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La cárcel. Una salida
Si hubiese querido, habría podido salir de aquella celda en apenas unos segundos.
Podría haber derribado la pared detrás de mí, o arrancado aquellos ridículos barrotes y escapado por la puerta, aunque hubiese tenido que dejar un reguero de cadáveres en el camino hasta la salida.
No obstante, cualquiera de aquellas dos opciones solo habría empeorado las cosas.
Tener a la policía encima no habría servido más que para añadir nuevos problemas a la maraña en la que ya estábamos enterrados.
Tenía que resolver aquello por la vía pacífica y…
«legal». Únicamente podía, pues, echar mano de un recurso.
Odiaba verme obligado a hacerlo, pero Elías confiaba en mí.
Y si mis sospechas eran ciertas, el tiempo se le acababa.
Por fortuna, la celda estaba vacía a excepción de mí. En Bourg no abundaban los delincuentes.
Golpeé los barrotes para llamar la atención y grité pidiendo que viniera alguien.
Pasados un par de minutos, apareció uno de los policías que me había detenido en la puerta de mi casa. Eran más de las once de la noche según el reloj que colgaba frente a la celda. Fuera, volvía a llover; el olor de la vegetación húmeda era uno de mis olores favoritos.
El policía se acercó a los barrotes. Se le veía cansado. Estaba ojeroso y llevaba la camisa del uniforme manchada de grasa. Atufaba a cebolla frita.
—¿Qué pasa? ¿Quieres hablar con tu abogado? El de oficio está de camino pero tardará en llegar—me preguntó.
Me miró.
Me llevó solo un instante notar el cambio, ver cómo perdía la voluntad y la materia gris de su cerebro pasaba a ser mía.
Desde su mente me llegaron fogonazos de su vida.
Era otra de las cosas que me desagradaban de aquel don y que me parecía totalmente reprobable: la violación de la intimidad.
No siempre ocurría, y no siempre podía controlarlo.
Vi a una mujer marchándose con una maleta y una niña rubia con coletas.
A un niño pequeño jugando con una pistola.
A un hombre mayor pegándose un tiro con esa misma pistola.
Me costó un momento recomponerme de aquella última fotografía mental.
—Abre la celda y sácame de aquí —le ordené.
Se alejó y desapareció unos minutos. Cuando regresó lo hizo con la llave.
Abrió la puerta obediente y abandonamos la zona de los calabozos.
Avanzamos por un pasillo en el que había varias puertas cerradas.
Junto a algunas colgaban letreros: Comisario Duboiselle, Sala de interrogatorios, Baños, y otras sin nada que indicara lo que se ocultaba tras ellas.
La comisaría era pequeña. En la entrada había un espacio con unas cuantas sillas pegadas a la pared para que la gente se sentara a esperar su turno, y dos mesas para las diligencias propias de una comisaría de pueblo.
Había dos policías ocupándolas. Uno de ellos era el que me había leído mis derechos.
Era bajito y tenía el torso con fuertes músculos que le daban la forma de un croissant.
También fue el que se levantó al vernos.
Su compañero era el del bigote a lo Freddie Mercury que me había arrancado un pelo aquella misma mañana, pero ni siquiera se percató de nuestra presencia, o no le interesamos como para molestarse en mirarnos.
Supuse que estaría agotado por tener que hacer doble turno dada la magnitud del asesinato ocurrido en aquel tranquilo pueblo donde nunca pasaba nada.
Además estaba muy ocupado tratando de consolar a la anciana que tenía sentada enfrente y que lloraba desconsolada porque le habían robado el bolso.
No vi a mi madre por ningún sitio. Las sillas estaban ocupadas por un sintecho que parecía a punto de vomitar el último cartón de vino que se había bebido, y por un hombre joven que no levantaba la cabeza de su móvil.
—¿Qué haces con este aquí? —le preguntó, deteniéndonos cuando ya teníamos la puerta de salida a solo unos pasos.
Traté de captar su mirada, de manipularlo antes de que todo aquel plan de huida se desmoronara, pero estaba demasiado ocupado observando a su compañero, preocupado por lo grogui que se le veía.
—Pero ¿qué es lo que te pasa?
El del olor a cebolla frita siguió mirando fijamente la nada, como si estuviera sordo. Y de hecho lo estaba, en aquel momento solo escuchaba mi voz.
—¿Qué le has hecho? —Me miró con actitud beligerante. Se estaba poniendo nervioso.
Se llevó la mano a la pistola.
Estaba a punto de conseguir hacerme con su voluntad cuando pasó algo de lo más absurdo e inoportuno.
Mi madre entró por la puerta acompañada de Gary.
Solo que no era el Gary de siempre, parecía que venía de una fiesta de disfraces.
Llevaba un traje de color azul perlado de los sesenta, con camisa blanca de chorreras que le quedaba pequeño, como si se hubiese puesto la ropa que había llevado con dieciséis años a su fiesta de graduación.
—Señores agentes —se dirigió a los dos policías. El que estaba a punto de pegarme un tiro se giró, interrumpiendo el contacto antes de que terminara de hacerme con él y resolver aquello limpiamente.
—¿Quién es usted? —le preguntó a Gary.
—Soy Charles Clemount, el abogado del chico —mintió y extendió una mano que el policía ignoró.
Miré a mi madre. Estaba seguro de que tenía la expresión enloquecida. Ella se encogió de hombros, disculpándose en silencio por aquel recurso desesperado.
Entré en pánico. No sabía qué pretendía.
—Señor Clemount, el chico será interrogado mañana a las nueve. Puede venir media hora antes para hablar con él. Ahora tengo que volver a meterlo en la celda.
—¡No puede hacer eso! —gritó Gary exagerando su dicción—. ¡Exijo el sobreseimiento del caso y la liberación inmediata de mi cliente!
—Esto no es un juzgado, señor Clemount. ¿Está borracho? —El policía se detuvo y escrutó a Gary entrecerrando los ojos—. Espere, yo le conozco.
Y tanto. Gary vivía en el pueblo, de hecho fue él quien nos habló de Bourg. ¿Y quién, una vez visto a Gary no lo recordaría?
Sobresaltado, siguió gritando a pleno pulmón, enseñando aquellas dos filas de dientes apiñados.
—¡Injurias y calumnias! ¡Lo demandaré por injurias y calumnias y ningún juez podrá librarlo de la multa! ¡Le suspenderán de empleo y sueldo! ¡Acabará en la unidad de adiestramiento canino en los suburbios buscando drogas en la entrepierna de los usuarios del bus!
La vergüenza se me subió tanto a la cabeza que creí que me estallaría. El policía llamó a su compañero.
—Eh, Vic, ¿puedes venir aquí un momento?
Y tanto que venía. Alarmado por los gritos de Gary, había dejado a la anciana limpiándose las lágrimas con el chal que llevaba sobre los hombros, y había sacado una pistola táser del cajón de su escritorio.
—¿Qué pasa aquí? Está usted alterando el orden público.
Gary vio la pistola y se achantó. Rápidamente comenzó a balbucear una disculpa.
Entonces se me ocurrió una idea desesperada para escapar. El tiempo corría en contra de Elías. Habían pasado dos horas desde que me había enviado aquel mensaje.
En un tono de voz casi imperceptible, di una nueva orden a mi rehén.
—Quítale la táser y dispárales.
Y entonces tuvieron lugar los tres minutos de locura más surrealistas que había vivido jamás.
El policía agarró la muñeca de su compañero para quitarle la táser.
Hubo un forcejeo y la pistola se disparó dándole a Gary en el pecho.
Gary cayó al suelo retorciéndose entre espasmos.
Pero en la caída se había agarrado a los pantalones del policía con olor a cebolla y se los había bajado hasta los tobillos.
Llevaba unos calzoncillos de Bob Esponja.
Como estaba hipnotizado no le importó ni interrumpió la ejecución de mi orden y disparó contra el policía llamado Vic.
Y luego contra el musculoso croissant, que había tenido unos segundos para desenfundar su pistola reglamentaria y dispararla contra mí.
Fue un disparo accidental pero me atravesó el hombro izquierdo antes de que cayera derribado por la descarga eléctrica.
La anciana salió corriendo, algo insólito en una mujer de su edad. El sintecho finalmente vomitó, y el chico se dedicó a grabarlo todo con su móvil, con una imperturbabilidad que me dejó alucinado.
Mi madre y yo salimos de allí pitando.
Ya en la calle, con la herida del hombro casi convertida en un simple arañazo, la miré con gesto severo.
—¿Gary? ¿En serio, mamá?
—Lo siento, no sabía qué otra cosa hacer. No sabía que Gary aparecería con esas pintas, y que se haría pasar por abogado él mismo. —Parecía arrepentida pero le brillaban los ojos de diversión.
—Mamá. —Torcí el gesto.
—No podía llamar a un abogado de verdad. Se habría dado cuenta enseguida de que nuestros documentos de identidad —se detuvo, miró alrededor y susurró— son falsos.
—¿Y la poli no?
—Los policías son como son. —Hizo una medida bastante corta con el índice y el pulgar.
Y Gary era como era, pero me abstuve de seguir con reproches. La situación la había puesto en una encrucijada y ella había tirado de comodín. Así que la abracé y la arrullé con un «gracias».
Había que seguir adelante, así que cuando comprobé que la zona estaba despejada, saqué las alas.
—Nosotros iremos por carretera —me aseguró sin que hiciera falta que se lo pidiera.
Asentí y me elevé. Una vez arriba, me detuve a la altura de la copa de los árboles. Dos policías, que acababan de llegar, mantenían una conversación junto al coche patrulla que llamó mi atención.
—Deberíamos haber derribado la puerta y ya está.
—¿Sin una orden? ¿Estás loco?
—¿Y si el chico dijo la verdad y su amigo estaba en problemas? Puede que alguien lo tuviera retenido y por eso no nos abrió la puerta. Y no puedes ignorar lo del olor. Olía a sangre.
No me quedé a escuchar nada más y salí disparado.