trataba de centrar mi mente en Bell, en que tenía su vida en mis manos, en que Erik estaba cerca, en que no podía permitirme defraudarlos, pero me ahogaba.

Seguí avanzando en piloto automático, desesperado por llegar al final, por divisar la sexta puerta, sin embargo, la mente empezaba a flaquearme; el dolor a derribar mis defensas.

Y entonces empezaron a volverse más y más ensordecedores algunos gritos que me pusieron la piel de gallina.

Gritos que, de súbito, se hicieron tan familiares que me pareció que enloquecía.

Fue cuando cometí el segundo error: buscar con desesperación su procedencia, y lo que vi me espantó hasta paralizarme. Vi a Elías.

—Lucien, ¿qué haces? No te detengas —me gritó Bell aterrorizada al descubrir que había sucumbido a mirar—. ¡No! ¡No mires!

—Es Elías. Está gritando. Le están arrancando la piel. ¿No le oyes? ¿No le ves? ¡Elías!

—¡No! No es real. —Bell se agachó contra mi cuello y me pasó los brazos alrededor.

A continuación me cubrió de besos húmedos de lágrimas porque ya había empezado a avanzar hacia el anillo donde veía a Elías, precipitándonos al tormento—.

Lucien, amor mío, no es real. —Lloraba desesperada.

Sabía que era nuestro fin, que en cuanto tocáramos el anillo, nuestro viaje se habría acabado—.

Por favor. Elías no puede estar aquí. No puede ser un condenado. Tú lo dijiste, era solo un niño.

Su lacrimosa voz traspasó en el último segundo la barrera del embrujo en el que me tenía atrapado el Intestino.

Claro que no, Elías era una buena persona. No podía estar condenado, no podía estar en el Infierno.

Con desesperación, traté de frenar en seco, pero era demasiado tarde.

El impacto nos dejó sin aliento. El corrosivo ácido nos quemó la piel de la cara y las manos.

Tuve la sensación de que mis alas se fundían.

Me pareció notar el olor de mi carne quemada.

Los gritos de Bell se alzaron por encima de los demás, por encima de los míos. Estábamos adheridos al viscoso bicho.

—¡Basta! —le ordené en medio del dolor. Sobreponiéndome al sufrimiento de Bell—. ¡Suéltanos!

Un gorjeo parecido al llanto de un niño resonó de pronto y un golpe nos empujó con una fuerza descomunal separándonos del anillo en el que habíamos quedado atrapados y estampándonos directamente contra la sexta puerta, el tormento de los carroñeros.

Caímos en la franja neutral entre ambos Infiernos, enredados entre nuestros propios miembros y mis alas, que no había tenido tiempo de replegar.

No había dolor.

Nos miramos la piel, buscando las heridas que nos habría debido dejar el ácido del Intestino, pero nuestra piel estaba inmaculada.

Entonces lo comprendí: el ácido, las quemaduras y las imágenes que nos atraían hacia el tormento eran ilusiones.

Todo aquel macabro juego tenía lugar solo en nuestra mente.

Bell me abrazó sin que me lo esperara.

—¿Estás bien?

No lo estaba. Ver a Elías siendo torturado había sido demasiado. Pero no quise preocuparla más, así que mentí.

—Estoy perfectamente. Ese Intestino es un gran prestidigitador. Sería la sensación de TikTok.

Bell rió. Su risa me calentó el alma, por eso añadí:

—Antes me pareció oírte llamarme amor.

Se atragantó con la risa.

—¿Yo?

—Sí, tú.

—¡Qué pasada! Ese Intestino es un liante.

Y entonces el que sucumbió a las carcajadas fui yo.

La silueta que brillaba en la puerta me recordó a Luc Gautie. Era la silueta de un zombi envuelto en llamas.

El nivel de los carroñeros estaba en sombra.

Una sombra que cubría el suelo, como un banco de nubes espeso que en lugar de cubrir arriba, cubría abajo.

No obstante, lo más desconcertante era el silencio.

Nos habíamos acostumbrado a los gritos, al lamento, a los aullidos, a los gruñidos, a la furia, a la cólera, al masticar, machacar, deglutir, y que allí no se escuchara nada de eso era peor augurio que perderse en el sonido del mal.

Y nuestras sospechas de que algo no encajaba aumentaron cuando llegamos a la séptima puerta, la puerta sin marcas.

La última puerta era completamente negra, sin relieves ni luz ígnea. Era como si estuviera apagada, o cómo si alguien la hubiese apagado. El presentimiento de que tras aquella puerta nos esperaba algo terrible se pegó a mi espalda con un escalofrío espantoso.

No me equivoqué.