Lucien y los siete Infiernos Elías
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Elías

Cerré los ojos y liberé al monstruo, que ronroneó de placer.

La casa estaba a oscuras y emanaba un potente olor metálico, lo que indicaba que debía de haber una cantidad de hemoglobina fuera de un cuerpo suficiente para que aquellos dos policías hubiesen podido percibir el olor a hierro desde el exterior sin poseer un olfato extraordinario.

Definitivamente se había cumplido aquella premonición que sentí ante la puerta del lycée el primer día de clase, y también lo que le había dicho al director: el año iba camino de convertirse en algo más que un año de mierda, y Luc había acabado todo lo mal que se podía acabar: muerto dos veces.

Parecía que habían pasado meses en lugar de días, tal era la intensidad de los acontecimientos y el desgaste que sentía.

Accedí al interior por la azotea, como había hecho en la casa de la familia Gautie.

Aunque la calle estaba atestada de casas y algunos edificios aún tenían ventanas encendidas, la noche era especialmente oscura, bañada solo por la tenue luz de un par de farolas que parpadeaban y una luna menguante, opacada por las nubes que cubrían el cielo.

Suficiente para ocultar mi aparatoso aterrizaje.

Dentro reinaba un silencio desagradable, roto por un goteo rítmico e insistente del que desconocía su procedencia.

Al final de las escaleras que bajaban del tejado, la casa se abrió ante mí.

Recuerdo que me pareció muy pequeña para que vivieran en ella cinco personas.

El pasillo donde me encontraba no era ni largo ni ancho, con tres puertas a cada lado.

La primera que dejé atrás pertenecía al baño.

Se veía desordenado. Vivo. A rebosar de frascos y potingues.

Toallas húmedas colgaban de todas partes y había pegotes de pasta de dientes de color azul sobre la superficie del lavamanos.

La siguiente habitación debía ser el dormitorio que compartían Lynette y su abuela, porque había dos camas, muchos juguetes y un intenso olor a parafina y eucalipto.

Poco a poco me iba acercando a la fuente del goteo y del hedor.

Pisaba despacio, atento a cualquier otro sonido que se filtrase a mis sentidos, pero no percibía nada más.

Así que seguí revisando las habitaciones.

La siguiente era la de Elías. Su mochila estaba allí, sobre una cama perfectamente hecha.

Había un escritorio con un ordenador portátil y algunos libros de terror apilados formando una torre, y una estantería con algunas figuras de acción de superhéroes y otros personajes que no reconocí.

Pósteres de esos videojuegos que tanto le gustaban empapelaban las paredes.

Su inconfundible y entrañable olor inundaba todo aquel espacio.

De repente sentí remordimientos. Nunca había estado en aquella habitación, ni en aquella casa.

Hacía cuatro años que era amigo de Elías y ni siquiera había estado en una de sus fiestas de cumpleaños, esas a las que siempre me invitaba y a las que fingía no importarle que no acudiese.

Allí mismo prometí que si salía ileso de aquello, nunca más me perdería una.

Un par de pasos más y el olor se volvió insoportable: metálico y dulce. Venía de la siguiente estancia: la cocina.

Y allí el horror me golpeó.

El padre de Elías estaba atado a la lámpara del techo.

Su cabeza colgaba hacia el lado izquierdo.

Tenía la garganta abierta en dos tajos profundos.

Su sangre se deslizaba por el brazo desnudo hasta los dedos, y desde allí caía en gruesas gotas alimentando un denso charco sobre las baldosas del suelo.

Tenía prendido en su camiseta blanca de tirantes un cartel que decía: SIGUE BUSCANDO.

En la encimera había dos platos con huevos revueltos y tostadas que se habían quedado frías.

«Maldito cabrón».

Solo me quedaba una habitación por inspeccionar, el dormitorio principal. Salí de la cocina con mi alma condenada en los pies. Angustiado por la evidencia de que si Elías seguía vivo, estaba en una cuerda muy floja.

Por fortuna, la pestilencia de la muerte se quedó en la cocina. El dormitorio principal estaba vacío. No había rastro de los demás miembros de la familia, ni otro rastro de sangre.

Solo quedaba un sitio en la casa donde podía esconderse aquel monstruo: el sótano, la guarida gamer de Elías.

Cuando me dirigía allí, tan sigiloso como un gato, la puerta de entrada de la casa se abrió de una patada. Y el sigilo se fue a la mierda.

—Joder, eres un animal. Si Noche sigue aquí, hemos perdido el puto factor sorpresa.

—Soy un lobo, ¿qué querías que hiciera? —se excusó Carl, el pelirrojo, encogiéndose de hombros.

Erik, Robert y mi madre venían tras él. Les conté de manera atropellada lo que sabía.

—Solo he hallado un cadáver, el del padre de Elías. —Todos desviaron la mirada—. Hay que bajar al sótano. Si tiene retenido a Elías… y a alguien más, será ahí abajo.

Mi madre se quedó en la puerta. Sus pies pegados a una alfombra de pelo grueso que decía: CUIDADO CON EL PERRO.

Elías no tenía perro. Su mascota era un gato callejero que de vez en cuando pasaba por allí, se dejaba acariciar y volvía a la libertad.

Su mirada suplicante me pidió que tuviera cuidado.

La leona dejando que el cachorro saliera a cazar sin ella.

Ya no tenía caso la prudencia, así que bajamos sin miramientos. El Señor de las Sombras sabía que estábamos allí y que íbamos a por él.

Cada rincón del sótano estaba iluminado por las luces que emitía la pantalla del ordenador.

Una partida en pausa esperaba a su jugador.

Lo localizamos al fondo de la habitación.

Su cuerpo estaba adherido a la pared de cemento, suspendido a unos centímetros del suelo. Inmóvil, con los ojos desorbitados.

—Elías —le llamé.

Intentó decir algo, pero sus labios no se abrieron, siguieron formando aquella línea tan delgada que los hacía desaparecer. Su cara era la viva expresión del terror más espantoso.

Y era mi culpa.

Y todo lo que pasó a continuación también fue mi culpa.

De pronto la pared cambió, se volvió cemento líquido y una mano salió de ella.

El movimiento fue tan rápido y tan inesperado que consiguió fácilmente su objetivo.

Elías era esta vez la distracción. Una garra al final de aquel largo brazo se clavó y se cerró sobre el costado de Erik, arrastrándolo hacia la pared, que en aquel momento era nítidamente un portal al Infierno.

Ardientes montañas escarpadas se dibujaban, brillantes y férreas, detrás del monstruo.

Mi propio monstruo rugió. Pude saborear su anhelo por correr hasta allí, por unirse al mal.

Somos la muerte, me recordó. Nosotros somos la muerte.

Lo silencié, no tenía tiempo para sentir atracciones chungas hacia aquel espantoso lugar, porque ahora Erik también era un prisionero.

Su rictus era de dolor. Las uñas del monstruo dentro de su carne apretaban y se hundían.

La sangre chorreaba por sus pantalones y empapaba el bajo de su camiseta.

Los padres de Erik gruñeron detrás de mí, se habían transformado en enormes lobos.

Los miré suplicándoles calma. Cualquier movimiento en falso podía hacer que el portal se cerrara engulléndolos a ambos, y aquel depravado se los llevaría a un lugar del que no podríamos sacarlos.

Entonces Noche sonrió con una mueca retorcida, chasqueó la lengua negando con la cabeza y habló:

—Has tardado mucho. Pero te perdono porque sé que eres un vampiro bastante inútil, y yo sigo teniendo ganas de jugar.

—Mientras hablaba seguía apretando y apretando la herida abierta de Erik.

El sudor se deslizaba por sus sienes. Su sufrimiento no menguaba.

No había espacio para su don de regeneración, porque aquel desgraciado no cesaba de rasgar su carne sin descanso.

A Elías lo tenía sujeto por la nuca. No parecía herido, solo en shock por el terror—.

El juego es sencillo. Solo tienes que elegir a uno de los dos.

Elige a quién salvas: al patético humano que se ha hecho pis encima, o al lobo con el que huelo que has estado retozando.

—Volvió a chasquear la lengua—. Qué poco autocontrol.

Pensé que lo había subestimado, que su mente era mucho más retorcida de lo que había calculado. Me devané los sesos buscando una solución alternativa a aquella mierda de juego macabro, y no encontré ninguna. Y el recuerdo de no haber estado a la altura jamás me permitirá existir en paz.

—¿Y si no elijo a ninguno? —Opté por ganar tiempo—. ¿Tenemos una tercera opción o solo te ha dado tiempo a pensar en dos?

—¿Tú qué crees, Lucien? —Sonrió enseñando sus dientes blancos—. ¿Otra vez jugando a tu propio juego de ganar tiempo?

Podría haber corrido como un kamikaze hacia el portal y empujado al monstruo dentro conmigo. Pero los habría arrastrado inevitablemente al mismo destino.

Miré a Erik. Me sonrió y asintió, eligiendo por mí. Sentí que el aire que no necesitaba, se me escapaba de los pulmones.

—¿Como sé que cumplirás la promesa de soltar al que elija? ¿Como sé que no te los llevarás a los dos?

—¿No crees que, si fuera esa mi intención, ya lo habría hecho? —Estaba cabreándose, víctima de la impaciencia de saberse vencedor y tener que retrasar la celebración de su triunfo.

—Hazlo —me pidió Erik con la voz rota de dolor.

Maldito fuera.

No quería hacer aquello.

No podía hacer otra cosa que aquello.

—Elías —pronuncié y se me desgarró el corazón muerto.

—¡No! —Los padres de Erik aullaron y salieron despedidos en un intento inútil de evitar lo que ya había pasado, el portal se había cerrado en apenas una exhalación, y Erik y el Señor de las Sombras habían desaparecido por él.

El cuerpo de Elías cayó al suelo y solté un grito desde el fondo del pecho que retumbó en toda la casa haciendo vibrar las paredes y cada objeto y mueble que había en ella.

Aquel hijo de puta le había roto el cuello.