-8-
Lo que se come se cría
El resto de la mañana transcurrió sin contratiempos… hasta la hora de la comida.
Estábamos de nuevo en la cafetería.
Elías y yo nos sentamos como siempre en nuestra mesa de marginados.
Solos.
Sentí cierta culpa. Él podría haber pasado el instituto rodeado de amigos.
Se le daba bien relacionarse, sin embargo, había decidido pasarlo conmigo y mis rarezas.
Puede que alguna que otra vez me emocionara esa lealtad, puede que en aquel momento, sentado delante de mi bandeja llena de pasta con tomate, el monstruo además de sentirse asqueado por la visión de aquel menú, se asqueara de mi debilidad con él.
Ojalá hubiese sabido entonces lo que pasaría.
Revolví un poco la pasta, imaginando que lo que cubría los macarrones era sangre, tratando de engañar a mi cerebro para que se decidiera a tragar algunos bocados, a pesar de que luego tendría retortijones y acabaría en el baño soltando cosas feas. Los vampiros también cagamos.
Parece algo obvio, pero para que quede constancia por si alguien se lo pregunta, lo cierto es que «de lo que se come se cría y… de lo que se traga se caga».
—¿Por qué te pides siempre esa cosa asquerosa y luego te pasas el almuerzo mareándola? Por eso estás tan flaco y tienes la piel de ese color zombi.
Él tenía delante un plato con pizza y patatas fritas. Elías era tan… Elías. Tan predecible, tan… normal. Con él todo era tan fácil, tan elemental.
De repente volví a sentir la mirada de Erik sobre mí. Su magnetismo atrayéndome como una fuerza imposible de ignorar. Tenía los pelillos de la nuca tan erizados que me dolían.
El monstruo se retorcía dentro de mí. Quería darse la vuelta y saltarle al cuello.
Solté el tenedor con tanta fuerza que la salsa de tomate acabó salpicando la mesa. Cogí una servilleta y me apresuré a limpiar la mesa.
—¿Qué cuernos te pasa, Lucien? —me preguntó Elías arqueando las cejas—. Estás como mi abuela cuando juega al bingo.
—No me pasa nada. —No quería estar así, no quería parecerme a la abuela de Elías, joder.
La abuela de Elías tenía ochenta años y era como una de esas tortugas que tardan veinte minutos en abrir la boca para comerse un maldito trozo de lechuga, menos cuando jugaba al bingo que se convertía en una loca.
—Anda que no. —Entonces miró detrás de mí, y dejó escapar un ruidito que me chirrió los colmillos. Luego entrecerró los ojos y puso cara de suficiencia, como si acabara de darse cuenta de algo que resultaba más que obvio—. ¡Aja!
—¿Ajá qué?
—El chico nuevo.
—¿Qué quieres decir?
—No te hagas el tonto, Lucien, está sentado detrás mirándote fijamente.
¿Pasa algo que yo deba saber? Porque estás haciendo trocitos tan diminutos esa servilleta que tienes en la mano, que dentro de nada solo serán visibles desde un microscopio.
Y te metiste en ese lío con Luc por defenderlo.
¿O me equivoco? —me desafió a que negara lo que fuera que se estaba imaginando.
—No pasa nada con ese chico. Ignóralo como hago yo —le dije haciendo una bola con los restos de la servilleta y tirándola dentro del plato de macarrones—. Venga. Volvamos a clase.
Me levanté dispuesto a irme y Elías hizo lo propio, pero antes me obsequió con una mueca que indicaba que no me creía y que estaba completamente seguro de que entre Erik y yo pasaba algo.
Así que me lamenté, durante todo el camino hasta la siguiente clase, de que la tontería aquella se me empezara a notar y mucho.
Si aquel maldito lobo hubiese dejado de seguirme, podría haber intentado hacerme a la idea de que no existía, pero así era imposible, con su olor animal inundando todo mi espacio cada vez que salía de la seguridad del aula. Ni siquiera respetaba mi casa.
Cuando apenas llevaba tres minutos sentado en mi pupitre, lo vi entrar, con esos andares de seguridad lobuna que tanto me cabreaban.
Joder, no recordaba que tocaba clase con el profesor Beaumont. Sus ojos no se apartaron de mí en ningún momento, y yo fui incapaz de apartar los míos de él. Era como si tuviéramos nuestra propia gravedad haciendo lo que le daba la gana con nuestra materia.
Avanzó despacio y se sentó en el sitio de Marie que todavía no había regresado del descanso. Bajo su apariencia calmada me llegaban el sonido de su respiración acelerada y sus latidos enloquecidos. De tener yo ambas cosas, habría estado igual y eso era muy frustrante.
Decidí que evitaría mirarle, pero el esfuerzo me estaba dejando bizco.
Entonces el inoportuno de Elías, se giró en su silla.
—Eh tío, ¿qué pasa? Soy Elías, el mejor amigo de este —dijo, y señaló con un movimiento de cabeza en mi dirección—. ¿Y tú?
—Erik —respondió el otro amistoso—. Así que eres su mejor amigo. Entonces quizá puedas aclararme si con todo el mundo mantiene esa cara de cabreo o solo es conmigo.
—¡Qué va! No es por ti; siempre tiene esa expresión de estreñido, perdonándole la vida a la «peña» a su paso —y soltó una carcajada de amigo traidor que tardaría en olvidar—, pero es tan inofensivo como un muñeco de peluche.
—Te recuerdo que estoy aquí, Elías —le recriminé apretando los dientes.
—Ups.
Elías se volvió rápidamente hacia delante, pero no lo bastante deprisa para que no me percatara de como intercambiaba una media sonrisa con Erik que me encendió por dentro.
Me iba a salir escarcha en la piel de los cambios tan bruscos de temperatura imaginaria que estaba experimentando en mi cuerpo de vampiro.
Cómo odiaba los malditos topicazos.
Pensé que si me estaba ruborizando me piraba a casa y me enterraba en el jardín.
Marie decidió aparecer en aquel momento y se plantó delante de Erik con los brazos en jarras.
—Ese es mi sitio.
Casi sentí admiración por ella.
Erik levantó la cabeza despacio y la miró fijamente.
—No vi escrito tu nombre. ¿Cómo te llamas? —le preguntó con sus ojos dorados fijos en ella. Una sonrisa depredadora arqueando aquellos labios llenos.
—M-Marie. —La voz de la chica de repente parecía vacilante. Nada que ver con la de hacía unos instantes que demostraba una total hostilidad.
—Marie. Me gusta, es un nombre muy bonito. Marie, ¿podrías sentarte esta vez en otro sitio? Me harías un gran favor si lo hicieras. —El tono de Erik era abiertamente seductor. Me di cuenta de que, sin querer, había entreabierto los labios, inclinando mi cuerpo hacia él y… respirando.
«¡Qué cojones…!». «Si estaba muerto, ¿cómo coño iba a respirar sin darme cuenta?».
—Claro —asintió ella colocándose un mechón que llevaba suelto detrás de la oreja.
Luego le dirigió a Erik una sonrisa que él no dudó en corresponder, enseñando unos dientes perfectos y unos hoyuelos en las comisuras de la boca, esa boca de labios del color de las manzanas rojas que me había gustado tanto morder…
Sentía que dentro de mí, el monstruo reía a carcajadas.
Marie se fue hacía otro pupitre vacío, y yo no pude evitar inclinarme hacia él y susurrarle.
—No sabía que los tuyos podían ejercer ese tipo de control mental sobre los humanos.
—Se llama poder de seducción, Lucien, y lo puede hacer cualquiera. Lo estoy haciendo contigo ahora mismo. —Entonces bajó la mirada hasta mi boca y se mordió el labio inferior gruñendo muy bajito.
El calor volvió a mí y se extendió por mi cuerpo, concentrando la mayor parte del fuego en mis extremidades inferiores.
Y el monstruo aulló de júbilo.
—Te odio —le escupí mostrando los colmillos.
—No te creo. —Y se rió en mi cara.
«Sí, sí, le odiaba».
Yo no, me siseó el monstruo, yo quiero comérmelo.

Al acabar las clases, y todavía no sabía muy bien cómo, terminamos Elías, Erik y yo en el camino de vuelta a casa.
—¿Erik, tu casa queda por esta zona? —quiso saber Elías.
—No. Mi casa está a las afueras del pueblo.
Vaya. En la zona pija.
—Entonces —le interrumpí—, si esta no es tu dirección, será mejor que te vayas.
—Lucien, esos modales, ¿qué te pasa? —me regañó Elías—. No le hagas caso, Erik, si quieres puedes acompañarnos un rato. Así podrás contarme de dónde vienes, a dónde vas, si tienes cuenta en YouTube…
Elías usó de nuevo esa costumbre de rodear el hombro a la gente.
Erik pareció incomodarse un momento, pero enseguida sonrió.
No pude evitarlo y sonreí también. Elías era un chico tan extrovertido y tenía tanto carisma.
Lástima su mortalidad. Habría sido un gran rey, no como yo que era lo opuesto a todo lo que se esperaría de un líder.
—Pues vengo de un pueblo muy, muy lejano —y soltó una carcajada musical—. ¿Y a dónde voy? Mmm… depende. —Y giró la cabeza para mirarme de arriba a abajo.
Y entonces sentí que los colores me subían hasta la raíz del pelo.
La cabeza me ardió.
«¿En serio? Lo que me faltaba».
Decidí que ya había tenido suficiente.
—Tengo que irme, acabo de recordar que tengo que… Mi madre quería que fuera a verla a la biblioteca… porque… Bueno. Eso, que me voy. Adiós. —Y salí corriendo.
—¡Lucien! —acerté a oír que me llamaba Elías—. ¡¿Se puede saber qué mosca te ha picado?! No entiendo qué le pasa a este chico. Te aseguro, Erik, que normalmente no es así. Parece poseído. Bueno, si puedes apuntar por ahí mi canal de YouTube…
Maldita sea.
Se suponía que era un ser todopoderoso y me tenía acojonado una cría de lobo.
Patético.
Llegué a la biblioteca sudando. Literal.
—¿Qué te pasa, Lucien? —Mi madre se alarmó al verme y salió a la carrera de detrás del mostrador.
Estaba preciosa. Llevaba unos vaqueros ajustados y un jersey ancho del color de sus ojos—.
Tienes el pelo revuelto, y eso es… —me tocó la frente y alucinó— ¿sudor?
¿Se puede sudar estando muerto? Tendré que consultarlo en algún libro sobre autopsias y anatomía post mortem.
—Muy graciosa, mamá. —Arrugué el gesto.
—¿Erik? —me preguntó mientras con las palmas trataba de eliminar la electricidad estática de mi pelo.
—Sí, Erik.
—Parece que te hayas frotado un globo por la cabeza —dijo entre risas—. Me maravilla cómo has sido capaz de conservar esa entrañable inocencia a pesar de haber vivido tantos años.
«Gracias a ti», recuerdo que pensé. «Tú me has cuidado y amado». «Me has dado la oportunidad de elegir»; ella había dejado salir a su monstruo para que yo pudiera dejar dormir al mío.
Me tomó la barbilla con ternura.
—Mamá, no irás a peinarme las cejas con saliva, ¿verdad? —Rompí el momento. No quería ponerme sentimental. No quería que se me pusieran los ojos vidriosos. Y estaba a punto de que eso pasara.
—¡Camille!
Era Sophie. Entró con su vestido amarillo otoñal, las piernas enfundadas en unas medias gruesas marrones y un abrigo también marrón. Se había soltado la melena. Llevaba una bandeja de cartón con dos vasos de plástico con esas tapas en las que hay una boquilla para que puedas beber.
—Sophie, eres la mejor —la alabó mi madre cogiendo uno de los vasos y dándole un rápido sorbo.
—¡Cuidado! —le advirtió Sophie—. Está caliente. —Y le guiñó un ojo.
Mi madre le dedicó una amplia sonrisa. En sus ojos había una chispa de diversión.
—Hola, Lucien —me saludó—. Si hubiera sabido que estabas aquí te habría traído algo a ti.
—Muchas gracias. Solo he venido a buscar información sobre Kant. Tengo que hacer un trabajo para el señor Beaumont. Mamá, ¿tienes por ahí una copia de su ensayo Sobre la paz perpetua?
—Imagino que sí. Ve y echa un vistazo a la sección de Textos Filosóficos. Busca en la K.
Me habría gustado sacarle la lengua, pero me conformé con poner los ojos en blanco. Dejó escapar una risita suave y se metió de nuevo tras el mostrador; había dos chicos esperando con libros en la mano a que los atendiera.
—¿Qué os sirvo, chicos? —Me miró con una amplia sonrisa. Una broma de sus tiempos en Le Chêne Doré.
Buenos tiempos.
Malos tiempos.
Me despedí de Sophie, que siguió a mi madre y me fui en busca de la sección de Textos Filosóficos. A la K.
Estuve hasta las ocho leyendo aquel ensayo de 133 páginas que olía a moho. Si hubiese sabido en aquel momento que nunca llegaría a hacer ese trabajo, me habría ahorrado la tortura y me habría puesto a leer a Thomas Hardy.