Lucien y los siete Infiernos -16-
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El segundo Infierno: la Región del Paso

La puerta de la Región del Paso era negra como la Puerta de los demonios, con ese satinado brillo de fuego, pero en ella destellaba incandescente el relieve de una balanza antigua.

Al atravesarla, de nuevo derritiéndose a nuestro paso, percibimos el aire del interior denso y viciado, como si aquel nivel llevara demasiado tiempo cerrado.

También había mucha más oscuridad que en el anterior Infierno, pues la única fuente de luz era una intrincada red de sendas que atravesaban toda la región, creando un auténtico espectáculo de luces y sombras, como si estuviéramos ante las redes neuronales de un cerebro.

Un flujo constante de ánimas desfilaba por las sendas en una procesión lenta y afligida, y todas acababan en el mismo punto, un punto en forma de rey gordo.

Era tan grande y voluminoso como una montaña, y estaba completamente desnudo salvo por la corona que portaba en la cabeza y la larga barba blanca que llevaba enroscada por el cuerpo como una serpiente.

Por suerte para mi sensibilidad, con ella tapaba sus descomunales atributos.

Delante de él había una balanza, la misma cuyo relieve brillaba en la puerta.

Bellatrix siguió mi mirada.

—Ese es el rey Minos —me explicó—. El que juzga a los condenados usando la Balanza de los Justos. Las ánimas son pesadas en ella, y será el peso de sus pecados el que determine qué tormento merecen padecer por el resto de la eternidad. La puerta al siguiente nivel está detrás de él.

—¿Y cómo sorteamos a semejante individuo?

Me pareció algo imposible. Pensé que si tras él había una puerta, debía tenerla metida en el culo.

—Para eso tendremos que salirnos de los caminos.

Pero fuera de la luz de los senderos hay criaturas infernales, hambrientas de cualquier cosa que se adentre en la oscuridad que ellas habitan.

Son los Devoradores de Luz. Solo respetan los caminos.

Si nos descubren, vendrán a por nosotros.

Pero son ciegas, nuestra oportunidad radica en que seamos silenciosos y rápidos para llegar cuanto antes a la puerta.

El rey Minos es otro problema, pero ya nos ocuparemos de él si logramos llegar hasta allí de una sola pieza.

«Resumen: comen luz y lo que pillen».

Como sonaba chungo de narices decidí que era el momento de tomarnos un «tiempo muerto», y así se lo propuse a Bellatrix.

—Creo que lo mejor será hacer una parada y comer algo. No me siento capaz de enfrentarme a esas criaturas infernales con el estómago vacío.

Ella estuvo de acuerdo.

—Genial, yo tengo que hacer pis.

Y se alejó un poco adentrándose en la zona oscura.

La imaginé haciendo pis y se me subieron los colores.

A esas alturas ya no me sorprendía tanto como cuando era Erik quien me hacía ruborizar.

Pensar en él fue pensar en Elías y el peso de ambos me devolvió a la conmiseración de mí mismo.

Luego aparecería la culpa y después la rabia.

Por fortuna Bellatrix regresó antes de que entrara en aquel círculo vicioso de las emociones autodestructivas.

—¿Tú no tienes que hacer pis?

—Pis no suelo hacer.

—O sea que lo otro sí. —Esa chica estaba aguantando la risa.

No hay nada más pueril que la risa cuando se habla de pis y caca.

Y ahí estábamos, en mitad del Infierno, con bichos que se comportaban como los T.

rex, en medio de un rescate desesperado y a contrarreloj, comportándonos como niños pequeños.

Odiaba tener que explicar de nuevo lo del ciclo de «lo que entra por fuerza tiende a salir».

—Cagamos, sí.

Bellatrix explotó. La dejé, manteniéndome circunspecto a ver si así se cansaba, pero tardó bastante en volver a componer una mueca seria.

—Venga esa comida. ¿Qué me has traído?

—Galletas.

Hizo un mohín de desagrado y preguntó:

—¿De qué?

—De bacon. —Puse los ojos en blanco—. ¿De qué van a ser? Harina y azúcar.

Me miró como si fuera tonto.

—Me refería a si son de chocolate.

—¿Y por qué no preguntas eso?

—¿Y por qué no me dices ya de qué son, o las sacas de una vez para descubrirlo yo misma?

Saqué las galletas.

—¡Mierda, Lucien!

Se llevó las manos a la cara.

—¿Qué? Son las que tenía mi madre. Somos vampiros, ¿recuerdas? Ten. —Le entregué el paquete de galletas La Mère Poulard de mantequilla, y una de las botellas de metal con agua—. Un «gracias» estaría bien.

Cogió las galletas y el agua y me miró con enfado.

—Esa cara es porque…

—Sí, para la próxima, chocolate, Lucien. Sencillo y efectivo.

—De acuerdo.

Las mujeres y el chocolate, mystère de la vie.

Nos sentamos cerca de la puerta, en aquella zona neutral que no era ni Región de la Espera ni Región del Paso, sobre la tierra apisonada que cubría el suelo.

Comimos en silencio. Ella masticaba con brusquedad como si en lugar de dar un mordisco a una galleta estuviera arrancándole la cabeza a alguien.

Esperaba que no pensara en mí. Yo bebía sangre fresca de mi botella, extrañamente relajado observándola, divertido con las caras que ponía y el esfuerzo que le suponía tragarlas.

Decidí distraerla.

—Así que cuando hablabas de lo suicida que era el plan de cruzar los siete niveles del Infierno, no exagerabas.

—Me maravilla que por fin lo entiendas —dijo en tono sarcástico y aplaudió—. Que por fin seas consciente de qué estás loco. De que esta es una misión imposible.

—Tampoco he dicho eso. Este rescate será todo un éxito porque, estaré loco, pero también soy lo suficientemente listo para haberte traído conmigo, y tú parece tenerlo todo controlado. —Le guiñé un ojo.

—No me has traído. Te recuerdo que he venido yo por voluntad propia.

Y no te confíes. Yo he sobrevivido porque moverme por los niveles es para mí un juego, y siempre llego hasta donde quiero y es seguro llegar.

Este «rescate» es una cuestión distinta.

Pero tranquilo, te avisaré cuando sea inevitable que vayamos a morir. —Y forzó una sonrisa.

Pensé que seguía cabreada por lo del chocolate, y que aquella última frase apocalíptica la había soltado para poder acojonarme y desquitarse.

Qué equivocado estaba.

Cuando se sintió satisfecha, me devolvió el paquete de galletas y la botella y se levantó sacudiéndose la tierra del trasero de los vaqueros. Los ojos se me fueron a esa parte. «Es el monstruo», me dije. Pero el monstruo se rió de mí.

Tocaba ponerse en marcha.

Bellatrix volvió a advertirme.

—Avanza pegado a mí y pisa donde yo pise, solo donde yo pise, y controla la fuerza de la pisada, que sea como si caminaras por las nubes. ¿Lo has entendido?

—Soy un vampiro. Está en mi naturaleza ser silencioso.

Volví a colgarme la mochila a la espalda con parsimonia. No pensaba caer en su histerismo.

Ella negó con la cabeza, me apretó la cara con ambas manos y me miró con un brillo desesperado en los ojos.

—No lo entiendes. No basta. Tienes que ser más silencioso aún de lo que eres por naturaleza. Tienes que esforzarte más.

La tenía tan cerca que pude ver una pequeña cicatriz al final de la ceja derecha. Una pequeña marca de imperfección en su perfecto rostro. Recuerdo haber pensado que eso la hacía parecer real, y no una ilusión de belleza. También tenía unas diminutas pecas que salpicaban su nariz.

Me llevé un bofetón débil.

—¿Qué haces? ¿Por qué me pegas?

Me había pillado.

—No estás atendiendo.

—Joder, que sí. Seré silencioso. Deja de darle tanto dramatismo. Quiero que esto salga bien porque tengo que llegar hasta Erik lo antes posible. No quiero ni imaginar lo que habrá sido para él permanecer durante un mes entero en este terrorífico lugar… solo.

—No pretendo ser aguafiestas, Lucien, de verdad que no, pero tienes que mantener en perspectiva la posibilidad de que no haya sobrevivido.

No. Me negaba a ello. Si estaba allí, si había encontrado la forma de ir a buscarlo al Infierno, tenía que ser porque había esperanza.

Necesitaba mantener viva esa idea. No podía permitirme caer en el fatalismo de imaginar otro desenlace para aquella aventura que no fuera un feliz rescate.

Al menos él tenía que conseguirlo. Se lo debía a Elías, para que su muerte no hubiera sido en vano.

Recordé cómo él creía protegerme. Cómo lo creía firmemente.

Y como a su manera lo hacía. Siempre lo hizo.

Y eso era lo que más me torturaba, que llegado el momento, con todo mi poder, yo no fui capaz de hacer lo mismo por él.

—Tengo que pensar que sí. Se lo debo… a alguien.

Bellatrix debió ver algo intenso en mi expresión porque no insistió en seguir aquel camino. Ni me pidió que me explicase.

—De acuerdo. Mantén la fe si eso te ayuda.

Asentí agradecido.

Me ayudaba.

—¿Y no podríamos ir volando?

—¡No! El batir de tus alas hace demasiado ruido. Esos bichos nos derribarían —dijo apretando la mandíbula.

Se estaba exasperando.

Yo la estaba exasperando.

—Está bien. Tú mandas.

Bufó.

Y volvió a bufar.

Y me miró como si quisiera matarme.

Y yo lo acepté.

Nos adentramos en el nivel, en aquel segundo Infierno.

En cuanto puse el pie en lo que era la Región del Paso noté una inclinación, como si la tierra donde pisábamos hubiera girado noventa grados hacia abajo.

Se me revolvió en el estómago la sangre que acababa de beberme.

Eso significaba que profundizábamos en las entrañas del submundo.

Fuera de las sendas la negrura era total. No había ningún resquicio de la luz de los caminos, ni de Minos. Era una oscuridad que te engullía. Más que falta de luz parecía, efectivamente, una devoradora de ella. Yo no veía una mierda allí.

—Joder, aquí no se ve…

—¡Qué cojones te he dicho! —gritó Bellatrix interrumpiéndome desquiciada—. ¡Me cago en todo, Lucien!

—¡¿Qué?!

—¡Corre!

Me cogió la mano y corrimos. Porque soy idiota. Porque olvidé lo del silencio. Y en aquel otro silencio antinatural que nos envolvía, que se olía en el aire, comenzó a colarse un sonido. No podía identificar qué era, pero fuera lo que fuese estaba detrás de nosotros, y era más veloz.

—¿Qué es eso? —le pregunté a Bellatrix.

—Un Devorador de Luz que nos persigue ¡por tu culpa!

Me lo merecía.

Corrimos tan deprisa como nuestra sobrenatural velocidad nos permitió, pero aquella maldita cosa seguía ganándonos terreno.

Bellatrix me asía la mano con fuerza. Bajo su palma un temblor la delataba.

Miedo. El olor acre se mezcló con su perfume, y yo maldije de nuevo mi estupidez.

Entonces gritó por encima de aquel sonido espeluznante que quería darnos alcance.

—¡Si mis cálculos no fallan, Minos debe estar a menos de quinientas yardas!

Recuerdo preguntarme cuánto sería aquello en metros y tratar de calcularlo, y luego pensar que sonaba a que casi saboreábamos la victoria, cuando algo se estrelló contra mi espalda.

El golpe me hizo perder el equilibrio y caí hacia delante, arrastrando a Bellatrix conmigo, como fichas de dominó y perdiendo su mano.

Una vez en el suelo sentí un nuevo golpe en la cara, uno con restos viscosos de un hedor nauseabundo.

Me recordó a la lengua grimosa del Señor de las Sombras.

Sentí la mejilla arder como si aquella viscosidad además fuera corrosiva, como si me hubiera quemado con luz solar líquida.

—¡Bell! —la llamé en aquella angustiosa oscuridad. Usando por primera vez aquel diminutivo que ya no me abandonaría cuando pensaba en ella.

Tan pronto como su nombre se perdió en el vacío, un resplandor cegador lo iluminó todo.

Bell sostenía con ambas manos una enorme espada que emitía una intensa luz verdemar con la que amenazaba a un descomunal y repulsivo gusano de color blanco.

Aquel bicho trataba de derribarla usando su cola afilada y chorreante de un líquido, que deduje, era el que me estaba quemando la piel del rostro.

No era muy largo, pero sí grueso y de aspecto blando.

Por cabeza tenía una enorme boca abierta llena de asquerosos dientes afilados y torcidos.

Sin embargo, por terrorífica y apremiante que pareciera la situación, no me moví ni traté de incorporarme porque estaba demasiado alucinado con Bell.

¿De dónde cojones había sacado aquella espada?

Blandiéndola con estocadas increíblemente rápidas y precisas, esquivando la luz líquida que lanzaba el bicho en ráfagas por lo que debía ser el culo, en unos segundos cortó al gusano en rebanadas como si fuera mantequilla.

Aquel fluido hediondo se derramó por el suelo.

Me arrastré unos metros huyendo de él y me levanté todo lo deprisa que pude para evitar su contacto.

Y en la lejanía, avanzando más deprisa que su compañero, se escucharon los chillidos ensordecedores de más gusanos y aquel sonido de arrastrar escalofriante. Muchos más gusanos.

—¿Te vas a quedar ahí esperando que vengan más o vas a mover el culo los metros que nos separan del rey Minos? —me regañó Bell.

Aunque salí de mi estupor, solo acerté a decir:

—Lo siento, continúo flipando con la espada. ¿De dónde ha salido? ¿Qué clase de demonio eres tú?

Ella rió y como parte de un hechizo mágico, la espada desapareció. Me miró y dijo:

—Solo soy una chica con recursos.

Entonces recordé que yo también los tenía, y dejé que las alas salieran a divertirse, abriéndolas sin perder el tiempo en quitarme la camiseta, rasgando la tela.

Cogí a Bell de la cintura y chilló sorprendida, pero no de miedo.

—¡¿Qué?! —grité en el aire—. Ya saben que estamos aquí. Ya no hay necesidad de ser silencioso.

Su risa se convirtió en música, y luego el rey Minos nos cortó el rollo.