-19-
Los secretos de la laguna. Ninie
Volamos por encima del barquero y sus almas errantes.
De los dos, era Bell quien más se divertía.
Ya lo había previsto. Yo iba en silencio, rumiando.
La membrana del ala que llevaba el peso del vuelo vibraba y nos impulsaba a una velocidad de vértigo.
Ella iba con los brazos extendidos, rozando el agua con los dedos, dejando estelas de luz que engañaron a Ninie, pues no se dejó ver.
La laguna era inmensa y albergaba una cantidad ingente de almas perdidas, sin destino.
La puerta del cuarto nivel estaba, pues, muy lejos.
No obstante, a los pocos minutos de iniciar el desenfrenado avance, ya podía percibir el fulgor rojizo que emitían sus relieves.
Aquello significaba el triunfo de un nivel más.
Ya solo quedaban tres antes de la Región del Olvido.
Tres antes de Erik. Pensar en él hizo que me sintiera extraño.
No mal, pero sí un desastre. Lo que en mi caso no era una novedad.
Me recreé no solo en dar vueltas en mi mente a todos los acontecimientos de los últimos días, sino en el contacto de Bell, en tener su cuerpo pegado al mío, en escuchar y sentir el gorjeo de su risa.
Los sentimientos se me superponían unos sobre otros, como piezas de ese rompecabezas que no lograba componer.
Tenía la cabeza hecha un lío. Pensé en lo tranquila que había transcurrido mi existencia de autoexilio hasta que ese lobo se coló en mi vida.
Mi mundo en aquel momento estaba patas arriba.
Había pasado del celibato a la promiscuidad en un pestañeo, y cambiado el tranquilo pueblo de Bourg por el mismísimo Infierno.
Recordé cuando mi única preocupación era que mi madre me persiguiera con los deberes o la hora de irme a la cama, y tuve ganas de reír.
Volé y volé, espoleado por el tiempo que se me escapaba de las manos, por la visión terrible de tanto sufrimiento elevándose en gemidos desde las profundidades de la laguna.
El monstruo seguía replegado contra el fondo de mi alma.
Alejado de mi voluntad. No quería tener nada que ver con quien era yo cuando tenía a Bell contra mi piel, y dentro de mi cabeza.
Cuando por fin estuvimos en la orilla opuesta, junto a la puerta del cuarto Infierno, descendí despacio y la deposité en el suelo, liberándola a regañadientes de mi abrazo.
Ella se agachó, parecía que trataba de recuperar el aliento, pero se enderezó y me saltó a la yugular.
No parecía la misma chica que, hacía unos instantes, disfrutaba del febril vuelo.
Se la veía enfadada. Con los ojos lanzando chispas verdinegras.
—Menos mal que hemos llegado, me estaban dando dolor de cabeza tus silentes comidas de olla.
¿Sigues torturado porque soy la hija de mi padre?
¿O vas a ir más allá y decirme lo arrepentido que estás de haber dejado que te sedujera?
¿Que estás tan enamorado de ese lobo que aún sigues pensando atravesar los siete Infiernos por él?
Me tomé un segundo de reflexión y calma en el que devolví las alas a su lugar, ocultándolas en lo más recóndito de mi cuerpo.
Moví los brazos que siempre se quedaban vibrando.
La miré. Solté un suspiro largo, porque de alguna forma tenía que soltar la tensión, aunque fuera a la manera humana, y me sentí listo para enfrentarla.
—Estás equivocada de pleno en ambas cosas.
Me fastidia que no me contaras que Noche era tu padre, o que trataras de encubrirlo durante este tiempo.
Sí —le dije ante su expresión asombrada—, ahora me cuadra que interrumpieras a aquel demonio cuando creías que estaba a punto de decir una inconveniencia, o que te tratara como si fueras de la realeza, puesto que lo eres.
Y no entiendo por qué te enfadas conmigo por Erik.
Sabías que había bajado aquí para rescatarlo.
Te dije que era alguien importante para mí.
Todo lo demás son conjeturas a las que has llegado tú sola.
—Puede que si me explicaras tu relación con él, dejara de equivocarme. Si me dices que le amas, podría intentar apartarme. O no.
Su expresión cambió, se volvió más fiera, pero su furia parecía dirigirla más contra ella misma que contra mí.
Luego cambió de nuevo. Se cruzó de brazos y me miró con ese mohín de desafío que hacía que sus labios se fruncieran y las aletas de la nariz se le abrieran como puertas batientes, y que aun así estuviera más hermosa de lo que era lícito estar.
—No tienes por qué contarme nada. No me debes explicaciones. Soy yo la que ha caído en algo en lo que no debería haber caído.
Aunque se mostrara críptica, sabía a qué se refería.
Me acerqué y le cogí las manos. Al principio se resistió, pero pasados unos segundos en los que pensé que igual me llevaba un tortazo, suspiró y dejó de rechazar mi contacto.
—¿De verdad necesitas tener todas las respuestas ahora? —le pregunté en un murmullo apenas audible. Esperaba que la respuesta fuera un «no», porque no las tenía, ni siquiera para decírmelas a mí mismo.
Ella levantó la vista que tenía fija sobre nuestras manos y la posó en mis ojos.
Y la dejó ahí, observadora. Como si quisiera hacer una lectura de mis expresiones, de si bajaba la mirada, de si la desviaba, o de si, por el contrario, me quedaba enganchado a sus ojos con la misma intensidad que ella lo estaba a los míos.
Y lo estaba. Pero ¿amor? El amor era el mayor de todos los problemas existenciales de los que había huido a lo largo de aquellos quinientos años.
No estaba preparado para, de repente, comérmelos todos juntos de golpe, enredado en aquella especie de trío sobrenatural de cojones.
—No —respondió negando ligeramente con la cabeza y su coleta se movió con suavidad—, no necesito todas las respuestas ahora, solo una: ¿te arrepientes de haberme besado?
—No.
Y fue un no categórico.
No me arrepentía.
De hecho quería más.
No le pregunté si ella se arrepentía. Supongo que mi ego dio por hecho que ella tampoco.
Sonrió.
Soltó mis manos.
—Lleguemos hasta Erik.
Parecía calmada o resignada a seguir adelante y descubrir esas respuestas sobre el terreno.
Entonces el agua de la laguna lamió mis pies, como si el nivel hubiera subido de repente, y una voz de mujer se alzó desde las profundidades.
—Libérame —dijo torvamente pero a la vez lastimera.
Era Ninie.
—¡Libérame! —repitió, esta vez ganando más terreno la fiereza.
Miré a Bell y ella negó con gesto amargo.
—Solo un rey del submundo puede liberarla.
—¡Libérame! —Una cantidad de agua explotó cerca de la orilla. Las ánimas aullaron.
—Parece pensar que tú, como princesa, puedes liberarla.
Bell me miró con intensidad.
—Yo no puedo.
Entonces la cólera de Ninie se dejó sentir en toda la laguna Estigia. Las aguas calmadas se volvieron embravecidas y ella emergió en todo su esplendor.
Sus cabellos blancos como la nieve flotaron como si estuviera todavía sumergida, así como el vestido que llevaba que también era de un blanco resplandeciente.
La piel de sus brazos desnudos y de su rostro estaba encendida con una transparencia que centelleaba con una luz fulgurante.
Toda ella era luz que iluminó aquella región en penumbra.
Era como una estrella caída en desgracia, hermosa.
Luego habló. Su voz contenía menos furor, su tono volvía a ser más lastimero que exasperado, y lo que dijo le dio un nuevo sentido al «juego».
—Libérame, hijo de Hades.