La casa Gautie
La casa de los Gautie era una de las construidas en la zona vip del pueblo. Lo que se traducía en apartada de miradas curiosas y vecinos molestos. Así nos asegurábamos de que aterrizar sobre el tejado transcurriera sin testigos.
Me asomé por la cornisa y comprobé que no había ningún coche de policía a la vista.
Todo estaba sumido en un extraño silencio.
Había dejado de llover y solo la vibración que el viento producía en la cinta colocada por la policía como cordón de seguridad y que cortaba el acceso a la casa, se escuchaba en aquel vacío de ruido.
Espeluznante hasta para mí.
Nos acercamos a una pequeña puerta de metal, que sin duda conducía al interior, y la abrimos sin que esta supusiera ningún obstáculo. Yo no necesitaba invitación para entrar en ningún lugar pues yo era un mestizo, y la limitación de paso de los vampiros convertidos no me afectaba.
Al asomarme dentro, la sensación de que todo era demasiado escalofriante y también demasiado sencillo no me abandonaba.
En cuanto entramos nos asaltó un penetrante olor a sangre. Mis sospechas no eran vanas, pues algo iba mal. El olor era excesivamente profundo para tratarse del simple recuerdo de un asesinato.
De repente una sensación de alarma me despertó aún más los sentidos vampíricos.
—¿Tú también lo notas? —me preguntó Erik en un susurro con las pupilas tan dilatadas que no quedaba ni rastro del iris dorado de sus bonitos ojos.
—No estamos solos —coincidí alejando la sonrisa boba que estaba a punto de poner—, y la compañía es desde luego sobrenatural.
Debemos movernos con mucha cautela, puede que ese celoso y posesivo exnovio tuyo siga aquí, en la escena del crimen.
En el cine los culpables siempre vuelven —bromeé para tratar de relajar la tensión.
Se giró hacia mí haciendo una mueca de fastidio.
—Que no es mi…
—Chist —le chisté para que guardara silencio. Se ponía muy mono cuando hacía esos pucheros y no quería que nada me distrajese.
Siguiendo el olor, bajamos las escaleras. Tenía a Erik pegado a mi espalda.
—¿Tienes que respirar tan fuerte? —susurré.
—Soy un lobo.
Ya.
En aquella planta estaban los dormitorios.
Pasamos por delante de una puerta cerrada con más cinta policial.
Allí olía a sangre, pero el rastro era débil.
Debía ser la escena del crimen. Lo que nos inquietaba venía del dormitorio contiguo.
La puerta estaba abierta y unos sonidos guturales salían del interior.
Nos preparamos para encontrarnos con cualquier cosa, pero en ningún caso para lo que vimos.
Sobre una enorme cama de matrimonio descansaban los cuerpos mutilados de los padres de Luc Gautie. Pero eso no fue lo sorprendente, lo alucinante fue que el propio Luc era quien sostenía el cuchillo ensangrentado con el que estaba llevando a cabo la macabra ejecución.
La escena era de un gore dantesco.
—Luc —pronuncié.
A mi voz, lo que hasta hacía unas horas había sido Luc Gautie, giró la cabeza en un ángulo imposible y nos miró desde unas cuencas vacías.
Los ojos los tenía, pero le colgaban de las orejas como si fueran pendientes.
Daba muchísimo asco y eso que en mi larga existencia había visto muchas cosas asquerosas.
—Tío, ¿qué cojones haces? ¿Y qué coño eres?
—Soy el siervo de Noche, Señor de las Sombras.
Ahora él es mi padre. Debo hacer desaparecer a los antiguos.
Luego… —De repente se detuvo en su robótico desvarío y pareció darle un cortocircuito que hizo que le temblara todo el cuerpo.
Los ojos que llevaba en los lóbulos de las orejas se movieron para quedar con los iris sin vida en la misma dirección que las oscuras cuencas.
¡Qué puta grima! —Le llevaré a mi amo a aquel que busca, y me recompensará.
¿De qué puñetas iba aquello?
—¿A qué clase de exnovio nos enfrentamos? —increpé a Erik—. ¿Señor de las Sombras? En mis quinientos años jamás había oído ese nombre.
Entonces la versión zombi de Gautie se nos acercó, avanzando a paso muy lento con el cuchillo chorreando sangre. En la boca una mueca rabiosa dirigida hacia mí.
—Me expulsaron del instituto por tu culpa. —«¿En serio?». «Será rencoroso»—. Me las pagarás.
—Estás muerto y lo siento, pero no te acerques —le advertí.
No quería atacar a Luc, y menos a «ese Luc», pero parecía decidido a complacer a su señor y tenía que detenerlo. Saqué las garras y fui a su encuentro —si hubiese esperado que llegara él a su paso… nos habrían dado las tantas—.
Con golpes rápidos y precisos, como si se tratara de un bisturí, mis afiladas uñas cortaron la cabeza de Gautie, que cayó al suelo.
Unos segundos después, le siguió su cuerpo.
Los repugnantes ojos se desprendieron de sus orejas y rodaron por la moqueta hasta colarse debajo de la cama, como nauseabundos bichos.
Recuerdo que pensé de nuevo que todo era demasiado fácil. Repulsivo, eso sí, pero fácil. Algo se me escapaba.
Y así resultó ser, porque había una presencia más en la habitación en la que no había reparado porque estaba demasiado distraído tratando de digerir que Luc era ahora un zombie sin ojos y un parricida.
Antes de reponerme de la sorpresa, una sombra espesa cayó sobre Erik engulléndolo por completo en un abrazo.
Un abrazo violento que pretendía arrancarlo del suelo y llevárselo, hacerlo desaparecer en la oscuridad.
Gautie era, pues, la maniobra de distracción.
—Suéltalo, payaso, y muestra quién eres —le reté sin demostrar ni un ápice de temor. Manteniéndolo a raya para que aquel ser no pudiera olerlo. Notaba su poder, un poder inmenso—. No te escondas detrás de ese barato truco de feria.
Una voz burlona me respondió desde la sombra.
—¡Qué placer conocerte al fin en persona! Te he estado observando durante estos días y debo reconocer que has llegado a gustarme… mucho. No eres como te imaginaba. Puede que te tenga algo reservado cuando acabe con el lobo.
—Espero que esa no sea una insinuación del tipo que creo, porque menudo repelús.
—Me había recorrido un escalofrío bastante intenso—.
Enseña tu verdadera forma y deja de jugar.
Recuerda que soy un vampiro, yo también tengo trucos en la manga tan escénicos como esa chorrada del humo negro. No impresionas a nadie.
Una risa reverberó haciendo temblar las sombras. Luego llegó la transformación, que agradecí, porque para matarlo necesitaba algo tangible que atacar.
Era alto, mucho más que Erik pero aun así no más que yo.
Lucía una melena rubia y una barba incipiente.
Tenía la mandíbula dura y unos labios carnosos y llenos.
Ojos de un azul bastante impresionante. Llevaba el torso desnudo y se le veía musculoso.
Su piel era de un tono dorado que brillaba.
Era hermoso, no se podía negar. Pero su aura negra no le abandonó.
Sujetaba a Erik con las manos a la espalda, sometiéndolo.
—¿Mejor así? —preguntó con una sonrisa.
—Qué duda cabe. Así puedo ver que no eres más que un idiota con un bronceado de mala calidad. —Traté de sonar indiferente. Quería que presumiera. Necesitaba averiguar quién cojones era—. No eres un vampiro, percibo un corazón que late. ¿Eres alguna clase de demonio entonces?
—Soy Noche, Señor de las Sombras. Soy tan antiguo como el submundo. Estaba antes que los demonios, antes que los vampiros, antes que los lobos, y antes que tú.
Puede que de ese ser sí hubiese oído hablar, pero ignoraba que se llamara a sí mismo Noche o Señor de las Sombras. Su nombre más extendido era el de Lucifer, el ángel caído. Pero era cierto que a lo largo de la historia se le habían dado muchos nombres, entre ellos Rey del Infierno.
—¿Y para qué quiere alguien como tú a un crío? ¿Se te han acabado los condenados?
—Lo quiero porque yo siempre tengo lo que deseo. Además, él mismo ha convertido esto en un reto. El muy estúpido ha osado rechazarme. Mataré a todos los habitantes de este pueblo. Mataré a sus padres. Y luego seguiré matando hasta que me suplique que lo ame y perdone a la humanidad.
—¿No te parece demasiado dramatismo por unas calabazas? Ni que el lobo lo valiera —mentí. Para mí en aquel momento lo valía. A lo mejor no la aniquilación de toda la raza humana, pero sí mover un par de hilos.
—Eso lo decidiré yo.
Y con un raudo movimiento soltó a Erik y saltó sobre mí, pero, por supuesto, lo vi venir y lo agarré en el aire para lanzarlo contra la pared del dormitorio.
Sin embargo, era veloz y antes de estrellarse se convirtió de nuevo en sombra para evitar el golpe.
Me giré hacia Erik para ordenarle que saliera de allí pitando, pero el cabrón lo había dejado inmovilizado con alguna clase de cuerda hecha con su propia materia oscura.
Joder, debía reconocer que el tío era un crack en lo suyo. Lo tenía todo en cuenta.
Se transformó de nuevo y sonrió con una boca llena de dientes blancos y perfectos. Ladeó la cabeza y me miró relamiéndose.
—¿A qué dentista vas? —le pregunté para distraerlo.
Yo pertenecía a un linaje antiguo, eso me otorgaba un gran poder, sin embargo, aquel gilipollas era una criatura arcaica y también un rey.
Necesitaba idear una estrategia muy buena si quería vencerle.
Ante su silencio continué diciendo tonterías—.
Está bien, no reveles tus secretos de belleza. Lo entiendo.
—Tu patético intento de ganar tiempo para pensar cómo vencerme no te va a servir, ya hace tiempo que eres un condenado. —«Qué listo»—. Cómo me voy a divertir cuando te arrastre conmigo al Infierno.
—A mucha gente estás invitando a esa fiesta, a ver si te van a faltar aperitivos. —Mientras hablaba se me ocurrieron dos cosas: lanzar un ataque directo, que era lo que no esperaba, o lanzar un ataque directo que era lo que no esperaba.
Sí, eran la misma idea, pero es que no se me ocurrió otra puta cosa. No sabía como pensar con claridad en situaciones de estrés, a nadie se le había ocurrido atacarme antes. No cazaba, y la única vez que había matado había sido prácticamente de potra.
«Venga», me dije, «se acabó el pensar».
Con toda la fuerza bruta que fui capaz de canalizar, me lancé a sus piernas para derribarle, como si fuera un jugador de fútbol americano y aquel payaso tuviera la pelota.
El embate consiguió desestabilizarle, cumpliéndose la teoría de que no esperaba aquella estrategia suicida.
En la caída tropezamos con la mesilla que había junto a la cama, derribando una lámpara y un vaso de agua que contenía una dentadura de plástico trasparente.
El Señor de las Sombras lanzó un aullido de frustración y nos pasamos los siguientes segundos enzarzados en una lucha cuerpo a cuerpo en el suelo, lanzando y esquivando zarpazos y dentelladas, sin que ninguno de los dos consiguiera herir al otro.
Eso me dejó bastante claro que nuestras fuerzas no eran tan desiguales como me había hecho pensar su discurso de «soy el más antiguo» y toda esa mierda.
Me empezaba a cansar de aquel tête à tête, cuando el cadáver de Gautie se levantó del suelo sin cabeza y extendió las manos hacia nosotros.
—¿Juego sucio? ¿No alardeabas de que podías vencerme y acabar con toda la humanidad tú solito? Empiezo a pensar que solo eres un pervertido fantasma —blandí contra él mientras seguíamos en aquella danza neutral.
Esquivé a Gautie que trataba de cogerme de la cintura con sus manos ensangrentadas.
Eso le dio ventaja a mi oponente, que consiguió lanzarme sobre la cama y ponerse sobre mí en milésimas de segundo.
Fue asqueroso. Podía notar las húmedas vísceras y los pedazos de carne y hueso de los cadáveres del matrimonio Gautie bajo mi espalda.
Menos mal que había tenido la prudencia de volver a ponerme la camiseta al replegar mis alas, y no las sentía directamente sobre la piel.
De repente, una horrible garra de afiladas uñas se clavó en mi garganta. Traté de quitármelo de encima clavándole las mías en los costados, pero el muy cabrón parecía inmune a mis golpes. Eso, o disimulaba muy bien el dolor.
—Qué lástima destruir un cuerpo y un rostro tan hermosos como los tuyos —me siseó. Sacó su lengua, una asquerosa y babeante lengua como la de un sapo, y me lamió la mejilla dejándome una desagradable y repugnante sensación de humedad.
—Tío —le dije por encima del dolor que me partía en dos. Sentía la boca pastosa y volvía a tener esa sensación de que sudaba. Su saliva apestaba—, además de los dientes hay que lavarse también la lengua. ¿No te enseñó tu madre nada?
—Ese humor —declamó con una sonrisa perversa. Se preparaba para el golpe de gracia.
A pesar de que me encontraba en clara desventaja, sabiendo que probablemente no saldría de esa, seguí hundiendo las uñas en sus costados una y otra vez.
Su sangre me chorreaba por las muñecas. Mi boca salivaba sin control.
El monstruo gruñía mostrando los colmillos cegado por la ira.
El chapoteo de los cadáveres contra la espalda me estaba provocando náuseas.
El ardor de la garganta se volvió insoportable.
Se me nubló la vista cuando Noche retiró las uñas.
Colocó las manos a ambos lados de mi cabeza y presionó.
—Me tienta tanto acabar contigo.
El monstruo se revolvió dentro de mí. Daba inútiles dentelladas al aire, sin lograr alcanzar su objetivo, y gritaba a pleno pulmón: No permitas que nos mate.
Presioné aún más dentro de su carne, hundiendo los dedos tan profundamente que toqué sus huesos. Pero ese desgraciado no sufría con ello, parecía disfrutar, saborear su victoria.
Pero antes de sentir el tirón final, un enorme lobo con las fauces abiertas y los ojos inyectados en sangre, atrapó su brazo derecho en un mordisco que traspasó su carne y rompió sus huesos.
Por el otro lado un segundo lobo aulló, preparado para lanzarse contra aquel engendro del mal.
El odio y el dolor desfiguraron por fin su rostro.
Entonces, viendo las fuerzas desequilibradas, se transformó en sombra y desapareció.
Cobarde capullo.