Lucien y los siete Infiernos -15-
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La primera puerta. La puerta al Infierno

La persecución me había llevado al Cimetière de Picpus, en la ciudad de París. El cementerio estaba ligado a etapas muy oscuras de la historia de Francia, así que lo consideré apropiado para debatir los términos en los que el demonio me acompañaría al Infierno.

—No pienso ir contigo.

En un primer momento las negociaciones no iban muy bien.

—Podría obligarte.

—¿Cómo? ¿Vas a arrastrarme por todos los niveles del Infierno atada con una cadena de plata como si fuera un caniche? —Me miró desafiante. Los demonios reaccionan mal a la plata. Muy mal. No les quema la piel, pero los somete.

—Claro que no. No soy idiota. —Pero me pareció una magnífica idea si seguía negándose a cooperar. Tenía una en el cajón de la mesilla de mi habitación. No porque tuviera intención de ir por ahí sometiendo demonios, sino porque mi madre insistía en que «vampiro precavido valía por dos».

—Permíteme que lo dude. —Era muy terca.

—El Infierno es tu casa. ¿Qué más te da llevarme y acompañarme en una visita guiada?

—Son las regiones del Infierno, vampiro. No una visita al Louvre.

Me exasperaba. Necesitaba ir y rescatar a Erik de una. Si es que aún estaba vivo. Y aquella chica no parecía entenderlo.

—No me dejas más opción.

Me quité la camiseta y la lancé contra las lápidas.

—¿Qué haces? —Me miró con los ojos muy abiertos y el verde encendido.

—No es una insinuación, si es lo que crees.

Ella torció el gesto y bufó.

Fue a decir algo, pero la voz se le quedó bloqueada en el fondo de la garganta cuando abrí las alas. Sin embargo, la desbloqueó en un alarido cuando la rodeé con una de ellas y la elevé del suelo, haciéndonos girar muy deprisa, solo para fastidiarla.

Su melena nos envolvió y sentí su agradable tacto de seda sobre la espalda.

—¡Me cago en la puta! —gritó en el aire.

Sonreí por el éxito de mi perversión.

Me impulsé y puse rumbo a casa.

La metí a empujones en mi habitación.

—¿Ni una cita y ya me traes aquí?

Me dieron ganas de soltar una carcajada, pero me contuve. Llevaba tantos días apesadumbrado, tantos días dejando que el monstruo me consumiera, que aquel repentino y natural impulso me sorprendió. Me costó reprimirlo.

—Cállate. No quiero despertar a mi madre —la chisté mientras volvía a ponerme la camiseta.

—¿Vives con tu madre? ¿Cuántos años tienes? —Entrecerró los ojos y se rió de mí.

—Quinientos. ¿Cuántos tienes tú?

Se quedó un segundo aturdida, perdida en algún lugar de su cabeza. Pero se repuso y respondió como si aquel lapsus no hubiese tenido lugar.

—Más, muchos más.

«¿Más?».

—¿Qué hacemos aquí? —preguntó mientras lo observaba todo.

Los demonios tampoco podían leer la mente.

—Pensé que podríamos negociar mejor aquí, en un lugar más… íntimo. —Me deslicé hasta la mesilla, cogí la cadena y le rodeé el cuello con ella. Ejecutar la secuencia me llevó una milésima de segundo.

—Debí imaginarlo.

—Sabes, pienso que lo imaginaste, pero querías que lo hiciera ya que fuiste tú quien lo sugirió. Querías contar con una excusa para acompañarme que no fuera la bondad de tu corazón.

—Claro que sí —resopló.

—Lo sabía —dije con una sonrisa pícara—. Tengo que dejarte un momento en un sitio.

Tiré de la cadena y la obligué a volver a salir al tejado. La cogí en brazos y de un salto la bajé hasta el jardín trasero de la casa. Luego la até a un árbol.

—Quédate aquí, ¿vale? Tengo que volver a entrar a por algunas… cosas. No sé en qué estado encontraremos a mi amigo Erik si conseguimos hallarlo con vida. Reuniré algo de comida y agua. Además de sangre para mí. No pienso con demasiada lucidez con el estómago vacío.

—De esa confesión deduzco entonces que durante toda nuestra conversación en el cementerio estabas famélico.

Porque todo lo que has ideado, incluyendo la chorrada de ponerme la cadena —y la cogió en las manos para moverla con prepotencia delante de mi cara—, han sido las cosas menos lúcidas que le he oído decir y hacer a nadie nunca…

vivo o muerto. Y no te preocupes por lo que coma yo, ya iré chupando el polvo del suelo para calmar mi estómago.

—Oh vaya, es verdad que coméis.

—Sí. —Movió la cabeza haciendo sonar el metal de la cadena—, como y realizo todas esas funciones fisiológicas incluidas en el ciclo de la vida.

Siento no estar muerta como tú y resultar una molestia cada vez que tenga que hacer pis.

También podrías soltarme y olvidarte de buscar pan y agua para darme.

Vale, estaba cabreada, no podía culparla.

Era muy denigrante que te llevaran atada, de acuerdo.

Pero no podía arriesgarme a que desapareciera.

La necesitaba, necesitaba que aquella misión tuviera éxito y tenía intención de hacer lo que fuera para conseguirlo, aunque ese «lo que fuera» implicara el secuestro.

—Supongo que podré encontrar algo en la despensa para ti también.

—Qué amable. Y qué bien se te da pulir todos los detalles de ser un delincuente.

—Eres muy irónica, ¿no? —le pregunté arqueando las cejas. Resultaba entretenido y también… refrescante.

—Es lo que tiene digerir que un vampiro, que al parecer todavía va al instituto, te secuestre.

—Ante mi gesto de sorpresa, añadió—. Sí, he visto tu mochila, tus libros y el desorden.

O te lo tomas con humor o empiezas a arrancarte la cabeza a mordiscos para liberarte.

Lo he visto en una peli (No era exactamente la cabeza, pero bien podría valer como ejemplo) Sí, antes de que lo preguntes con asombro, veo pelis.

—Sus ojos centelleaban de fastidio—. Anda, vete ya, me quedaré aquí quietecita, como una mascota obediente cuyo amo ha entrado al supermercado a por pan.

—Bien. Buena chica. —Y sin darme cuenta, le guiñé un ojo.

Salté hasta el tejado y entré en casa de nuevo por la ventana de mi habitación.

Vacié la mochila y bajé con ella a la cocina.

Siempre la guardaba en la taquilla del lycée, pero mi madre le había pedido a Sophie que me la trajera a casa por si despertaba en mí deseos de volver a la vida anterior a la muerte de Elías.

Como si eso fuera posible. Sophie había estado muy cariñosa y paciente.

—Siento mucho lo de Elías. Era un gran chico. —Me abrazó. No se sorprendió de lo frío que estaba. Ella también tenía la piel helada, aquella tarde los termómetros habían bajado hasta alcanzar temperaturas polares. Me miró con pesar cuando se separó.

—Gracias —acerté a responder con cortesía—. Era mucho más que un gran chico.

En los armarios de la cocina no había gran cosa, pero encontré algunas galletas y un par de zumos de frutas.

Eso debería bastar. Tampoco sabía el tiempo que tardaríamos en cruzar aquellos niveles infernales y qué obstáculos encontraríamos.

Si se parecía al Infierno descrito por Dante en la Divina Comedia, la cosa pintaba a que tardaríamos una eternidad en cruzar.

De la nevera cogí la jarra de sangre y vacié algo de su contenido en un vaso y bebí.

Necesitaba toda la energía posible. Luego llené una de las botellas de metal que mi madre usaba para llevarse al trabajo con más sangre y dos más con agua.

Tenía muchas de aquellas botellas. Eran prácticas.

Mantenían la sangre fresca y ocultaban su macabro contenido.

Finalmente dejé mi teléfono sobre la encimera.

No quería que mi madre me localizara. Estaba seguro de que me había instalado alguna app de rastreo en el móvil.

Antes de irme me acerqué a su dormitorio y me quedé unos segundos en el umbral de la puerta, observando su apacible descanso inmortal.

Nunca nos habíamos separado. Habíamos estado juntos durante toda nuestra existencia mortal y sobrenatural.

Era mi acólita, mi responsabilidad aunque jugáramos a que yo era la suya.

No sabía si volvería a verla, si me perdonaría el que no la incluyera en mis planes.

Pero no podía condenarla al Infierno. Ella merecía la existencia que habíamos construido.

Su trabajo, sus amigos, hasta Gary. Sin mí podría alargar más su estancia en Bourg.

Sería menos sospechoso. Nadie se sorprendía cuando las mujeres con la belleza de mi madre mantenían su apariencia lozana durante mucho tiempo. C'est la vie.

Me despedí de ella en un solemne silencio.

Me habría gustado dejarle un beso en la frente, pero siendo una vampiresa, bastante extraño resultaba ya que no se hubiese despertado para impedirme hacer una tontería del tamaño de la que estaba a punto de hacer.

Pero en mi mente le dije lo mucho que la quería.

Ya en el jardín, desaté al demonio y le ordené ponerse en marcha. Su humor no había mejorado.

—Andando.

—Creo que en mi larga vida esto es lo más humillante que me ha pasado. Confírmamelo por si estoy en un error: ¿Vas a arrastrarme por todo el Infierno como si fuera un jodido rottweiler?

—Sí, esa es la idea.

Resopló.

Volví a quedarme en cueros de cintura para arriba y a guardarme la camiseta en el bolsillo trasero de los vaqueros. La envolví en un abrazo y salimos volando, esta vez sin pirueta.



—¿La puerta del Infierno está en un McDonald´s? ¿Me estás tomando el pelo?

Estábamos delante de uno de los restaurantes de la famosa cadena de comida rápida en la rue de Rivoli, de nuevo en la ciudad de París.

—No, es que tenía hambre —me respondió con su tono irónico—. Sí. ¿Por qué lo ves extraño? Ahí es donde más almas se condenan por el pecado de gula. ¿Qué mejor lugar para colocar una de las muchas puertas que hay al Infierno?

—Si alguien lo descubriera sería una publicidad muy negativa para el negocio.

—Qué va, si se supiera que aquí hay una puerta al Infierno se llenaría de turistas. ¿Puedes pasarme el brazo por el cuello en plan «colegueo»?

—¿Por qué? —La miré sin comprender.

—¿Tú qué crees? —Puso los ojos en blanco. Luego dividió su melena en dos mechones gruesos y se los echó hacia delante cubriendo ambos pechos… y la cadena.

—Ah, claro. Entiendo.

Le pasé el brazo por su cuello desnudo. Era cálida.

—Qué frío estás. —Tembló con un repentino escalofrío.

—Cosas de muerto. Pero no te quejes, el frío es bueno para la tensión del cuello y tú estás muy tensa.

—No sé por qué será.

Entramos simulando ser una pareja relajada y bien avenida, y nos dirigimos al fondo del local, a la zona donde estaban los servicios. El sitio estaba vacío. A pesar de que abría las veinticuatro horas, ¿a quién le apetecería comer hamburguesa a las dos de la madrugada?

—Bellatrix, ¿vas a entrar? —Un chico con aspecto enfermizo, enfundado en un uniforme de la cadena, saludó al demonio desde detrás del mostrador.

—Sí. Voy a acompañar a este a recoger una… cosilla.

—Vale, tía. Suerte.

Y seguimos avanzando hasta una puerta con el letrero «privado» cincelado en la oscura madera.

—No me habías dicho que te llamabas Bellatrix.

—No quería que me cogieras cariño si me ponías nombre. Es lo que aconsejan cuando acoges a un animalito al que no piensas quedarte. Además, no me lo preguntaste, estabas muy ocupado secuestrándome para arrastrarme contigo en este insensato y absurdo plan.

Esta vez no pude evitar reírme. Bellatrix estaba resultando ser muy, pero que muy mordaz y eso me gustaba. El sonido de mi risa me resultó ajeno. Había olvidado cómo sonaba después de un mes silenciada por la rabia y la autocompasión.

Después de que ella introdujera una combinación numérica en un teclado que había junto a la puerta, esta se abrió a un almacén en penumbra. Entramos dejando que la puerta se cerrara detrás de nosotros. Estábamos completamente a oscuras, pero ambos podíamos ver con claridad.

—Ahora es cuando me besas —me dijo mirándome, poniendo morritos y pestañeando muy deprisa.

—Muy graciosa. Más quisieras. —Seguí la broma, dejándome contagiar. Hacía que fuera fácil dejarse llevar por su humor.

—Había que intentarlo. —Y se encogió de hombros.

Imaginé que seguía bromeando—. Ahora empieza lo bueno.

Te explicaré rápido el primer nivel: la Región de la Espera.

Ahí es donde se erige el palacio de Noche, donde llegan las almas condenadas de todos los muertos.

Es como la recepción de un hotel. Verás demonios por todas partes.

Pon cara de cachorrillo perdido y asustado.

Entonces empezó a desajustarme la ropa y a revolverme el pelo.

—¿Qué haces?

—Poniéndote decente para que parezcas un muerto de verdad.

Y encorva los hombros, lejos de parecer un condenado, pareces un puto príncipe del Infierno.

Te van a pillar enseguida si no bajas el perfil y cambias esa actitud de vampiro todopoderoso.

—Y se me quedó mirando unos segundos más de lo necesario.

—¿Qué? —quise saber intrigado. En cualquier caso si parecía todopoderoso no era yo, era el monstruo.

—No funcionará, estás demasiado bueno. —Rompió el contacto y negó también con la cabeza. Cuando lo hizo su pelo se movió como una brillante cascada.

—¿Los tíos buenos no se mueren? —le pregunté levantando una ceja, con un asomo de risa en la voz.

—No te enteras de nada.

Se apartó, dejándome por imposible, y se acercó a la pared que estaba a nuestra derecha, detrás de un montón de cajas que olían a pan. Puso la palma de la mano sobre su superficie y una puerta surgió de la nada.