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El crimen. Déjà vu
A la mañana siguiente, me encontré a Gary en la cocina. Tenía la expresión demente, los ojos a punto de salírsele de las órbitas.
La nevera estaba abierta y él sujetaba una jarra de sangre con ambas manos.
—Mamá, Gary está en la cocina —canturreé mirando al techo.
Mi madre no tardó ni dos segundos en bajar. Estaba completamente vestida para ir a la biblioteca, pero tenía puesta sombra ahumada solo en uno de los ojos y llevaba el pelo recogido en una estrafalaria coleta. Supuse que se había retrasado al maquillarse y Gary se le había escapado.
—Gary, ¿qué haces con eso?
—¿Q-qué es es-esto, Camille? —balbuceó.
—Zumo de tomate —respondió ella, como si Gary fuera idiota. Lo parecía, pero dudaba que hasta el punto de creerse aquella salida desesperada.
Le quité la jarra de las manos. Él no opuso resistencia, casi pareció aliviado de que le quitara aquello de la vista.
Volví a meter la jarra en la nevera y cerré la puerta con fuerza.
Luego me coloqué delante de sus ojos y le repetí muy despacio, captando su atención sin mayor dificultad porque seguía conmocionado.
—Es-zumo-de-tomate.
Gary repitió:
—Zumo de tomate.
—Eso es, buen chico. Ahora vete a casa.
—Me voy a casa.
Aparté la mirada de la suya y lo dejé ir. Gary pestañeó muy deprisa, saliendo de la hipnosis. Detestaba usar aquel poder. Me parecía totalmente amoral entrar en la mente de alguien y modificar sus recuerdos o su percepción, pero aquella era una crisis.
Cuando Gary se fue, mi madre estalló en carcajadas.
—No tiene gracia.
—Un poco sí. ¿Viste su cara? Pobrecito.
Y siguió riendo hasta que me contagió.

Cuando llegué al instituto, los rumores ya corrían como la pólvora: alguien había matado a Luc Gautie.
Joder.
—Señor Lacroix.
El director Lefebvre vino a buscarme a clase cuando aún no había tenido tiempo ni de sentarme. La policía estaba en su despacho. Querían interrogarme.
Elías me miró con la preocupación dibujada en la cara.
—Da un grito si me necesitas —me dijo cuando pasé por su mesa.
Forcé una sonrisa y le di las gracias.
Cuando ya estábamos cerca del despacho, oí la voz de Sophie. Estaba hablando con la policía.
—Creo que es ilegal hablar con un menor sin que esté su tutor legal presente. Además, Lucien es un chico estupendo, muy respetuoso. Y es hijo de la bibliotecaria. No pensarán que él…
El director se apresuró dentro y la atajó, molesto por su intromisión.
—Señora Muller, por favor, si es tan amable de volver a su puesto.
—Pero, señor Lefebvre, habría que avisar a su madre.
—En el lycée yo actúo como tutor legal del chico, y autorizo que la policía hable con él. —Y, apoyándole una mano en la espalda, la empujó fuera del despacho.
Luego se dirigió a mí.
—Hoy es un día triste para nuestra comunidad educativa, señor Lacroix.
Triste y terrible. —Verdaderamente parecía afligido.
Movió la cabeza negando. Se quitó las gafas que se le habían empañado y las limpió con el bajo de su chaqueta antes de seguir—.
Estos dos agentes de policía investigan la trágica muerte de su compañero, el señor Gautie.
Le hemos hecho venir porque usted protagonizó un altercado con él, altercado que fue lo suficientemente grave para provocar su expulsión, y quieren hacerle algunas preguntas.
No tiene de qué preocuparse. Me han asegurado que es algo rutinario, así que os dejo a solas.
—Y se dirigió a la puerta. Al pasar a mi lado puso una mano en mi hombro para infundirme ánimos… o eso supuse.
Cuando cerró detrás de él, los policías señalaron una silla que estaba estratégicamente colocada en el centro de la habitación.
—Siéntese, señor Lacroix —me indicó uno de ellos. El que tenía cara de berlina—. Si colabora, seremos breves. Solo tenemos algunas dudas sobre el incidente con la víctima que nos gustaría aclarar. También queremos saber dónde estuvo usted entre las once y las doce de la madrugada de anoche.
Veamos: vino Gary, se sentó en nuestro sillón, me llamó campeón y tuve ganas de arrancarle la cabeza. Mi madre me envió a la cama y yo obedecí. Intenté cerrar los ojos, pero el sonido de sus risas tontas se volvió irritante, así que entre las once y las doce estuve volando.
No podía decirles eso así que opté por mentir.
—A esa hora estaba en mi casa, durmiendo. Hoy tenía clase y siempre me voy a la cama temprano cuando al día siguiente tengo que madrugar para venir aquí. Soy un chico responsable.
—¿Qué fue lo que pasó exactamente con su compañero, el señor Gautie? Tenemos entendido que lo consideraba usted un abusón, y que exigió justicia al director.
—Sí, justicia para que lo expulsaran, no para que lo mataran —aclaré por si acaso.
—¿Cree entonces que la expulsión era suficiente castigo para él?
—Por supuesto. —Me pasé la mano por el pelo. Me estaba poniendo de los nervios que el otro policía, el que tenía un bigote a lo Freddie Mercury, no parara de negar con la cabeza mientras escribía en una libreta de esas que llevan todos los polis en las series de televisión.
—¿Qué originó el altercado que les trajo al despacho del director?
—Gautie molestó a un chico y decidí pararlo.
—¿Se enfadó usted mucho con él… entonces? Los testigos afirman que lo tiró al suelo y lo agarró de la garganta.
¿Qué testigos?
—Sí. Pero no tenía intención de hacerle daño —añadí porque los dos estaban mirándome con la misma intensidad y el mismo arqueo de cejas.
—¿Nos permite ver sus uñas?
—¿Mis uñas? —repetí la pregunta para asegurarme de que lo había entendido bien.
—Sí, a la víctima… —el policía hizo una pausa para darle dramatismo a la frase. Como si el asesinato de un chico de diecisiete años no fuera suficientemente dramático ya— la asaltaron en su casa y lo degollaron… con las uñas.
¡¿Qué?!
¿Y esperaban que un chico de diecisiete años fuera capaz de algo así? Si lo habían matado usando las uñas, eso no podía ser obra de un humano. Algo así solo podía haberlo hecho un vampiro o… un animal, por ejemplo, un lobo.
—¿Están seguros? —pregunté yo esta vez, irguiéndome en la silla.
—Aquí las preguntas las hacemos nosotros, señor Lacroix. Las uñas —me repitió con un deje de autoridad más apremiante que la primera vez.
Sin poder alargar más la situación, y sin tener otra opción, extendí las manos.
Mis uñas estaban perfectamente cortadas, no era visible su poder letal mientras yo no decidiera convertirlas en garras capaces de hacer lo que le habían hecho a Gautie, por lo que no verían nada sospechoso.
Entonces el Freddie Mercury de los polis guardó la libreta en el bolsillo de su camisa.
Luego se acercó hasta la mesa del director.
No me había percatado de que tenían allí un pequeño maletín.
Lo abrió y sacó una bolsa de plástico trasparente y unas pinzas.
Y, cargado con eso, se acercó a mis manos.
—¿No irán a arrancarme una uña para llevarla al laboratorio?
—bromeé de los nervios. Estaba deseando que se acabara el interrogatorio.
Quería salir de allí y hacer mis propias averiguaciones.
Una criatura de la noche había matado a un chico en mi pueblo, delante de mis narices, y eso no se quedaría así.
—Solo queremos tomar una pequeña muestra de ADN para contrastarla con los restos hallados en el cadáver. No se preocupe, es algo rutinario.
La misma frase poco tranquilizadora del director Lefebvre. Eso solo podía significar que de rutinario nada: era el puto sospechoso número uno.
Eso me convertiría en el blanco de sus malditos seguimientos «rutinarios», y no podría hacer nada sin tener a un jodido poli tras mis pasos. Eso si no me detenían sobre la marcha.
Al final, en lugar de arrancarme una uña, el policía me arrancó un pelo y lo metió en la bolsa.
—Muchas gracias por su colaboración, señor Lacroix. No abandone el pueblo.
«Qué pena, pensaba irme de crucero esa misma tarde».
Si analizaban aquel pelo no encontrarían nada. No estaba en la base de datos de la policía, ni en la base de datos de ningún sitio. Yo no existía. Recogían pelo por gusto, pues tampoco coincidiría con los restos hallados en el cuerpo de Gautie.
Necesitaba moverme.
Ya.
Las clases se habían suspendido, el director lo anunció por megafonía.
Había decretado dos días de luto. La algarabía que siguió al anuncio me demostró que a la gente le importaba una mierda que hubiesen matado a uno de sus compañeros, y que no les preocupaba que hubiera un asesino suelto.
Entre las cabezas, divisé la de Elías, dejándose arrastrar por las masas.
Pero las oportunidades las pintan calvas, así que mientras aquellos idiotas insensibles bajaban las escaleras en tropel para largarse a casa, henchidos de gozo, yo las subí para buscar a Erik. Tenía preguntas, muchas preguntas.
Lo localicé en su clase, con la mirada perdida en algo fuera de la ventana empapada por la lluvia que caía fuera.
Me acerqué y se sobresaltó.
Sin darle tregua, lo cogí del brazo y lo arrastré escaleras abajo hasta el baño. Una vez dentro comprobé que no había nadie y atranqué la puerta. Esta vez no admitiría interrupciones.
—¿Te has enterado de que han matado a Luc?
—Sí, lo sé. —Agachó la cabeza.
—Y no te parece raro y una casualidad de cojones el que los dos hechos, vuestra llegada y el asesinato, coincidan en el tiempo con precisión milimétrica.
En este pueblo no había pasado una jodida cosa así nunca.
A ese chico le han asesinado con las uñas, por favor, eso solo hemos podido hacerlo tú o yo, y yo no he sido, ergo…
—Yo tampoco he sido. Ni mis padres, si son los siguientes de la lista en los que pensabas volcar tus sospechas. Ellos son buena gente, y yo también.
—¿Por qué habéis venido aquí? —le pregunté entonces, incapaz de retener más aquel interrogante que me atormentaba desde que había descubierto que Erik era un licántropo—.
Y no se te ocurra mentirme. Puedo detectar la mentira con sólo escuchar el ritmo de tus latidos.
Si noto que tratas de colarme una trola, te aseguro que será la última.
—¿Es una amenaza?