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La Región del Barquero. El tercer Infierno
En la tercera puerta negra brillaba el símbolo de una barca. Sobre ella, la silueta de un hombre con una pértiga en la mano.
—La Región del Barquero. Aquí es donde está la laguna Estigia.
Todos los condenados, cuya alma ya ha sido pesada en la balanza, deben ser transportados por Caronte, el barquero del Infierno, hasta sus tormentos finales —me explicó Bell mirándome con la diversión aún jugueteando en la comisura de sus labios.
No parecía una región especialmente peligrosa. Solo era… agua. ¿Qué podía pasarnos allí?
—¿Cómo la atravesamos? —pregunté.
—¿Sabes nadar?
—Es una broma, ¿no?
Y una risa cantarina reverberó en su garganta.
—No, no es una broma, Lucien. No tenemos monedas para el barquero. No podemos pagarle para que nos lleve al otro lado, donde está la puerta al siguiente Infierno.
—Y cuando estábamos en mi casa aprovisionándome para esta misión de rescate, ¿no podrías haberme dicho que pillara unas monedas?
—Sabes bien que no hablamos de monedas normales, Lucien. Deben ser óbolos.
—¿Y de dónde los saca la gente que se muere hoy en día? Los óbolos se usaban en los ritos funerarios de las civilizaciones antiguas.
—A las ánimas, una vez pesadas en la balanza, les aparecen tres monedas en la mano: tres óbolos de Caronte. Así ha sido siempre y así será por el resto de las edades del mundo. ¿De dónde crees que nacen los mitos?
—Claro, de un ánima que salió del Infierno para contarlo.
Puse los ojos en blanco.
—Tómalo a broma si quieres, pero no eres un ánima y nadie te ha pesado, así que no tienes monedas y yo tampoco. Solo podemos cruzar la laguna nadando.
—Pues volaremos.
—Eso no es posible.
—¿Por qué?
—Ven. Te lo mostraré.
Me cogió la mano.
Me palpitó el estómago.
Y atravesamos la puerta del tercer Infierno.
Y volví a sentir que bajábamos otros noventa grados.
Y volvió a darme un vuelco el estómago.
La laguna era inmensa. No se veía el otro lado. El agua se movía negra, titilando. Rostros, manos, pies y cuerpos se dibujaban centelleantes en la superficie, formando pequeñas olas que sin embargo rugían embravecidas; mostraban furia, dolor, pena.
—Y estos ¿se cayeron de la barca? —pregunté a Bell aunque podía intuir la respuesta.
—Son almas perdidas que nadan en un limbo del que no pueden escapar. Atrapadas en las promesas que no cumplieron. Prisioneras de la luz pero también de la oscuridad. No fueron pesadas. No tienen monedas. Son los huérfanos del Infierno.
Bell me miró con la intensidad con la que miran los locos, con el esmeralda de sus ojos brillando más que nunca.
No podía pensar. Me tenía atrapado, como si ella ejerciera sobre mí el control hipnótico que era un don solo mío.
Se apartó.
El hormigueo volvió.
Cogió un guijarro de los miles que conformaban aquella orilla. Con ímpetu, lo lanzó al aire. Una mano blanca y brillante salió del agua y lo atrapó en su ascenso. Después regresó a las profundidades de la laguna hundiéndolo con ella.
—Esa es Ninie. Una ninfa atraída a la laguna con engaños. Su trabajo es impedir que nada que no esté en el agua cruce al otro lado. A cambio se le prometieron hermosas ofrendas, pero lleva una eternidad recibiendo únicamente almas.
Demasiadas medidas de seguridad. Me pregunté por primera vez por qué. Qué o quién que no fuera un ánima, temía Noche que se aventurara allí. ¿Para qué coleccionaba en el último nivel, en lo más profundo del Infierno, jóvenes… vivos? Eso me llevó a pensar en cuánto más sabía Bell.
¿Y si aquel era un nuevo juego?
¿Y si aquel retorcido desgraciado se guardaba más cartas bajo la manga de las que había dejado ver?
Y en aquel momento decidí que si lo era, seguiría jugando, porque la otra opción era abandonar y no lo haría.
—¿Entonces nuestra única opción es nadar?
Nadar.
—Eso es.
Cogió otra piedra y la lanzó al agua.
No pasó nada.
—De acuerdo —accedí—. Vamos.
—Aún no. Si vamos a cruzar a nado, necesito descansar. No he dormido nada en dos días.
—¿Dos días?
Para mí habían sido algunas horas, no días. Pero no iba a discutir con ella nuestras distintas percepciones del transcurrir del tiempo. Y se la veía cansada.
—Para ti es difícil discernir el tiempo aquí abajo, pero yo he aprendido a sentirlo como si estuviera allí arriba. Sé que los vampiros no necesitáis dormir, pero yo sí. Y ahora creo que ya puedo agradecer una de esas galletas sosas y sin chocolate.
—También tengo zumo de frutas.
—Yupiiiii.
Después de comer algunas galletas y acabar con dos zumos, Bell se acurrucó en posición fetal sobre aquellos guijarros que no tenían nada de cómodos. Abrí las alas. Me tendí sobre el costado derecho y extendí el ala izquierda, ofreciéndole tumbarse sobre ella.
—¿Estás seguro? —me preguntó somnolienta.
—Completamente.
Se levantó y se acercó a mí. Lentamente se dejó caer junto a mi pecho, sobre la improvisada esterilla de membrana y cartílago negro. Flexioné el sobrante y la cubrí con él. Cerré la otra ala sobre ella y la aprisioné dentro.
—Gracias.
Restregó su nariz contra la piel de mi hombro.
Inspiré el olor de su pelo.
Fue la primera vez en quinientos años que me dormí.
Me despertó la tímida humedad de un beso.
Luego vino otro.
Eran como pequeños suspiros en forma de labios que dejaban una pequeña marca caliente en mi piel fría.
Primero el cuello.
Luego la mejilla.
Finalmente la boca.
Se me escapó un gruñido y la lengua de Bell entró. En un primer instante con miedo, después osada.
Gemí.
Gimió ella.
Los suspiros entraban y salían.
Nuestros dientes chocaron.
No había colmillos.
No había monstruo.
Solo estaba yo.
Era glorioso estar solo yo
El murciélago se replegó y recuperé los brazos, las manos.
La puse sobre mí para protegerla de la incomodidad de aquel suelo de roca.
Metí la mano dentro de su suéter y acaricié su espalda. Con la otra me enredé en su pelo.
Ella revoloteaba sobre mi piel con dedos como alas de mariposa.
Nuestras lenguas seguían buscándose insaciables.
En algún momento la barrera de su ropa desapareció y sentí que enloquecía con el tacto aterciopelado de sus pequeños pechos. Ella se estremeció.
—Mi piel está fría —susurré sobre su boca.
—Me gusta así —jadeó ella.
Bajé la mano. Presioné la palma contra su estómago.
Quería bajar más.
Ella me suplicaba que bajara más.
—Bell.
No reconocí mi voz.
—Lu…
Toqué un punto húmedo y mi nombre se quebró en un gemido.
Entonces algo golpeó los guijarros junto a nosotros y una voz tronó.
—¡¿Qué hacéis en mi playa?!
Caronte resollaba furioso. Supuse que era el barquero porque sostenía en la mano la pértiga con la que había golpeado el suelo, aun cuando lo habría reconocido igualmente por la túnica negra que llevaba, bajo la que asomaban las puntas de unas sandalias de cuero de las que sobresalían los huesos de sus dedos.
Su cara, bajo la capucha, era una calavera amarillenta a la que le faltaban varios dientes.
—Lo siento.
Bell se incorporó deprisa, echando mano de su suéter y poniéndoselo a toda prisa, aunque no lo suficiente para evitar que me estremeciera la visión de su cuerpo semidesnudo.
—Bellatrix, querida, no creo que este sea un buen sitio para tener… citas. No quiero tener problemas con ya sabes quién.
Me incorporé despacio, necesitaba pensar.
Dejar espacio a mi cuerpo para que se recuperara, para que dejara de estremecerse por ella.
Había estado a punto de hacer algo que quizás traicionaba lo que tenía con Erik.
O puede que en realidad no fuera yo quien tenía ese algo, sino el monstruo que ansiaba su sangre.
Estaba hecho un lío. No quería darle la razón al rey Minos pero estaba camino de hacerlo; tenía las hormonas revolucionadas a tope.
Esas hormonas literalmente muertas. De cualquier forma, aunque estuviera ante las piezas de un puzle distinto al que trataba de componer con Erik, había ido hasta el fondo del Infierno para rescatarlo, no para tener un affaire con una demonio, por mucho que en aquel momento me costara resistirme a ello, aunque me sintiera enajenado por ella.
Un momento después dejé de pensar en Erik y su atracción lobuna, y en Bell y lo que quiera que me pasara con ella, y me concentré en el barquero, en lo que decía, en aquella conversación a medias que mantenía con Bell, en la que ella parecía desesperada por deshacerse de él.
—Vuelve a la barca, Caronte, te lo imploro.
—No puedo dejaros cruzar en mi barca, ya lo sabes.
—Ya te he dicho que no queremos cruzar en tu barca.
—No es por los óbolos, yo a ti no podría cobrarte, pero…
—¡Caronte, basta! —le gritó cortándolo en seco mientras lo empujaba de vuelta a la laguna. Pero el barquero parecía inmune a las palabras de Bell.
—… es que ya conoces las reglas de tu padre.
Se me cayó la mandíbula.
¿Qué puñetas… ?
—¡Caronte! —chilló.
—Bell —la llamé—. ¿Puedes acercarte un momento para hablar contigo a solas? Por favor.
Ella resopló. Cogió un mechón de pelo, y no tengo ni idea de cómo, consiguió hacerse una cola de caballo atándola con dicho mechón. Todo ejecutado en apenas dos segundos.
Mi corazón pareció dar un latido.
Se acercó a mí y yo la alejé un par de pasos de Caronte, que nos miraba con aquella inexpresiva cara de hueso vivo, tomándola de la cintura.
Me ardió la mano.
—¿Qué? —Todavía tuvo el descaro de hacerse la despistada.
—¿Qué es lo que ha dicho Caronte? ¿Tu padre?
—No debes hacerle caso a Caronte —rió falsamente—. Tiene el cerebro frito.
Bufé.
—¿Sabes que cuando mientes se te mueven las orejas?
—Eso no es verdad. —Y se tocó esa parte de su anatomía.
—¡Ajá, pillada! Desembucha ahora mismo.
—Vale. —Me cogió del brazo y nos alejamos otro par de metros del barquero, que seguía sin quitarnos las cuencas de encima—.
La razón por la que dice esas cosas es porque el pobre no tiene cerebro.
Se lo comieron los gusanos de la carne. —Ante mi cara de estupor siguió elaborando aquella patraña, adornándola aún más—.
Ya sabes, esas larvas de las moscas que ayudan a la descomposición de los cadáveres.
—Vale. De verdad que está resultando muy divertido ver cómo tratas de esquivar mis preguntas, pero seré aún más preciso, y esta vez, si eres tan amable, di la verdad. ¿Noche es tu padre?
—Sí —respondió con pasmosa serenidad.
—¿El Señor de las Sombras?
—¿Conocemos a otro Noche?
—¿Te parece sensato seguir haciéndote la graciosa? ¿Noche es tu padre y no te pareció relevante decírmelo?
—No me lo preguntaste.
No sabía si estaba indignado, alucinado, ofendido o me sentía un completo idiota. Bell parecía pensar que era justo eso último: un idiota.
—¿Esperabas que te preguntara si Noche era tu padre?
—Sí, si me hubieses preguntado eso como ahora te lo habría confirmado. ¿Acaso me has contado algo tú a mí sobre tu padre?
—Mi padre está muerto, lo maté yo mismo hace quinientos años. De todos modos, no entra en esta ecuación, pero tu padre es el causante de todo el puto problema en el que estamos metidos.
—Creo que tu lobo tuvo algo que ver.
—«Mi lobo» no se secuestró a sí mismo, ni mató a mi mejor amigo.
—¿Qué?
—La persona de la que te hablé, a la que le debía este rescate, era mi amigo. El único que he tenido de verdad en estos quinientos años, y tu padre… —me atraganté con esa afirmación— tu padre le partió el cuello por diversión. Se llamaba Elías y solo tenía diecisiete años.
Bell compuso una mueca de horror y cerró los ojos.
Se mordió el interior del labio.
—No sé qué decir.
—No tienes que decir nada. Tú no eres tu padre. Si lo fueras no te debería la vida —le dije recordando cómo me había salvado de aquel Devorador de Luz.
Abrió los ojos. Los tenía vidriosos. Se notaba que estaba luchando contra las lágrimas.
Estaba desolada, como si hubiese perdido algo que creía no podría volver a recuperar, algo realmente preciado.
Pero era yo quien había perdido a Elías, y en última instancia era Elías quien había perdido la vida, y su padre y la familia Gautie, y solo sabía el Infierno cuántas vidas más habían quedado segadas violentamente por aquel monstruo.
Recordé que yo mismo era un monstruo, que los míos eran monstruos asesinos sedientos de sangre.
Y era ella la que parecía llevar sobre los hombros el peso de crímenes que no le correspondían.
Me rugió el pecho.
Me dieron ganas de borrarle aquella expresión de pena lanzándome a su boca. Lo cual era una mala idea. Aguanté y decidí que a partir de aquel momento la vigilaría como un halcón. No solo porque podía esconder más cosas, sino porque no quería volver a verla así.
—De acuerdo, pequeña mentirosa. Fingiré que te creo.
Que me creo que no me ocultabas deliberadamente que Noche era tu padre.
Ignoraré cualquier cosa que no sea cruzar este nivel y seguir con el rescate, que es para lo único que hemos venido aquí —concluí refiriéndome a lo que acababa de pasar entre nosotros.
Eso la hizo reaccionar. Sabía que la pena se sustituía fácilmente por la ira. Y yo la había herido a propósito para enfurecerla.
—Bien. —Bell pateó el suelo haciendo que rodaran algunos guijarros.
—Te comportas como una niña.
—Y tú como un gilipollas.
Bufé.
Ella bufó.
Di un paso hasta ella.
Ella dio otro hasta mí.
El corazón volvió a latirme. Resistí las ganas de mirar si mis latidos imaginarios habían dejado de ser imaginarios por ella.
Su respiración estaba acelerada.
Yo respiraba porque estaba cabreado, porque mi cuerpo reaccionaba al suyo volviéndose loco. Porque si Erik me había puesto en la cuerda floja de la cordura, aquella chica me había empujado directamente al abismo.
Mierda.
De repente la voz de Caronte nos sacó de aquel estado de delirio.
—Chicos, tengo que irme. Tengo la barca mal aparcada. Ya nos veremos otro día.
Al parecer se había cansado de nosotros.
Bell se giró y le despidió con la mano y una sonrisa forzada.
—Gracias, Caronte.
Sí, pensé, gracias Caronte, porque si no fuera por tus gusanos de la carne, no me habría enterado de que estaba visitando el Infierno con la mismísima princesa.
El barquero correspondió a su saludo y se subió a la barca, detenida junto a la orilla llena de ánimas compungidas.
Pasó por delante de todas y fue recogiendo los óbolos de cada uno y metiéndolos en un bolsillo de su túnica que parecía no tener fondo.
Cuando devolvió la barca a la laguna, antes de partir, gritó:
—Recuerda, Bell: nadando.
—Descuida.
—Dale recuerdos a tu padre.
Y la barca se perdió en la inmensidad de la laguna.
Ahí di un resoplido de búfalo que hasta a mí me sorprendió.
—Bueno, pues si ya estás recuperado de la impresión, será mejor que nademos.
—No, no pienso nadar.
Me acerqué adónde habíamos estado tendidos, cogí la mochila y me la colgué. Luego llamé a las alas y antes de que Bell protestara, la envolví cogiéndola por la espalda con una de ellas. La otra la extendí para prepararnos para un frenético vuelo… bajo.
Bell finalmente protestó y yo reí.