Lucien y los siete Infiernos -7-
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Eso de las abejas y el polen

Sabía que me esperaba una buena bronca al regresar a casa.

Encontré a mi madre sentada en el borde de mi cama con las manos sobre el regazo. Rehuía mirarme, pero no parecía enfadada, más bien confundida.

Yo me quedé de pie, cerca de la ventana por si tenía que volver a huir por ella.

—Lucien, llevamos siendo vampiros tanto tiempo que no sé si he podido descuidar una charla que debería haber tenido contigo hace siglos.

Aunque no es excusa, supongo que el hecho de que estemos muertos…

o lo que sea… —Sacudió la cabeza y el pelo se le deshizo en ondas que bailaron sobre sus hombros—.

Todo eso me hizo pensar que no era necesaria tenerla, dado que tú tampoco parecías interesado en… ejem… esos asuntos. Pero…

—¿Erik está bien? —Decidí interrumpirla porque su azoramiento me estaba provocando un nudo en la garganta y Erik era lo que más me preocupaba y… mi propia conciencia, el monstruo que no sabía cómo volver a dormir… ni si quería.

—Erik es un licántropo, nada de lo que pudieras haberle hecho le habría dañado más de lo que ejem…

suele ocurrir entre nuestras especies. Pero es cierto que la inexperiencia de ambos pudo poneros en riesgo.

No olvidemos que Erik es un licántropo reciente con una gran fuerza.

El control, el que ambos sepáis donde están los límites, es muy importante.

La excitación puede ser muy peligrosa si dejáis que os ciegue.

¡Qué me iba a contar!

—¿Cómo fue con…? —Empecé y me detuve. Entre mi madre y yo flotaban infinidad de preguntas, preguntas que nunca había formulado porque el pasado de Isolda era tema tabú, porque me había cerrado a todo lo que tenía que ver con «él».

—¿Quieres saber cómo fue tener una relación con un vampiro siendo yo una humana?

Asentí. Era una de esas preguntas, aunque no fuera la más importante. Ni siquiera conocía el nombre de mi padre.

Ella me hizo señas para que me sentara a su lado. Sus preciosos ojos verdes brillaron cuando empezó a relatar su historia.

—En el mundo hay tantos reyes como razas, Étienne.

—Mi nombre raras veces se pronunciaba, solo en ocasiones muy especiales.

Supuse que aquella lo era—. Tu padre era uno de ellos, como ya sabes, el mío también, un rey humano con más codicia que amor por su familia.

Unos cuantos barriles de vino, un par de cofres de oro, y aquel simplón decidió casar a su hija con un hombre del que no sabía absolutamente nada; tan envuelto en el misterio que nadie había oído hablar de él hasta el momento en que cruzó nuestro patio de armas acompañado de varios de los suyos con sus ropas elegantes y su altivez.

—Suspiré. Ella sonrió y puso la palma de su mano sobre la mía—.

Durante un tiempo fui feliz… de alguna manera.

Él me trataba con gentileza, incluso con ternura.

Nunca me reveló su naturaleza, y puede que aquello se hubiese mantenido así si no lo hubiese descubierto…

alimentándose. Por aquel entonces tú ya estabas dentro de mí, por eso huí, no quería aquella atrocidad para ti.

¡Qué ironía! —Rió con amargura. Luego se quedó un momento pensativa y me pareció sentir el chasquido de un pestillo al cerrarse; Isolda de Montclair volvió a guardar bajo llave los recuerdos que le pertenecían únicamente a ella—.

Bueno, hijo… —Se levantó y me dio un beso en la coronilla—.

Toda esta historia viene a decir que si tu padre sabía mantener sus colmillos a raya, tú también sabrás.

—No sé cómo encajar que confíes en mí para algo tan serio, cuando sigues persiguiéndome para que me lave los dientes. —Liberé una carcajada y ella me revolvió el pelo.

—No me quites los pequeños placeres, Lucien Lacroix. Haz los deberes, anda —me ordenó, regresando a su lugar seguro, donde se sentía cómoda y era feliz, en aquel pequeño mundo donde fingíamos que éramos… normales—. Cuando acabes, baja; he traído sangre fresca.

Me guiñó el ojo y sonrió, dejando mi corazón cálido a pesar de que esa calidez solo era una ilusión.

Me tumbé en la cama.

Rememoré lo que había pasado con aquel maldito lobo imberbe, con aquel problema de ojos dorados cuya sangre había probado y que…

joder, no podía quitarme de la cabeza. La extraordinaria sensación que fue sentirme vivo a través de su sabor.

El calor entrando en mí y haciendo revivir cada puñetera célula de mi cuerpo.

Di un golpe al colchón y sentí cómo los muelles se hundían.

—¡Lucien Lacroix, espero que eso que he oído no haya sido un puñetazo al colchón, porque como lo hayas deformado…!

Mi madre.

A la mañana siguiente llegué tarde al instituto a propósito.

Aunque me arriesgaba a que me pusieran un retraso, no me importaba.

No quería encontrarme ni por casualidad con Erik.

Tenía la intención de huir de él como en la Edad Media huían de la Peste Negra.

No volvería a estar a menos de diez metros de aquel lobo si podía evitarlo.

—¿También llegas tarde?

¡Venga ya! No me jodas.

Su voz cantarina e insolente me asaltó por detrás, como un depredador acechando a su presa.

«¿Desde cuándo yo era una presa?». «¿Desde cuándo mis sentidos eran como los de esos pájaros que se extinguieron porque no vieron el meteorito hasta que lo tuvieron explotándoles la cabeza?».

Cerré los puños con fuerza y esquivé mirarle.

No iba a responder a sus provocaciones. Esa vez no.

Subí los escalones de la entrada que aún me quedaban por salvar y corrí por el pasillo como si me persiguiera el perro del averno.

Luego ascendí al segundo piso con la vigorosidad que se esperaba de mí, atravesando el vestíbulo sin responderle, fingiendo que no existía.

Pero estaba tan cerca, que cada vez que respiraba atrapaba su olor como un mendigo.

Mierda.

Odiaba la vulnerabilidad a la que me sometía su proximidad.

Aquella maldita confusión.

Aquel molesto anhelo.

A dos pasos de la puerta del aula «A de alucinantes», volvió al ataque.

—Está bien, huye de mí. Y tampoco me mires, así no verás la herida que aún tengo en el cuello por tu mordedura.

Esas palabras me detuvieron en el acto.

Me giré, haciendo justo lo que el muy tramposo pretendía que hiciera, cayendo en su juego como un novato porque por supuesto su piel estaba perfectamente sana.

¿Cómo podía haber picado en algo tan estúpido? Era un licántropo, joder, su poder de curación acelerada se lo habría dejado intacto en segundos.

Bufé.

Me habían entrado unos absurdos calores imposibles dentro de mi interior frío como el hielo. Sus carcajadas de listillo terminaron de desquiciarme mientras se dirigía al aula «B de Barrabás».

¡Cómo le odiaba!

Al entrar en clase me cargué un retraso para nada, porque no había evitado el encuentro. Tendría que ser más creativo la próxima vez, y menos idiota.

—Señor Lacroix, según tengo entendido ayer estuvo usted involucrado en una pelea y hoy se lleva un retraso.

¿Piensa continuar con esta repentina actitud?

—me recriminó el profesor de turno, el señor Ebrard, que impartía Sciences économiques et sociales.

Un sexagenario en su último año antes de la jubilación que era el vivo retrato de Platón.

Luego se quedó observándome, supuse que tratando de descifrar qué podía haberme pasado para alterar de repente mi perfil de estudiante casi perfecto, derrochando en mí su «sabiduría de viejo», conjeturando si podía tener problemas en casa, si me habían dejado, o me había enganchado al casino online.

No respondí porque era una evidente pregunta retórica y además no estaba para psicoanálisis, ni para ninguna otra cosa.

Me senté en el pupitre y, cómo no, Elías se dio la vuelta inmediatamente para someterme al tercer grado.

—Tío, estás raro de cojones. Ayer te metiste en una pelea y hoy llegas tarde. ¿Estás atravesando alguna crisis existencial de esas en las que te revelas? Algo así como lo que le pasó a Peter Parker en Spider-Man 3. ¿Has tenido contacto con alguna sustancia extraterrestre?

—Elías, no tengo idea de qué me estás hablando. Me desperté tarde, eso es todo. Y ayer no me peleé con nadie, pelearse implica dar golpes y soltar algún que otro insulto por ambas partes, y no pasó nada ni parecido.

—No, claro, no hubo «pelea» —dijo, entrecomillando la palabra con los dedos—, y expulsaron al idiota de Luc por nada. Qué bien merecido se lo tenía, por cierto. Aunque solo un día. ¡Qué injusticia! Con todas las que ha hecho. Pero como sus padres tienen pasta. El director es un gilipollas clasista.

—¡Señor Bernard! —le llamó la atención el señor Ebrard—.

Si piensa usted que va a pasarse este curso hablando con el señor Lacroix, están ambos muy equivocados.

A la próxima que lo pille mal sentado lo envío primero al pasillo y después lo pondré aquí —y señaló el pupitre que estaba delante de su mesa—, cerquita de mí.

Elías se giró rápidamente y se pasó al menos aquella clase «quietecito».

Así pude regodearme en mi estupidez. Estaba cayendo en tantos tópicos adolescentes que me estaban dando ganas de darme un puñetazo a mí mismo.

Y para colmo, la chica del asiento de al lado no paraba de mirarme, de dejar caer cosas al suelo cerca de mi mesa con la intención de que yo se las recogiera.

Por el rabillo del ojo la vi agitar el pelo tan fuerte que creó una corriente de aire que a punto estuvo de desestabilizar todo el ecosistema de la clase.

Luego se lo volvió a colocar detrás de la oreja, para volver a agitarlo segundos después, cayendo en un bucle imposible de soportar.

Se llamaba Marie Meyer y el año pasado también había estado en mi clase, pero no recordaba que hubiera sido tan molesta.

Aunque sí recordaba su olor; se rociaba con algún perfume que olía muy fuerte.

Cuando observé su lápiz por quinta vez chocar contra mis deportivas, lo pisé con tanta fuerza que lo pulvericé.

Se acabó.

Oí su gritito ahogado y sonreí.

Esperaba que aquello la disuadiera de seguir por ahí, al menos por un rato. Sin embargo, en cuanto acabó la clase, me miró y hasta tuvo la osadía de hablarme.

—Me debes un lápiz.

¿Qué se suponía que debía responderle?

No me gustaba interactuar con nadie, solo toleraba a Elías, y no siempre. Pensaba que mis pintas de fantasma atormentado me evitaban este tipo de situaciones. Así había sido siempre.

Y entonces descubrí la razón yo solito: la culpa era mía. Había reaccionado, no solo con Luc, ese había sido mi segundo craso error. Aquella chica había empezado a interesarse por mí y yo, inconscientemente, había estado jugando con ella. Si hasta había sonreído.

Estaba coqueteando.

«Mierda, Lucien».

Por fortuna Elías vino en mi rescate. Debía tener tal cara de espanto que se activaron sus poderes de protector de «El Niño». Se levantó y cogió su mochila. Esperaba que no tuviera una pistola allí dentro y le pegara un tiro a Marie.

O sí.

No sabía lo que quería.

—Marie, ¿qué pasa? ¿Quieres hablar conmigo mejor sobre ese tema?

—Se acercó mucho a ella. Apoyó las manos en el borde de la mesa.

La chica se levantó alarmada, y él aprovechó para pasarle el brazo por encima del hombro mientras la conducía hasta la puerta sin ninguna sutileza.

La siguiente clase era Historia del Arte y había que bajar a la sala de proyecciones que estaba en el primer piso.

¿Y lanzarla por las escaleras?

—Lucien es un poco tímido con las chicas guapas, pero yo no. No te preocupes si te debe un lápiz, le obligaré a comprarte uno. No es tan idiota como aparenta. Por cierto, ¿tienes cuenta en YouTube?

Sonreí y los seguí en silencio.