Lucien y los siete Infiernos -9- #2
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—Sí, joder, ¡dime la verdad! —grité, acercándome a él, haciendo que retrocediera hasta la pared de azulejos. Eso me provocó un déjà vu, pero con una atmósfera distinta.

—Vinimos aquí por ti. —Esa respuesta era la última que me esperaba—. Necesitábamos tu protección. Y no me equivoqué al buscarte. Sabía que eras poderoso, pero resultaste ser el mismísimo rey de los vampiros. Qué mejor protección habríamos podido conseguir.

O sea, que siempre supo que estaba jugando con fuego.

—Vamos, que toda esa mierda que soltaron tus padres de que no sabían que había vampiros hasta que tú se lo contaste, era una mentira como un planeta.

—No, eso es verdad. Ellos no sabían nada. No saben que alguien nos persigue. No saben el peligro que corremos si nos encuentra solos.

Vaya, nuevas piezas en el puzzle.

—¿Quién os persigue? ¿Por qué necesitáis mi protección?

—Porque hay una criatura de la noche que me quiere a mí.

—¿A ti? ¿Para qué?

—Adivínalo tú. —Su cara estaba cada vez más cerca de la mía. Su aliento me distrajo. Era muy listo. Sabía jugar muy bien sus cartas. Pero yo también.

—Ni se te ocurra venirme con «jueguecitos».

Te he hecho una pregunta. —Una de mis manos se posó en su garganta.

Mi intención era descubrir si mentía controlando sus pulsaciones, o eso me dije, pero las ganas de tocarle, a pesar de la maldita situación en la que estábamos, eran incontrolables—.

¿Para qué? —insistí acariciando su piel, describiendo círculos con el pulgar.

—Porque está obsesionado conmigo. Por eso. —Erik tragó saliva y fui consciente de que mi contacto le afectaba más allá de la confesión que le estaba sacando.

—O sea que lo que has estado haciendo conmigo ya lo habías hecho antes con otro. —Los celos me golpearon antes de darme cuenta que aquella mierda existía.

Con lo tranquilo que estaba yo.

—No, te equivocas, esa es la razón de que esté aquí.

No quiero eso con él. La criatura de la que te hablo, no es un vampiro, es otra cosa.

Creo que es un demonio, no lo sé. —Estaba muy nervioso.

Su pulso se estaba acelerando, pero la razón podía ser el miedo.

Había miedo en su olor. Mucho—. Convencí a mis padres de que unos chicos me molestaban en el instituto, que aquello iba a acabar mal si no nos íbamos, que terminaría haciéndoles daño.

Me creyeron. Averigüé que un vampiro muy poderoso se establecía aquí.

Yo solo quería que me ayudaras, que mis padres no sufrieran ni les pasara nada por mi culpa.

—¿Y cómo pudiste «averiguar» eso?

—Fue por algo que dijo. Mencionó que su poder no tenía rival. Que solo existía un ser que se creía con tanto poder como él, pero que se escondía como una rata en un pueblucho de montaña aquí, en Francia.

No entendía qué cojones me estaba contando.

—¿Y cómo sabía ese bicho que yo me ocultaba aquí?

—No lo sé.

—¿Y cómo, entre todos los «puebluchos» de Francia, diste con este?

Me estaba poniendo de los nervios que constantemente afirmara no saber una mierda de nada y, sin embargo, me hubiese encontrado cuando nadie había dado conmigo en estos quinientos años.

—Tu olor. ¡Seguí tu maldito olor!

—¿Estás diciendo que recorriste los pueblos hasta dar con el rastro de mi olor?

¿El mío? No el de ninguno de los otros vampiros que sin duda andarán por ahí, sino el mío.

—Me quedé observando el iris de sus ojos, ese dorado que me hipnotizaba.

No sabía cómo encajar aquella historia rebuscada.

Pero estaba asustado y eso era auténtico.

—Sí, eso mismo te digo —me espetó.

No sabía si creérmelo, si cargármelo o comérmelo. Todas las opciones me tentaban.

Moví la cabeza tratando de relajar el cuello. Estaba más tenso que las cuerdas de una guitarra.

—No te creo —le dije finalmente—. Suena a mentira de las gordas.

Y tampoco me creo lo de ese tipo. No será que le calentaste la oreja pensando que era un vampiro y, cuando te diste cuenta que en realidad era un demonio, te desinflaste.

Sin embargo, como él ya había saboreado lo que era estar contigo, no llevó bien que le quitaran el caramelo una vez que lo había empezado a probar.

—Esa película es absurda —respondió él. Sí, a mí también me sonó estúpida, pero ya estaba dicha—. Te digo que nunca correspondí a sus avances, créeme. Lo tuyo es diferente. Contigo soy yo el que ha caído en la obsesión, no al revés.

Si él hubiera sabido.

—Vale, pongamos que decido creerte. ¿Me estás diciendo que eres tan irresistible que un demonio despechado te ha seguido hasta aquí y ha matado a Gautie? ¿Por qué?

—No lo sé.

—Repites mucho eso de «no lo sé».

—Porque no tengo todas las respuestas.

¿Todas?

No tenía ninguna, joder.

—Pues este es mi pueblo, y yo quiero todas las respuestas. Así que tú y yo, aún no sé cómo porque voy a tener a la poli pegada a mi culo, vamos a averiguar si dices la verdad y hay un demonio por ahí cargándose a mis vecinos. Pero antes…

Quería sucumbir.

Me acerqué a su boca como un depredador.

Necesitaba volver a probar la sangre de sus labios, así que dejé salir al monstruo.

Retraje los labios y saqué los colmillos, clavando las puntas en su suave y cálida carne.

Oh, el gruñido de placer de Erik seguido del potente sabor de su sangre, me volvió loco.

Mis ojos negros entraron en contacto con sus párpados cerrados.

Sonreí contra su boca, y succioné, solo un poco esta vez, no quería volver a perder el control, pero era tan embriagador.

Su lengua y sus manos buscaban tocarme y yo me pegué a él presionando nuestros cuerpos en los puntos justos.

La ropa me estorbaba. Llegados a ese punto, el monstruo siempre quería más.

Quería sentir la piel.

Pero no era el momento.

Me obligué, con esfuerzo titánico, a romper el contacto y le ordené de malos modos:

—Vamos.

Arrastré a Erik hasta el tejado, porque con la poli vigilándome como sospechoso número uno, el único medio viable para movernos era el aire.

—No. Ni lo sueñes.

Cuando llegamos a la azotea y Erik entendió lo que íbamos a hacer, se asustó.

—No seas cobarde —me burlé de él—. Te prometo que no te soltaré. Tú agárrate bien y déjame los detalles a mí.

—¡Que no, joder! No pienso subirme a tu espalda y salir volando. Soy un lobo. Estoy agarrado a la tierra.

Vaya.

Tendría que ser por las malas entonces.

Estaba descubriendo que me encantaba eso de llevar ventaja.

Me quité la camiseta y disfruté de la mirada ávida que me dedicó Erik. Así que dejé salir las alas, aquellas portentosas alas que solo yo poseía.

Erik abrió la boca en una gran O.

Era el momento. Aproveché la distracción para agarrarlo con mis brazos convertidos en fuertes huesos cartilaginosos, y lo icé hasta mi espalda.

Antes de que pudiera reaccionar, me elevé en vertical. Erik sólo tuvo tiempo de emitir un grito de auténtico pánico.