Lucien y los siete Infiernos -15-
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El primer nivel del Infierno: la Región de la Espera, el Infierno de los demonios

La puerta era de recia madera negra, sin marcas ni adornos y resplandecía con un brillo ígneo, como si la madera estuviera al rojo vivo.

Bellatrix se recogió el pelo detrás de las orejas y suspiró.

—La Puerta de los demonios.

Lo primero que me llamó la atención fue que al Infierno no se bajaba, se subía. La Puerta de los demonios se convirtió a nuestro paso por ella en un portal de lava, derritiéndose cuando la atravesamos, tal como Noche había derretido la pared del sótano de la casa de Elías.

Tras ella nos aguardaban unas largas y escarpadas escaleras, con peldaños irregulares labrados en la roca firme.

Alrededor se alzaban aquellas montañas ardientes que ya había visto.

Sentí una presión en el pecho parecida a la angustia, pero el monstruo en mi interior, que rebotaba de júbilo como una pelota, no me dejó analizar si era un ataque de pánico o el miedo a estar tan cerca de Erik y fracasar.

Arriba del todo había otra puerta: un arco que destellaba una luz cegadora; primitivo, antiguo y tan acojonante como la boca de un leviatán.

El suelo rocoso bajo nuestros pies emanaba un olor fétido, a algo parecido al alquitrán, y estaba caliente y pegajoso.

Yo llevaba unas deportivas blancas que enseguida empezaron a ennegrecerse y a despedir un tufo a caucho quemado.

Al menos soplaba una ligera brisa que, aunque cálida y con un ligero toque azufrado, era mejor que nada.

—Esto no se parece en nada a la recepción de un hotel que me habías prometido —me quejé.

—Porque aún no hemos entrado al Infierno. Esta es solo la antesala reservada a los que vivimos aquí. Los muertos pasan directamente a la Región de la Espera, que es adonde llevan esas escaleras.

—Menos mal que me traje las deportivas. —Las observé. Si me quedaba parado allí mucho más tiempo el calor las desintegraría, y no quería subir hasta allí arriba en calcetines.

—Todavía estás a tiempo de volver a atrás, Lucien.

—Me miró con expresión casi suplicante. Había desaparecido de sus ojos la chispa de diversión que brillaba antes y que me recordaba a la chispa traviesa que resplandecía en la mirada azul de Elías—.

Nadie te tildaría de cobarde, y con nadie me refiero a mí.

—Te lo agradezco, pero no he llegado hasta aquí para volverme atrás.

No lo hice.

Me acerqué a ella y desaté la cadena de su cuello.

—Te libero.

Me la guardé en el bolsillo de los pantalones. No quería cargar con más culpa si a Bellatrix le pasaba algo por ayudarme. Bastantes muertes llevaba ya a cuestas. Ella pareció sorprenderse pero no dijo nada, solo miró hacia arriba, hacia la puerta al Infierno y se giró hacia el otro lado.

Supuse que se marcharía. Que cenaría un menú que le serviría el chico detrás de la barra del McDonald´s y se olvidaría de mí.

Que sería una anécdota más en su lista. Así que no alargué las despedidas con sentimentalismos de «fue un placer traerte hasta aquí a rastras» ni nada parecido.

La dejé allí y caminé hasta situarme delante del primer peldaño.

El monstruo dentro de mí ronroneó como si jugara con una madeja de lana.

Estaba deseando que recorriera aquellos últimos metros.

No sabía entonces qué le atraía tanto de aquel lugar.

Era un vampiro y allí no había humanos vivos de los que alimentarse.

O era tonto o estaba loco, y, por ende, yo también, tan loco como mi padre.

Puse un pie en el primer escalón.

Luego en el segundo.

Y después en el tercero.

Uno a uno los fui subiendo, sintiendo, a medida que me acercaba, cómo mi alma condenada parecía pesarme más y más, como si tratara de detenerme. Hasta que llegué arriba, a la parte chunga, y se aligeró, perdiendo la partida contra el monstruo que empujaba hacia delante sin tregua.

La brisa que soplaba en la antesala venía de allí, solo que arriba era más ardiente y sofocante.

La intensa luz que salía del vano no me dejaba ver lo que había detrás.

Me hacía daño. Estaba a punto de usar la mano de pantalla, cuando de súbito algo se desplazó sobre mis ojos, como si alguien hubiese corrido la traslúcida tela de una cortina.

Dejé de sufrir, y supe que se trataba de aquella membrana, semejante al tercer párpado de un ave que había visto en los ojos de mi padre.

Aquella parte del vampiro que no creía haber heredado.

En ese momento, Bellatrix se acercó por detrás.

—Bienvenido al Infierno.

Me dio un vuelco el estómago.

—Si decides venir será por el placer de mi compañía —solté sin mirarla.

—Ya veremos que tal es ese placer —me soltó ella a su vez.

Por el rabillo del ojo la vi sonreír.

—Necesito que esperes aquí un momento. Ya que no pareces un muerto, deberás parecer… otra cosa.

Se adentró en aquella luz que inmediatamente la engulló. Pasados unos minutos en los que dudé si volvería, apareció con una túnica negra colgada del brazo y entregándomela me ordenó:

—Póntela.

Olía mal, a sudor y a… demonio.

—¡Qué asco! —exclamé, agarrándola con aprensión.

—No seas crío.

—Huele a demonio.

—¿Yo también te huelo a demonio? ¿Estás insinuando que te doy asco?

Había puesto los brazos en jarras y me miraba entrecerrando uno de aquellos ojos verdes tan resplandecientes.

Azorado, me apresuré a negarlo y a explicarme.

No sabía cómo decirle que ella olía de maravilla.

Que su esencia era delicada y suave. Que a mí no me olía para nada a demonio.

Así que con la mayor de las torpezas acabé diciendo otra cosa.

—Tú hueles bien, ejem… se ve que te duchas. —A Bellatrix se le encendió la cara. Pensaba que no podía estar más atractiva, pero me equivocaba—. ¿Podrías darme el hábito de un demonio que sepa lo que es una pastilla de jabón?

Ella bufó.

—Déjate de remilgos. Te recuerdo que vas por ahí chupándole el cuello a la gente, ¿acaso eliges a tus víctimas en función de si se duchan regularmente o no?

—Yo no le chupo el cuello a la gente. No soy una bestia. Tengo modales. No soy un vampiro neandertal.

—Eres un vampiro, Lucien. Eso lo resume todo —dijo riendo.

—De acuerdo, me la pongo, pero que sepas que yo la sangre me la bebo de un vaso y con pajita.

Entonces estalló en carcajadas que resonaron por toda la gruta rocosa que teníamos detrás, con un eco que nos devolvió su sonido amplificado. Fue a decir algo, pero la detuve.

—No lo digas.

—No iba a decir nada.

Y volvió a reír. La ignoré y me quité la mochila para poder ponerme aquella prenda apestosa. Volví a cargarme nuestras provisiones a la espalda y entramos. Parecía un monje excursionista.

Una vez atravesado el umbral, nos encontramos en una vasta zona desértica donde no se divisaba el horizonte. Parecía que estábamos sufriendo el azote de una tormenta de arena. El suelo era de fina arenilla que se arremolinaba polvorienta a nuestros pies.

No había nadie a la vista, ni demonios ni muertos.

—No veo almas por aquí —constaté frunciendo el ceño.

—Espera, impaciente.

Poco a poco el espacio se fue aclarando y comenzaron a perfilarse algunas siluetas difusas. Y de repente…

—¡Joder, cuánta gente! —exclamé sorprendido.

Por todas partes había un montón de personas que a primera vista no parecían especialmente muertas.

Se movían de un lado a otro como si supieran adónde iban a pesar de que algunos simplemente andaban en círculos.

Su aspecto era como el que tendría cualquier viviente al que hubiesen sacado de la cama muy deprisa sin tiempo para vestirse o a peinarse con un mínimo de decencia.

Más que una recepción de hotel parecía una estación de tren en hora punta llena de transeúntes adormecidos.

En ese momento cobró sentido que Bellatrix me desajustara la ropa y tratara de despeinarme. Y también que no fuera suficiente.

Mezclados con la multitud había algunos tipos vestidos con el mismo hábito monástico de color negro que me había dado Bellatrix. Todos tenían la capucha echada sobre la cabeza. Con repulsión hice lo mismo.

Ella me los señaló.

—Esos que van vestidos con los hábitos y llevan esas carpetas en la mano son los demonios administrativos.

Trabajan en este nivel. Por eso llevas un hábito, para que parezcas uno de ellos.

—Pensé que me faltaba la carpeta, pero deduje que era un detalle que no revestía importancia si ella no lo había tenido en cuenta—.

Son como los de Recursos Humanos del Infierno.

En esas carpetas están los nombres de todas las almas condenadas que llegan aquí.

Me fijé en el que estaba más cerca y que hablaba con una señora mayor.

—Puede llamar a mi hijo para que venga a buscarme y aclare todo esto.

—No puedo, señora, ya se lo he explicado varias veces, está usted muerta.

—Y ya le he dicho que eso no es posible, joven. Mi doctora me dijo que los resultados de la última analítica habían salido muy bien. Me había bajado el colesterol.

—Usted ha muerto en un accidente de tráfico.

—Eso es una tontería, yo no tengo carné de conducir.

—Usted no, pero el que la atropelló sí.

La mujer se hinchó como un pavo y gritó:

—¡Quiero hablar con su supervisor!

Pensé con diversión que aquellos demonios burocráticos se ganaban su sueldo.

—Atiende, Lucien —me llamó la atención Bellatrix—.

Deja de cotillear conversaciones ajenas.

Si enfocas la mirada, al fondo verás los torreones del palacio de Noche.

Apostado en cada una de sus almenas hay demonios, soldados del ejército de Noche, son los Tenebrae, la guardia del Infierno.

Vigilan la Puerta de los demonios. Su misión es matar a cualquier intruso.

Miré hacia allí y mi visión vampírica, liberada de aquella membrana, me permitió ver no solo los torreones sino cada detalle de aquella colosal edificación.

Cada arco, cada balcón, cada ventana. La fachada entera de piedra negra y aquella enorme puerta.

Un gigante podría haber entrado por ella sin tener que agacharse.

Y por supuesto el adarve y las almenas. Y, efectivamente, allí estaban: las recortadas siluetas de los vigías.

—Baja la cabeza —me ordenó y me dio un capón—. No queremos que te vean.

—¡Joder! —me quejé acariciándome la nuca, más por la sorpresa que por el dolor—. ¿Y para qué me has puesto entonces este hábito hediondo?

—Deja de hacerte el listillo y obedece. —Me decían mucho eso por aquel entonces y lo de «no abandone el pueblo»—.

Me estás poniendo de los nervios. Debemos salir de este nivel lo antes posible.

Además de los Tenebrae, alguno de estos demonios también podría darse cuenta de que no eres uno de ellos.

Desde luego, no pareces uno de ellos ni con eso puesto.

O sea… quiero decir que tú eres más… ¡Ya me entiendes!

Resopló.

No la entendía, pero qué sentido tenía decir nada. Allí, ella era la experta. En todo lo concerniente al Infierno siempre tendría razón. Y si tenía razón, a callar tocaba.

Como no podía seguir entorpeciendo el avance, nos pusimos en marcha, caminando entre las ánimas a paso rápido. A lo lejos pude divisar por fin el horizonte y una nueva puerta negra con marcas brillantes. La puerta al siguiente nivel.

—Ya casi estamos —me alentó Bellatrix.

—Bellatrix, ¿eres tú?

Un «demonio-monje» nos detuvo el paso de forma brusca. Se colocó delante de nosotros con su carpeta en mano, dando vueltas avec l'ennui a un bolígrafo con cabeza de unicornio.

—Hola, Rodric, ¿cómo te va? —le saludó Bellatrix como si fueran viejos amigos.

—Mal. Cansado de este curro de mierda. La túnica me produce picores y se me está cayendo el pelo de tener que llevar todo el día la capucha puesta, pero agradezco mucho tu ayuda con el jefe.

Supongo que si no hubieras intercedido por mí, habría acabado en un puesto aún peor.

Pero no quiero aburrirte con mi miserable vida, ¿adónde vas?

¿Vuelves a adentrarte en los niveles inferiores?

—Sí, ya sabes que me agobio si estoy mucho tiempo inactiva.

—Ya, entiendo que a veces sea un fastidio ser…

—Bueno, tengo mucha prisa, Rodric —le interrumpió Bellatrix bruscamente—. Sigo mi camino.

—Espera. ¿Quién te acompaña? —preguntó observándome con animosidad.

—¿Me estás pidiendo explicaciones a mí, Rodric? —le increpó muy seria.

—No, yo…

—Sigue con tu trabajo entonces —le ordenó tajante, soltando rayos esmeralda por los ojos.

—Lo… lo siento. Yo… no pretendía. Ya me voy. —Hizo una reverencia y se marchó azorado.

Cuando el demonio se hubo alejado lo suficiente, le pregunté con sarcasmo:

—¿Qué ha sido eso? —Arqueé una ceja.

—No sé qué quieres decir —respondió con fingida inocencia antes de increparme para continuar—. Deja de poner cara de idiota. Sigamos tu temerario plan de atravesar el Infierno. La Región del Paso nos espera.