Lucien y los siete Infiernos -14-
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Un encuentro inesperado

Un mes después de perderlos.

Un mes de mierda en el que me vi obligado a dar infinidad de explicaciones.

Explicaciones sobre mi huida de comisaría cuando me encontraba bajo arresto.

Explicaciones de qué había pasado exactamente en aquel lapso de tiempo en el que dos agentes de policía y un civil habían sido neutralizados por una pistola táser.

El policía que había disparado confesó que lo había hecho por error.

Pero aquel incidente tenía demasiados cabos sueltos, como el de dónde había ido a parar la bala que faltaba en la pistola reglamentaria de uno de los agentes.

Las declaraciones contradictorias de los testigos no ayudaron, aunque sí el vídeo que circuló por las redes con las imágenes de una buena parte del incidente, entre las que, por fortuna, no estaba el instante en que recibí el disparo en el hombro.

El chico se había entretenido grabando a Gary, que era sin duda el punto más cómico y el que generaría más likes.

Finalmente se le abrió una investigación y, tras una evaluación psiquiátrica, se determinó que el agente había sufrido un episodio de perturbación mental transitoria y se le condenó a dos meses de inhabilitación.

Se le recomendó acudir a terapia. Lo sentí, pero al menos me consolé de esa culpa pensando que le iría bien aquella ayuda para superar los recuerdos traumáticos que encontré en su cabeza.

Me interrogaron sobre Elías. Mi relación con él. Me amenazaron con el término «obstrucción a la justicia» si sabía algo y deliberadamente lo ocultaba.

—Había dos cadáveres en esa casa, señor Lacroix.

Uno de ellos era su mejor amigo. ¿Quiere que me crea que no sabe nada?

—Estaba sentado en una sala de la comisaría a puerta cerrada.

El propio comisario Duboiselle era quien me hacía las preguntas.

Rondaba los cincuenta años. Tenía poco pelo y mucha mala leche—.

Usted pidió a dos agentes que fueran a comprobar si estaba bien porque, según sus palabras textuales, «tenía problemas». —Golpeó la mesa con violencia.

Me lo esperaba y aun así me sobresalté. En los interrogatorios, el policía que hace las preguntas al sospechoso hace siempre eso para intimidar.

—Ya les he dicho que me escribió un mensaje pidiéndome que fuera a verlo y me resultó extraño porque no solía escribirme por las tardes.

Era su tiempo de juego. Como usted ha dicho, era mi mejor amigo, solo quería que alguien comprobara que estaba bien.

Habría ido yo mismo pero ustedes decidieron detenerme.

—No se haga el listillo.

No respondí. Esperé obediente, ahogándome en el sufrimiento de lo que había pasado, a que se cansara y me dejara ir. Finalmente lo hizo, dándome la orden que ya conocía.

—No abandone el pueblo.

La tragedia podría haber sido mayor. Podrían haber encontrado cinco cadáveres en aquella casa en lugar de dos.

El azar quiso que no fuera así. Las tres mujeres de la familia habían sobrevivido gracias a la afición de la abuela por el juego.

La madre de Elías había ido a recogerla en el Renault Mégane del 2001 de la familia al centro cívico donde tenían aquel bingo junto a otras actividades lúdicas, minutos antes de que el Señor de las Sombras se presentara.

Lynette había insistido en acompañarla. Debería haber sido cosa de veinte minutos, pero la anciana se había negado a marcharse.

Estaba convencida de que aquella noche tendría suerte.

Lynette también encontró algunas amigas con las que jugar, y secundó de buen grado la propuesta de quedarse.

Y allí permanecieron a salvo hasta que un agente llamó al teléfono móvil de la madre de Elías para notificarle la desgracia acontecida.

Así que, aunque estaba demasiado relacionado con todos los crímenes, la falta de pruebas concluyentes en el caso de la familia Gautie, y que se certificó la hora de la muerte del padre de Elías, en el momento en el que yo era detenido en la puerta de mi casa, me libraron de cargar con los crímenes.

La ilusión de que siendo vampiros podíamos tener una vida normal había desaparecido de un plumazo. La violencia que habíamos evitado ejercer, que nos habíamos negado a ejercer, finalmente nos había encontrado a nosotros.

El monstruo dentro de mí no me abandonaba. Luchaba cada día contra él, convertido en rabia y desesperación. Estaba en un bucle de autodestrucción, rememorando una y otra vez aquellos minutos que en tuve sus vidas en mis manos, en que pude haber salvado al menos a uno de ellos, y no lo hice.

No pude volver a mirar a la cara a Carl ni a Robert, ni siquiera a mi madre; sus expresiones de lástima me hacían sentir todavía peor.

No quería que me exculparan, sabía bien que era el responsable.

Erik había venido a mí pidiendo que lo protegiera y fallé.

Y Elías… Elías solo quería ser mi amigo, y ni siquiera eso hice bien.

La madrugada empezó a ser la hora perfecta para mí. Podía salir a hurtadillas de casa y vagar por aquellos lugares a los que nunca me había aventurado y a los que me traían recuerdos. Buscaba algo, aunque no sabía el qué, impulsado por la negativa a aceptar que no era posible reparar el daño.

Dejé de ir al Lycée. Mi madre de vez en cuando me miraba y ponía cara de querer sermonearme, pero no lo hacía, y lo valoraba, porque no estaba para aguantar chorradas de instituto.

No podría haberme enfrentado a aquel edificio.

A la ausencia de Elías. No habría podido digerir la condescendencia y la lástima de los que allí sabían que Elías era mi mejor amigo y que lo había perdido, que estaba solo.

Una noche, en cuclillas sobre el tejado de un edificio, recuerdo de mi otra vida, observé a dos chicos que paseaban juntos. En un momento dado, se detuvieron y se besaron. Se me revolvió el estómago de hambre, porque pensar en Erik despertaba al monstruo con más virulencia.

De repente, una sombra cruzó cerca de ellos.

¿Qué había sido eso?

Salté del tejado y la seguí por las calles. Se movía con una velocidad propia de una criatura sobrenatural. Tuve que esforzarme mucho para no perderla de vista en los callejones más estrechos. Pasaron algunos minutos más de carrera hasta que por fin se detuvo en el interior de un cementerio.

Caminé entre las tumbas.

—¡¿Dónde estás?! ¡Déjate ver! —le grité a la oscuridad. El dolor y la ira me desprendían de la capa de cautela que había mantenido en otra época. Ya no me importaba que los míos supieran dónde encontrarme.

—Vampiro. —Con la voz apareció la chica, salió de detrás de las lápidas.

No era una vampira, por lo que solo me quedaba la opción de un demonio.

Parecía no tener más de veinte años. Iba vestida de manera sencilla, con unos vaqueros y un suéter verde.

Su piel tenía un bonito tono dorado, como si hubiera estado tomando mucho el sol.

Nada común en los suyos, cuya palidez suele rivalizar con la nuestra.

Llevaba el pelo suelto y le caía en largas ondas de color castaño.

Sus ojos verdes felinos brillaron en la oscuridad que nos envolvía. Pensé que su belleza era deslumbrante.

Mientras yo la evaluaba, ella hacía lo mismo conmigo.

—Demonio —respondí a mi vez—. Y prefiero que me llamen Lucien. Gracias.

—Lo que tú digas. ¿Por qué me sigues? ¿Qué quieres? No me interesa tener problemas con los vampiros.

—Busco información sobre el Rey del Infierno, ese que se hace llamar Noche, Señor de las Sombras.

Un gesto de sorpresa cruzó su expresión.

—¿Qué quieres saber sobre él? Es peligroso incluso para ti —me advirtió.

«¿En serio?». «Dime algo que no sepa».

—De lo peligroso que sea, ya me preocupo yo. Hace un mes se llevó a alguien importante para mí, y busco venganza.

—Déjame que lo adivine: joven, inocente, hermoso —enumeró ladeando la cabeza.

—Sí, ¿cómo sabes eso? —Un rayo de algo parecido a la esperanza me golpeó sin previo aviso, abriéndose paso entre la desolación que me llenaba por completo.

—Porque es el perfil de las piezas de su colección.

Créeme, su colección es legendaria. Lleva con esa práctica mucho tiempo.

Lo curioso es que enseguida se cansa de ellos y los abandona en la Región del Olvido, el último nivel del Infierno.

¿Un mes dices? A estas alturas ya habrá muerto, aunque depende de su fortaleza y de lo que esté dispuesto a hacer para sobrevivir.

No conozco esa región; solo Noche sabe lo que se oculta en sus profundidades.

—Espera, ¿estás diciendo que cabe la posibilidad de que esté vivo? —la interrumpí—. Tú eres un demonio, debes conocer la forma de entrar al Infierno, y pareces saber bastante sobre ese pirado y sus prácticas depravadas.

La esperanza era para entonces un agujero negro que me tragaba y del que no quería escapar.

—Sí, como los demonios y los muertos puedo entrar en el Infierno.

Una idea empezó a gestarse en mi mente. Una descabellada, loca y maravillosa idea.

Yo estaba muerto; eso significaba que también podía entrar y rescatar a Erik.

Un subidón de adrenalina cambió mis ojos de gris a negro, encendiéndolos como brasas.

Podía salvarlo, podía regresar a ese instante en que los tuve delante de mí, y podía cambiar el destino. Podía salvar a uno.

—¿Yo podría colarme si me dijeras dónde está la entrada?

—¿Tú? ¿Estás loco o es que acaso eres un suicida? Tu condición de vampiro te permitiría entrar, pero sabes bien que tu alma está condenada, no podrías volver a salir.

—Pero ¿tendría la posibilidad de sacar a alguien de la Región del Olvido aunque yo tuviera que quedarme? A ese chico del que te hablo.

Se quedó pensativa unos instantes, supuse que estudiando lo descabellada y tremendamente temeraria que era mi propuesta, y que para mí la hacía perfecta.

—Eso no se ha hecho nunca. No puede decirse con seguridad que no se pueda.

—Parecía debatir consigo misma. Caminó un poco jugando con su pelo—.

Tendrías que conducirlo por los siete niveles de profundidad del Infierno, a los que anteriormente deberías haber sobrevivido tú.

—Se detuvo y me miró. Parpadeó y volvió a caminar de un lado a otro—.

La Región del Olvido es el nivel más profundo.

Y si lo consigues, si lo encuentras, tendríais que llegar a la puerta de nuevo sin que los vigilantes de Noche os pillen.

Y en el caso de que los despistéis, él saldría, pero te vuelvo a advertir, y no es una advertencia vana, en tu caso —volvió a mirarme con la intensidad brillando en sus ojos e hizo mucho énfasis en ello—, si entras en el Infierno no podrás salir.

Pero yo tenía algo en mente.

—Podría hacerlo si matara a Noche.

Era la euforia del descubrimiento la que hablaba por mí.

Sabía que cruzar todo el Infierno en un viaje de ida y vuelta, y matar a aquel cabrón de Noche en su propio reino, eran grandes pretensiones.

Pero esa misma euforia no me dejaba ver más allá de la ilusión de rescatar a Erik, y dotaba a la idea unas posibilidades de éxito que no tenía.

La esperanza, la ilusión de encontrarlo apagaban todo rastro de prudencia dentro de mí.

Y además… el monstruo estaba como loco por ir.

—¿Estás delirando? A Noche no se le puede matar y menos en el Infierno.

«Ya, lo que había pensado».

Pero yo estaba imparable. Para mí no había retorno.

—Por eso no esperará un ataque. ¡Es perfecto! —continué diciendo estupideces, embriagado de aquel júbilo suicida.

—Has perdido la cabeza. Me marcho. No quiero que alguien escuche esta conversación y me metas en un problema.

Y se dispuso a desaparecer de nuevo en la oscuridad. Pero ya nada me detendría. Salté con toda mi fuerza vampírica y la retuve contra una lápida antes de que tuviera tiempo de desaparecer.

—No tan deprisa, no pienso ir solo al Infierno. Tú, señorita demonio, te vienes conmigo.