Lucien y los siete Infiernos Minos
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Minos

El rey nos ordenó aterrizar con un gesto que no admitía negación.

Descendimos.

Tenía a Bell abrazada a mi cuello, con su cabeza reposando en mi hombro.

—Bell —la llamé porque, aunque teníamos los pies en el suelo, ella no parecía tener intención de soltarse.

Nos habíamos parado delante de la descomunal nariz del gigante. Respiraba tan fuerte que el pelo se me movía. Desde aquella cercanía, su piel tenía un color cetrino y sus pequeños ojos de color negro tenían el iris plagado de venas rojas.

Bell seguía pegada a mí como una ventosa, pero a la voz de Minos se apartó.

—Bellatrix, querida, menos mal que has venido a visitarme. Estoy tan hastiado de estar aquí completamente solo. —Hizo un aspaviento teatral poniéndose la mano en la frente y fingió un desmayo.

¿Solo?

Replegué las alas.

Sentí un hormigueo donde antes estaba ella.

Cuando la tenía contra mi pecho, el monstruo se alejaba de mí.

Bell no le gustaba. La sensación de que, con su cercanía, el monstruo se retraía era tan sorprendente como…

agradable. Desde que había aparecido Erik en mi vida y había despertado, lo sentía siempre respirándome en la oreja, y luchar contra él y con él se me hacía asfixiante.

Sacudí la cabeza para concentrarme en lo que había dicho aquel gigante y exclamé:

—¡Pero si este sitio está lleno de gente! Muerta, eso sí, pero está de muertos hasta la bandera.

—¿Y tú quién eres? Bellatrix, ¿te has echado novio? —Se incorporó de inmediato, entusiasmado porque nuestra aparición juntos incluyera un jugoso chisme.

Entonces Bell dijo algo que en principio me descolocó.

—No, pero te aseguro que no es porque yo no quiera. Ya lo estás viendo. —Me señaló de arriba a abajo.

No me pasó desapercibido que no había respondido a su pregunta. Que no le había dicho quién era yo.

—¿Y cuál es el problema? Los dos sois jóvenes y un par de bombones —quiso saber Minos.

—Resulta que está pillado por un chico, un licántropo.

Hablaban entre ellos como si yo no estuviera allí.

—Grrr —gruñó el gigante—. Lobos. Son unos animales excitantes.

Tienen un poder de seducción muy difícil de resistir.

Puede que ese sea el problema, querida, pero también la solución, porque su enamoramiento no es más que la incontrolable reacción a las feromonas que emiten.

Es una cuestión hormonal entre especies.

Te aseguro que su corazón es libre como una paloma.

Las ánimas que estaban más cerca, a pesar de la orden de Minos, se habían ido aproximando, agolpándose cerca de nosotros, cotilleando lo que hablaban Bell y el rey.

Además, habían empezado a cuchichear entre ellos.

Entonces se me encendió la bombilla y pensé que quizás ese era precisamente el plan de Bell: distraerlo. Así que decidí seguirles el juego.

—¿De qué puñetas habláis? ¿Y por qué lo hacéis como si yo no estuviera aquí?

¿Y vosotros qué murmuráis? —pregunté esto último a los muertos, cabreado.

Vale que aquello podía tratarse de una maniobra de distracción, pero también era una bochornosa conversación sobre mi vida sentimental.

—Bell, ¿podríamos continuar ya hasta el siguiente Infierno y dejar de debatir sobre mis relaciones?

—Eres un impaciente —me acusó ella poniéndome mala cara. Cada vez ganaba más peso el que estuviera fingiendo como parte de un plan. —Minos, corazón, este tiene prisa por encontrar a su novio el lobo.

—¿El licántropo está aquí? —se interesó de nuevo Minos irguiéndose de súbito.

El suelo de baldosas sobre el que estábamos tembló.

La nueva postura del gigante movió su barba y sus partes pudendas quedaron justo en mi campo de visión.

Pensé que me quedaría traumatizado por el resto de mi no vida.

Recuerdo haber contemplado con otros ojos la posibilidad de que un gusano me comiera allí mismo.

—Sí —le respondió Bell sin apartar la vista de su cara. Ella había sido más rápida que yo y se había evitado los años de psicoterapia.

—No me digas que es una de las piezas de tu…

—¡Sí! —chilló ella con voz estridente.

Minos se sobresaltó, pero en seguida se repuso. Asintió y volvió a enroscarse la barba con pudor. Luego le guiñó un ojo a Bell y sonrió. Tenía unos dientes tan grandes como monolitos.

—Entiendo. Vamos al grano, pues. Os digo el acertijo y si lo adivináis, podéis pasar y atravesar la puerta del siguiente nivel, y si no…

ya sabes, siempre tengo muuuucha hambre.

—Y soltó una carcajada taimada que provocó un pequeño terremoto.

La balanza tembló y el ánima que estaba esperando sobre ella cayó al suelo.

Pero rápidamente volvió a subirse, temerosa de provocar la ira de Minos, que había cesado en su risa y la miraba ofuscado.

—¿Eso qué significa? —pregunté para dirigir su atención hacia mí y alejarla del pobre condenado que bastante tenía con lo suyo: pesaba mucho.

Bell rezongó.

—Pues si no adivinas eso, poco vas a poder aportar para descifrar el acertijo.

—Eres tan graciosa —le respondí cáustico.

—Sois adorables, pero tengo que seguir con mi trabajo.

Minos ya no quería seguir en nuestra compañía. Puntilloso, miró a las ánimas que seguían apelotonadas al frente y tronó:

—¡Todo el mundo a la fila!

Todas se apresuraron a volver a su lugar.

Hubo codazos y algunos se quejaron de que se les habían colado, pero Minos golpeó el suelo con el puño y se quedaron donde habían caído.

El ánima de la balanza había aprendido y se había agarrado de la cadena que sujetaba el platillo de oro donde estaba parada.

Nosotros a duras penas mantuvimos el equilibrio.

Entonces Minos nos escrutó con la perversidad dibujada en su gruesa cara y, dejando entrever su retorcida intención de vencernos y comernos, pronunció el acertijo:

—Baja a la tierra, sube hasta el cielo, se oculta en la hierba y también en el viento. ¿Qué soy?

«¡Venga ya!».

«¿En serio?».

«¿Qué cojones era eso?».

—Una abeja fantasma —respondí resoplando.

—¡Tío! —me reprendió Bell dándome un golpe en el brazo.

—Joder, Bell, deja de pegarme sin avisar. Era lo único que cabía en esa mierda de acertijo.

Entonces el rey Minos estalló en carcajadas que, ahora sí, provocaron una vibración tal que hizo que todas las ánimas en los caminos iluminados perdieran pie.

Algunas consiguieron mantenerse dentro de la luz, pero muchas cayeron en la oscuridad desatando el caos.

Se sucedieron los gritos de terror, los aullidos de los gusanos, el sonido espeluznante de los mordiscos y las degluciones que siguieron.

Y, sin embargo, al gigante pareció importarle un pimiento todo lo que estaba pasando en su Infierno y siguió abandonado a la risa.

Cuando se sintió satisfecho, se detuvo lentamente dejando salir los últimos conatos, y se secó las lágrimas.

—Esa no era la respuesta, pero me da igual, porque me he divertido como nunca y solo por eso merecéis seguir vivos.

Suspiré, aliviado de que mi cagada no hubiera sido tan grande.

—Gracias, gran rey Minos. —Bell se postró ante él.

El gigante correspondió asintiendo. Todo muy ceremonioso.

Yo, en cambio, pasé por su lado y le ofrecí el puño para que lo chocara. Fue un homenaje a Elías. Pensé que si él hubiese estado allí, eso era lo que habría hecho.

En los primeros segundos, Minos se quedó mirando mi mano desconcertado, pero acabó pillándolo y choco su puño contra el mío. Una enorme sonrisa ensanchó sus mofletes del tamaño del culo de una vaca. Eso me insufló confianza y me sentí creativo.

—Ha sido un placer, tío. Y… tápate, que vas a coger frío.

De nuevo las risas nos siguieron hasta que fueron sustituidas por un grito estridente:

—¡¿Qué hacéis todos ahí parados?! ¡Moveos, que no tengo toda la eternidad para seguir viendo vuestras feas caras! ¡A pesarse ya!

Detrás de Minos, entre sus dos nalgas, la puerta nos esperaba.