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Complicaciones
Una vez a salvo en casa, decidimos que urgía analizar la situación, pero como los padres de Erik se limitaron a echarle una bronca épica, al final no pudo considerarse un análisis como tal.
—¿Cómo se te pudo ocurrir mentirnos? ¿Creías que podrías esquivar a semejante enemigo tú solo? Estamos hablando del Señor de las Sombras, Erik, por el amor de Dios.
Me sorprendió que todo el mundo pareciera conocer a ese tipo menos yo. En mi búsqueda de anonimato había vivido tan ignorante del submundo como el submundo de mí.
—En defensa de Erik, diré que al menos tuvo la lucidez de venir a buscar mi protección.
Ya es algo. —Las severas miradas, que me dirigieron ambos papás lobo, me hicieron recular y replantearme en qué bando me convenía estar.
Así que añadí—: Pero sí, hizo mal. Espero que hayas aprendido que la mentira tiene las patas muy cortas, Erik.
Mi madre, que nunca podía estar callada más de dos minutos seguidos, echó mano de su pragmatismo de «supermamá» y gritó desde la cocina:
—No os torturéis. La adolescencia es un estado de idiotez permanente. Poco más podemos hacer los padres que tratar de adivinar las estupideces que van a cometer nuestros hijos antes de que las cometan, o estar ahí para salvarles el culo cuando ya han metido la pata hasta el fondo.
Ella no había podido entrar para unirse a la lucha.
Era una vampira convertida, por lo que necesitaba que alguien que vivía allí la invitara a entrar, pero como no quedaba nadie con vida en la casa para ocuparse de aquel trámite, se había visto obligada a permanecer en el umbral de la puerta, quejándose de la estupidez de los hijos en general y de la mía en particular.
—Pues sí. —Carl o Robert, en aquel momento aún no tenía idea de quién era quién, asintió con vehemencia.
Parecieron calmarse y se sentaron en el sofá.
«Mal de muchos, consuelo de tontos», pero siempre funciona.
—¿Puedo haceros una pregunta? ¿Quién es Carl y quién Robert?
—Lo veis, ahí está la prueba: son tontos —soltó mi madre. Volvía de la cocina con paso firme llevando una bandeja con tres tazas humeantes.
—Mamá —recordé de repente—, ¿cómo es que nos encontrasteis?
—Te seguí.
—¿Cuándo?
—Sophie me llamó cuando iba de camino a la biblioteca para contarme que unos policías te estaban interrogando en el despacho del director y que creía que yo debía ir y estar contigo.
—Bendita Sophie—. Al llegar vi que salías volando del tejado con Erik a tu espalda.
Así que llamé a sus padres y os seguí. Les fui compartiendo a ellos mi ubicación en el móvil en tiempo real y dimos con vosotros.
—Increíble. Un ejemplo de que las tecnologías bien usadas son la mar de útiles—.
Prométeme que no volverás a hacer una tontería así.
Ninguno de los dos. —Señaló a Erik—. No sé que habría pasado si no hubiéramos llegado en ese momento.
—Cerró los ojos. Había pasado miedo y me arrepentí de haber sido quien la asustara.
—Lo siento —dije, y como temía ponerme sentimental, añadí—. Será mejor que vaya a quitarme esta ropa ensangrentada y me dé una ducha.
También tenía las manos hasta los codos manchadas de sangre seca, por lo que los dejé allí con sus tazas y subí a mi cuarto.
Una ducha de quince minutos y me sentí otra persona. Alguien casi en paz con su alma atormentada. Sentí que, en mi interior, el monstruo perdonaba que otros me hubiesen salvado la vida.
Que no fuera como «él».
Que no fuera como mi padre.
Me miré al espejo del armario: no había rastro de la herida que me habían abierto en la garganta las garras de Noche. Los lobos no eran los únicos que poseían el don de la regeneración.
Cogí un pantalón de chándal ancho y una camiseta.
Erik entró cuando sacaba la mano por la segunda manga. Cerró detrás de él y exhaló un «gracias».
—Te enfrentaste a ese ser sin pensártelo para protegerme —continuó—. Podrías haberte marchado y haberme dejado solo, pero te quedaste, a pesar de que sabías que, con toda probabilidad, no vencerías.
—Haces que parezca un héroe o un mártir, y no soy ninguna de las dos cosas.
Estábamos en medio de la habitación. Erik me miraba con ansia y yo a él con más lujuria que sentido común.
La anticipación flotaba entre nosotros como si fuera el tercero en discordia.
—Igualmente… gracias. Para mí fue un acto imposible de olvidar. Y un gran favor.
Dio un paso hacia mí.
Y otro.
Y otro.
Sabía que si seguíamos por aquel camino acabaríamos devorándonos, justo lo que había tratado de evitar todo ese tiempo y en lo que había fracasado estrepitosamente. Aunque también fuera lo que había estado anhelando.
Desvié la vista de sus ojos oscurecidos y me concentré en aquella vena de su cuello que tanto me fascinaba. Fue hinchándose, llenándose de ese líquido rojo que bombeaba desde su corazón a un ritmo agitado. El mío pareció querer despertar y seguirle en la agitación.
Un tórrido calor comenzó a subirme por las extremidades quemándome hasta las pestañas.
Fue como volver a estar vivo.
—Hasta que te conocí ignoraba que los vampiros pudieran ruborizarse. —Podría haberlo considerado una burla, pero no lo fue. Estaba nervioso, tanto como yo.
—Aún estás a tiempo de salir de mi habitación —le ofrecí con una media sonrisa. Esperé que se marchara y al mismo tiempo me aterrorizó que lo hiciera.
No se fue. En su lugar se acercó y agarró el bajo de mi camiseta. Tiró de ella, y le dejé hacer.
Las motas de marrón de sus ojos lo llenaron todo, borrando el dorado. Los míos se encendieron.
El monstruo estalló en carcajadas.
Cómetelo ya, me gritó. A esas alturas, el vampiro me llenaba por completo.
—Te morderé —le susurré con una voz que no reconocí como mía.
—Eso espero.
Demasiado para mi autocontrol.
Demasiado para controlar al monstruo.
Lo arrastré a la cama y le quité la camiseta. Pero no me detuve ahí. Desabroché el botón de sus vaqueros y bajé la cremallera sin perder en ningún momento el contacto.
Sonreí cazador y lo olvidé todo: que mi madre y sus padres estaban en el piso de abajo, que jamás había hecho aquello, que no sabía si estaba preparado para no matarlo en el proceso.
La pasión me cegaba y me guiaba.
Me movía siguiendo el instinto de lo que me proporcionaba placer.
Cubrí su cuerpo con mi boca cuando estuvo desnudo debajo de mí. Sus gemidos, gruñidos y suspiros me marcaban el camino a seguir.
Aquel nuevo poder me embriagaba.
Y cuando un estallido de éxtasis sin igual arrasó todo pensamiento, saqué los colmillos y, atrayendo su garganta, le mordí, y en ese momento toqué la luz por primera vez en quinientos años.

Cuando bajamos al salón, ya había caído la noche.
A mi madre le dio un ataque de tos, y los padres de Erik fingieron quitarse pelusas imaginarias de sus jerséis. Estaban todos sentados en el sofá.
Olía a pizza y a café.
—Dejaos de chorradas. Tenemos que planear una estrategia para acabar con ese Señor de las Sombras, y si estáis en ese estado de bochorno no avanzaremos mucho.
Cerramos cualquier amago de conversación incómoda y pasamos a lo que está en juego, la vida de Erik, y las nuestras, ahora que nos hemos enfrentado a él abiertamente.
Además, si hacemos caso a los desvaríos de ese gilipollas, todo el pueblo corre peligro.
—¿Eso que huelo es pizza, señora Lacroix? —preguntó Erik un segundo antes de que le rugieran las tripas.
—Sí, Erik. Hemos pedido pizzas hace un rato. Te hemos guardado una. Voy a calentártela en el microondas. —Mi madre se levantó diligente y se dirigió a la cocina, agradecida de tener algo en que ocuparse.
De repente sonó una notificación en mi teléfono móvil. Lo saqué del bolsillo de los pantalones. Era de Elías.
Un escalofrío me recorrió la columna.
Algo iba mal.
El mensaje decía:
Tío, ¿puedes venir a mi casa, por favor?
«No».
—¿Qué ocurre? —me preguntó Erik.
—Es Elías, creo que Noche está con él.
Nos habíamos quedado sin tiempo para estrategias ni planificaciones.
Respondí a Elías con un escueto mensaje que esperaba que lo calmase y apaciguara a aquel monstruo, si lo tenía:
Voy para allá.
Y salimos disparados. Pero al abrir la puerta nos encontramos con dos policías en el umbral.
—Lucien Lacroix, queda detenido por el asesinato de Luc Gautie, Marie Gautie y Henri Gautie.
«Mierda».
No tenía tiempo para eso.
Me empujaron, poniéndome cara a la pared de la casa.
Me separaron las piernas, me cachearon y me pusieron unos grilletes tan apretados que me dañaron las muñecas.
Recuerdo que lo primero que pensé fue en si me había frotado bien las uñas.
Si volvían a pedirme que se las mostrara no sabía si esa vez encontrarían restos de sangre.
Esa vez sí había estado en la escena del crimen.
Me había revolcado entre los cadáveres en la escena del crimen.
Le había separado la cabeza del cuerpo a Luc.
—Queda bajo custodia policial. Tiene derecho a guardar silencio y a ser asistido por un abogado.
Al ser menor, la asistencia letrada es obligatoria y su representante será informado de la medida.
En comisaria le comunicarán formalmente los hechos por los que se lo investiga y la duración de la custodia —me recitó uno de los policías.
Ninguno era Freddie Mercury, ni cara berlina.
—Sí, yo también veo pelis —le contesté cabreado.
En mi mente solo podía pensar: «tengo que ir a casa de Elías, tengo que ir a casa de Elías», mientras el monstruo me gritaba de fondo: ¿A qué esperas?, cárgatelos, joder.
Traté de silenciar todo aquel ruido y concentrarme.
—Soy su madre. ¿Qué pruebas tiene para detenerlo?
—No puedo revelarle los elementos de una investigación en curso, señora. Pero no se preocupe, al ser menor, usted será informada de todo llegado el caso, y puede acompañarlo a comisaría si quiere.
—Por supuesto que quiero. Son ustedes unos brutos: le han puesto los grilletes demasiado apretados. No es una paloma, es solo un chico de diecisiete años que no ha hecho nada malo.
—Escúchenme —traté de llamar la atención de los policías—. Mi amigo Elías tiene problemas. ¿Puede ir una patrulla a su casa a comprobar que está bien, por favor?
Y les di la dirección.
—Nosotros iremos —intervino Erik.
—No, no quiero que vayáis vosotros solos, es peligroso. Resolveré esto. Quedaos aquí y esperadme —les advertí antes de que uno de los policías me metiera de un empujón dentro del coche patrulla.