Lucien y los siete Infiernos -20-
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Rey de las Sombras de los Muertos

Mi padre, lo que realmente conocía de él hasta aquel momento, era bien poco.

Sabía que había sido un rey, pero siempre di por hecho que su reino se limitaba a la raza de los vampiros.

No pregunté más porque tampoco me interesó saber más.

Para mí era un monstruo al que negaba y reprimía. Pero… ¿Hades?

La figura de Hades era bien conocida. Había estudiado y leído sobre su mito, un mito que, al parecer, había nacido de un personaje real, uno que había existido hasta que yo le había dado muerte.

Ya sabía qué reino había heredado: el reino de Hades, y ya sabía quiénes eran mis súbditos: las Sombras de los Muertos. Era, efectivamente, el rey de los vampiros pero… mucho más.

Miré a Bell y no pareció sorprendida.

—¿Lo sabías?

—Tus alas. En cuanto las vi lo supe. Nadie salvo Hades tenía unas alas así.

—¿Y por qué no dijiste nada?

—¿Y por qué iba a imaginar que tú no lo sabías? ¿Nunca preguntaste quién era tu padre?

Negué.

Resopló.

—Es ridículo. Debí imaginarme que dentro de esa hermosa cabeza no había nada.

La ignoré porque era verdad que había sido un imbécil por no preguntar al menos el nombre de mi padre, por ser un obcecado cabeza hueca.

Ella se cruzó de brazos enfurruñada. Así que me dirigí a Ninie como fuente de conocimiento.

—Cuéntame qué sabes y, si soy realmente quien dices, prometo que te liberaré.

La expresión de Ninie fue de un alivio tal que curvó los labios en una sonrisa, desapareciendo por completo de su rostro la ira, la frustración…

y el dolor. No tenía por qué pensar que fuera el engaño el que la impulsaba a afirmar aquello, pues de ser mentira no podría liberarla y no tendría sentido alguno.

Así que cuando habló, la creí sin asomo de duda.

—En los albores del mundo, el Reino Invisible, el reino de las Sombras de los Muertos, estaba gobernado por tu padre, Hades.

Pero por más extenso que fuera ese reino, se sentía solo y ansiaba compartirlo con una reina, una reina que aportara luz a su existencia.

Pero la luz que él ansiaba era privilegio del mundo de los vivos, así que allí decidió buscarla.

Para ello recorrió los fríos reinos del norte, donde se mitigaba la luz del sol que le quemaba, pues Hades era en esencia un vampiro, el primero de los inmortales, la primera Sombra de los Muertos.

Allí encontró a tu madre, la princesa Perséfone del Reino de Niflhel y cayó prendido de ella, de su fuerza, de su belleza, que era incomparable, de la luz que desprendían sus ojos de esmeralda.

Si daba por veraz la historia que estaba contando Ninie, debía admitir que el primer nombre de mi madre no había sido en realidad el de Isolda de Montclair sino el de Perséfone, princesa del Reino vikingo de Niflhel.

No podía acusarla de mentirosa, solo podía acusarme a mí mismo de falto de curiosidad.

—Perséfone fue engañada, tal como siglos después fui engañada yo por ese demonio antiguo, ese ángel caído que se hace llamar Noche, Señor de las Sombras, rey del Infierno.

—¿Cuántos reyes había aquí abajo?

—En el Inframundo existen dos reinos, como en la superficie han existido, y existen, infinidad de ellos: el Reino Invisible, que comprende las vastas tierras del Tártaro, y el Infierno.

Más cosas que no sabía. Elías había tenido razón en decir que vivía en la ignorancia.

El dolor volvió a estrujarme el pecho.

—Continúa contándome la historia de mi madre —la insté a volver a la historia primigenia. Quería saber todo sobre el pasado que me concernía. En aquel momento ya no temía saber, porque en aquel momento resultaba imperioso saber.

Ella curvó los labios en un amago de sonrisa que iluminó su rostro y pude ver los huesos de su mandíbula bajo la transparencia de su piel.

—Tu madre fue engañada por su padre, que la vendió al mejor postor, y por Hades, que no le contó que su reino estaba en las entrañas de la tierra, ni quién era él.

El día que la desposó, le vendó los ojos y la llevó a su palacio en el Tártaro, convirtiéndola en prisionera de sus paredes.

Le prohibió abandonarlo para así mantener su engaño, pues la amaba desesperadamente y temía que, si descubría lo que era, lo repudiaría.

»Después de una eternidad imposible de medir, inalterada, ajena al paso del tiempo, sintiendo que las paredes de aquella jaula se estrechaban asfixiándola cada día un poco más, descubrió que estaba embarazada.

Creyó que la noticia ablandaría al rey y este le permitiría salir, pues ansiaba volver a contemplar el cielo y visitar de nuevo los reinos del norte.

Impulsada por aquella esperanza, entró en los aposentos privados de Hades, a los que también tenía prohibida acceder.

Allí lo encontró, saciándose de la sangre de una doncella a la que había degollado.

Enajenado como estaba, perdido en el placer, no vio que había sido descubierto.

Horrorizada, desobedeciendo la orden de no salir de palacio, Perséfone huyó de allí, descubriendo a un tiempo dónde se hallaba, descubriendo que era prisionera en el Tártaro.

Pero a su vez descubrió que eso la convertía en la reina del Reino Invisible, y que ese título le otorgaba una facultad que siempre había sido suya y que ignoraba poseer, la facultad de moverse entre el mundo de los vivos y el de los muertos.

Bell me miraba con los ojos tan encendidos que me quemaban.

—La madre con la que vives es Perséfone. ¡Qué idiota! —Se golpeó la frente.

—Sí —le dije para mortificarla—, siempre he pensado que eras un poco tonta.

Me golpeó el brazo.

Entonces me pregunté por qué Hades la había dejado seguir siendo mortal y no la había convertido, y por qué no había envejecido durante los siglos que estuvo prisionera en el Tártaro si no era una criatura sobrenatural, y así se lo pregunté a Ninie.

—Porque en el Inframundo no existe el tiempo, esa es solo una prerrogativa del mundo mortal. Ella no podía estar segura de cuánto tiempo había estado bajo tierra. Puedo imaginar que lo descubrió cuando salió y encontró un mundo muy distinto al que había dejado atrás.

Por eso Bell me había dicho que había aprendido a discernir el tiempo que transcurría allí abajo.

En cambio, para mí todo era nuevo. No había nacido en el Inframundo sino en el mundo de los vivos, y nunca había estado bajo su influjo.

De hecho, sino hubiera sido porque Hades nos encontró, mi madre y yo habríamos podido vivir una vida mortal y aquella historia habría acabado de otra manera.

—Noche sabe quién soy yo. —No era una pregunta, Erik me había dejado claro que sabía de mi existencia.

—Lo sabe, pero el destino que te tiene guardado lo ignoro. —Recuerdo que pensé que no tardaría en averiguarlo—. Ahora, cumple tu promesa y libérame.

No conocía una fórmula mágica que rompiera hechizos, no era un mago. Así que pronuncié alto y claro:

—Te libero.

No caí en la cuenta en aquel momento en que ya había pronunciado antes esas mismas palabras ni supe entonces las repercusiones que tendría haberlas pronunciado.

Ninie rió. Y lentamente caminó hasta salir completamente del agua.

Algunas almas la siguieron, y hasta intentaron retenerla asiéndose a su vestido, o arrastrando sus dedos entre las rocas para tocar sus pies descalzos.

No querían que las abandonase porque con ella se iba la luz de la laguna Estigia.

Sus cuerpos se apagaron y hasta sus aullidos de lamento se extinguieron.

—Gracias —me dijo—. No dejes que Noche venza.

Luego se acercó a Bell y le acarició la mejilla.

—Has sido una gran amiga. Te dejo la espada porque presiento que aún te queda algo importante que hacer con ella, pero cuando ya no te sea útil, recuerda que la estaré esperando.

Y como una estrella, refulgió intensamente hasta desdibujar a la mujer, y se extinguió.

—¿Tu espada es Excalibur?

—Sí.

—¿Y somos el rey del Reino Invisible y la princesa del Infierno?

—Eso parece.

Reí.

—Pues no entiendo qué puede salir mal. Rescataremos a Erik y lo sacaremos del Infierno. Y después, tal como te había contado en aquel cementerio de París, acabaré con Noche. ¿Tienes algún problema con eso?

Ella tenía una expresión indescifrable, como si estuviera lejos de allí.

—Ninguno —respondió—. Noche es mi padre, pero no la clase de padre que tú crees. Es mi creador y por eso es mi padre. Soy su única hija. No se molestó en crear más. Solo por eso soy princesa.

Pensé que «creada» sonaba extraño, desarraigado, triste. Puede que incluso más que ser concebido de la mentira y las tinieblas, del engaño y la oscuridad. Cogí sus manos y le acaricié el dorso con suavidad. Luego le dije dulcemente, como quien susurra una promesa:

—Acabemos con esto.