Lucien y los siete Infiernos -21-
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La Región del Abismo. El cuarto Infierno

Nos acercamos a la puerta del siguiente Infierno en silencio.

Ambos teníamos cosas en las que pensar, importantes revelaciones que asimilar.

La mía era tan grande como un reino completo, y además implicaba abrazar al monstruo que había negado todo aquel tiempo.

Pensé en mi madre, en que ella no había querido eso para mí.

Pero ya estaba allí, ya había descubierto quién era y dudaba que hubiese una forma de dar marcha atrás.

En la nueva puerta brillaba el relieve de un macizo montañoso.

Bell explicó con su habitual tono serio, quizás más solemne de lo normal:

—La cuarta región es la Región del Abismo.

Montañas escarpadas y, bajo ellas, un profundo abismo sin fondo.

Las ánimas cuyos pecados pesan menos reciben aquí su tormento.

Habría sido una gran putada cruzarlo si no fueras quien eres y no pudieras volar.

Pero no nos confiemos, el cielo de esta región está lleno de aves infernales y carroñeras; unos bichos enormes con una mala leche impresionante que se alimentan de carne viva o muerta. Hay que ir con extremo cuidado.

Demasiado sencillo y revelador había sido el anterior nivel.

Nunca hay demasiado de nada.

Atravesamos la puerta y nos detuvimos en aquel lugar que en cada nivel era tierra de nadie, aquel punto antes de adentrarnos en una nueva región, antes de caer otros noventa grados hasta el fondo del Infierno, antes de salvar otro escalón invisible.

En ese cuarto Infierno, la oscuridad era absoluta, una negrura insondable en la que no se veía absolutamente nada, como la oscuridad lejos de los caminos de la Región del Paso.

—No veo nada —confesé.

Aunque el rostro de Bell estaba velado por la oscuridad, sabía que sus labios estaban curvados en una sonrisa.

—Aquí también hay Devoradores de Luz que hacen muy bien su trabajo: intensificar el martirio de las ánimas, que no puedan ver las aves hasta que las tengan sobre ellos y sientan el dolor de que les arranquen los ojos y la carne.

Así como podía intuir que antes había sonreído, en aquel momento supe que su sonrisa había desaparecido.

Acto seguido, como parte de la magia ligada a aquel objeto, Bell hizo aparecer a Excalibur, y con ella iluminó la parte del nivel que teníamos más cerca.

Ante nosotros aparecieron montañas empinadas y senderos imposibles de atravesar a pie.

Sin embargo en todos ellos se recortaban las siluetas de viajeros, viajeros que caían, gritaban y se retorcían de dolor mientras trataban de quitarse de encima a los enormes pájaros que se lanzaban contra ellos una y otra vez.

—¿Has estado aquí otras veces? —le pregunté porque parecía un lugar nada apetecible para hacer turismo.

—He llegado hasta aquí —dijo pensativa—, pero nunca me he aventurado dentro. —Me miró entonces con temor, su rostro perfectamente visible gracias al fulgor de la espada de Ninie—. Esta puerta es lo más lejos que he estado.

—No te preocupes. Lo descubriremos juntos —le dije, forzando una sonrisa, tratando de infundirle valor y de paso infundírmelo a mí mismo que falta me hacía—. Lo cruzaremos, igual que hemos conseguido cruzar los otros Infiernos.

Pero ella seguía temerosa. Supuse que enfrentarse a algo a lo que nunca se había enfrentado le restaba su habitual fortaleza.

—Este ya no es un Infierno de paso, a partir de aquí comienzan los tormentos. Los peligros verdaderos están en los niveles que faltan. Si hay una posibilidad de caer, caeremos en alguno de ellos. No debí dejarte venir —añadió con voz afectada.

—No podías detenerme.

Entonces se acercó a mí y yo a ella.

Y la besé y me perdí en su boca.

Volví a sentir la necesidad de tocar su piel, de meter la mano por debajo de su ropa, enfebrecido de aquel calor y el rugir de mi estómago que ya sabía que no era hambre, que no era el monstruo, porque el monstruo hacía bastantes horas que había dejado de agobiarme.

Ella suspiró sobre mis labios.

Sentí sus manos deslizarse por mi espalda desnuda bajo la tela impermeable de la mochila.

Reí contra la piel de su cuello que recorrí con ansia.

—Si seguimos no vamos a cruzar esas montañas por ahora.

—Me parece bien.

A mí me parecía mejor.

Bajo nuestros pies crecía musgo que se extendía por las montañas de la Región del Abismo hasta donde alcanzaba el resplandor de la espada, y que nacía en aquella zona neutra.

Nos dejamos caer sobre ella. Nos despojamos de todo lo que nos estorbaba; de cada prenda, bulto y objeto mágico.

No pensé en qué había ido a hacer allí. No dejé que nada me empañara aquel momento glorioso.

Si no podíamos superar aquel nivel, si nuestro viaje acababa allí, quería pasar ese último momento pegado a ella.

Porque ella ocupaba toda mi mente y era todo lo que deseaba.

Sin remordimientos, sin sentir que traicionaba a alguien.

Me liberé de la autodestrucción, de la culpa de todos aquellos que habían perecido porque creía haberles fallado.

Me concentré en ella, en besar y acariciar cada centímetro de ella.

En el insigne sonido de sus jadeos.

En el memorable sonido de los míos.

Cuando sus súplicas se unieron a mis súplicas, entré en ella y me abandoné al amor para siempre.

Estuvimos abrazados hasta que fue imposible seguir ignorando dónde estábamos y quiénes éramos.

—Todo en mí ha cambiado —le dije inclinándome contra el nacimiento de su pelo. Acongojado por el peso de tantos sentimientos. Era como si la madurez hubiera caído sobre mí de repente sin previo aviso, sin transición.

—Lo sé —me respondió ella, irguiéndose y besando mi frente. La sentí tan abrumada como yo.

Nos pusimos en pie. Nos vestimos y dejamos que las manos juguetearan un poco más, remolones de aquella felicidad arañada.

Entonces abrí las alas y le pedí a Bell que subiera a mi espalda. Ella cargó esta vez con la mochila y cogió su espada.

Estábamos todo lo listos que se podía estar para atravesar aquel cuarto Infierno, el primero de los tormentos.

Lo de la virulencia de las aves carroñeras resultó ser completamente cierto.

En menos de un par de minutos, como polillas atraídas por la luz de la espada, docenas de pájaros cayeron sobre nosotros procedentes de todas las direcciones.

Eran unos bichos enormes, tres veces más grandes que el ave de mayor tamaño del mundo mortal.

Sus garras eran afiladas como cuchillas de afeitar, sus alas de plumas negras y densas, sus cuerpos llenos de escamas iridiscentes como las de un dragón.

El aire era espeso y constantemente sacudido por ráfagas de viento que traían olor a carne podrida. Y hacía un calor «infernal». Nivel a nivel, el calor se había ido intensificando como si nos dirigiéramos al núcleo de la Tierra.

Apresuré el vuelo todo lo que pude, impulsándome con toda la energía que era capaz de encauzar, tratando de esquivarlas.

Podía sentir las estocadas que lanzaba Bell frenéticamente para espantarlas, estocadas que me desestabilizaban y ralentizaban mi ritmo.

Los estertores de su esfuerzo se mezclaban con los esperpénticos trinares de las aves que chillaban frustradas cuando no lograban alcanzar su objetivo o cuando Bell los alcanzaba con la espada y sus plumas y su sangre caían al abismo.

—Agárrate bien, Bell, o te caerás —le advertí. Mi voz sonó cansada. Lo estaba. Algo que no recordaba que me hubiera pasado antes. Estábamos llevando nuestras fuerzas hasta el límite. La región era inmensa, parecía no tener fin; no acabarse nunca.

—Eso intento. —Su voz sonó, además de cansada, dolorida.

Sus brazos y piernas debían estar sufriendo un esfuerzo imposible.

Sus brazos por tenerlos en alto dando mandobles y las piernas de apretar los muslos contra mis costados para evitar caerse.

Si aquel nivel no se acababa, no lo conseguiríamos, pereceríamos devorados o con nuestros cuerpos estrellados en el abismo, o perdidos en una caída sin fin.

No divisaba la puerta, pues más allá del alcance de la luz glauca de la espada no se veía nada.

Esquivábamos rocas, ánimas y aves. No podía estar seguro de si avanzábamos en línea recta o lo hacíamos en círculos.

Las aves parecían multiplicarse por momentos.

De pronto una de ellas me golpeó la cara.

Sentí manar la sangre de mi mejilla. La misma que me había quemado el gusano.

Recuerdo haber pensado, en aquella tensión delirante, que la cara me iba a quedar desfigurada si seguía así, que acabaría como el Fantasma de la Ópera.

Fue el momento en el que un pavoroso chillido de Bell me sobresaltó.

—¿Estás bien? —le pregunté asustado.

—Sí. Ese puto bicho me ha clavado el pico en el brazo, pero estoy…

No terminó la frase porque uno de los pájaros le ensartó las garras en los hombros y se la llevó.

Volé tras él enloquecido, sorteando a las demás aves que ya no iban a por mí, sino que se lanzaban en picado tras el brillo de la espada que había caído al abismo junto a la mochila, cuyas asas quedaron cortadas por las afiladas garras del ave.

No los perdí de vista gracias a que, por fin, el resplandor de la quinta puerta estaba repentinamente tan cerca que iluminó todo ante mí.

Doblé mis esfuerzos clamando al monstruo. Pero el monstruo no quería salir.

Déjala morir. Nos debilita, me dijo desde el fondo de mi ser.

«NO, le grité yo, Ven a mí. ¡TE LO ORDENO!».

Tenía que saber quién gobernaba a quién. No podía seguir permitiendo que el monstruo me amedrentara. Yo era su señor, yo y solo yo le dominaba. Y ahora solo debía importarnos Bell… a los dos.

Lo sentí atravesarme el pecho, el alma, la mente y el resto del cuerpo.

Mis alas sufrieron una nueva transformación.

Mis brazos se desprendieron de ellas y tuve alas, pero también garras, garras afiladas y letales.

Retraje los labios dejando salir los colmillos que me hirieron la carne de los labios.

Sentí el sabor de mi sangre. Mis ojos cambiaron y pude ver cada centímetro de aquella región.

Mi cara se llenó de aquellas raíces negras.

Y volé, más febril y furioso de lo que había estado nunca.

Y conseguí acercarme lo suficiente para arrebatarle al pájaro su presa.

La carne de los hombros de Bell se desgarró en el tirón, y ella aulló de dolor antes de desmayarse.

La envolví con una de mis alas como si fuera una crisálida.

Apresé a aquel pájaro infernal entre las manos y lo destrocé.

Luego cogí a Bell entre mis brazos. Ella no reaccionó. Su cuerpo fláccido parecía… muerto. Y el miedo a perderla me apretó la garganta y me robó el aliento.