-6- #2
—Y tú, cachorro de lobo, ¿no muestras respeto? —me dirigí a él.
Entonces Carl, o Robert, no tenía ni idea de quién era quién, lo cogió del cuello obligándolo a inclinarse. No me contuve y dejé escapar una carcajada. Al parecer todos los padres eran iguales. Y verlo hacer aquella mueca de fastidio no pudo regocijarme más. Era pueril por mi parte, pero ¡qué coño!
—Bueno —cortó mi madre aquella solemnidad que le traía recuerdos de un pasado en el que no le gustaba pensar.
Que me llamaran rey la llevaba hasta aquel otro rey, a aquella vida que no había querido, de la que había huido y que finalmente la había encontrado para arrastrarla a profundidades aterradoras—, eso de los rangos está muy bien, pero siempre me ha parecido excesivo.
En esta casa no tenemos más jerarquía que la de padres e hijos.
No queremos que a Lucien se le suba a la cabeza su alto standing de vampiro mayor del reino.
Cariño, ¿por qué no le enseñas tu cuarto a Erik?
Seguro que tenéis muchas cosas en común, ya que ambos sois de la misma edad y vais al mismo instituto.
—¡Mamá! —No pude evitar el infantil berrinche—. No tenemos la misma edad. Yo tengo más de quinientos años.
—Lo que tú digas, pero sube. Estos adolescentes —se quejó haciendo un gesto cómplice a los padres de Erik.
—¡Qué nos vas a contar! —Estuvieron de acuerdo ellos, hablando como si fueran uno.
No sabía qué les pasaba a aquellos tres. ¿Acaso era el único que tenía presente que los hombres lobo y los vampiros eran como la mierda y las moscas verdes?
Me marché escaleras arriba sin esperar a ver si Erik me seguía.
No entendía por qué mi madre me ponía en aquella situación.
Si hubiera sido consciente de lo que sentía cuando tenía a aquel lobo cerca, no me habría mandado a enseñarle nada.
Era como si de repente solo yo tuviera sentido común.
Y entonces me hice varias preguntas: ¿Qué sabían los padres de Erik sobre la atracción entre nuestras especies?
¿Estaban entrenando para hacerme la competencia en estupidez?
¿Y mi madre? ¿Tantas ganas tenía de verme con pareja que cualquiera le valía?
Tan pronto estuve dentro de mi habitación, oí cómo se cerraba la puerta.
—Vaya, al fin solos. Qué cuarto tan bonito.
Su tono no me gustó un pelo. Oír su voz y saber que estaba en mi dormitorio eran dos hechos que no tardaron ni cinco segundos en hacerme hervir de nuevo.
«Puto problema».
«Puto puto problema».
—Puedes mirarme que no muerdo —rió Erik.
—¡Qué gracioso, de verdad! Si quisiera, te arrancaría la carne del cuello antes de lo que dura un chasquido.
—Acércate entonces, si crees que podrías conmigo tan fácilmente. —No me daría la vuelta, no lo probaría—. Pues a la mierda, Lucien.
Y veloz como el animal que era, Erik se puso delante de mí.
Sus manos agarraron mi pelo con fuerza.
Un fugaz instante me miró a los ojos antes de cerrarlos, aquellos ojos dorados que se habían oscurecido hasta perderse en el marrón que los endulzaba, aquellos ojos en los que podía verme como él me veía: el pelo revuelto, la expresión ansiosa.
Y acercó su boca a la mía.
Y la piel de mis labios se mezcló con la tersura y el calor de los suyos.
Un gruñido incendió mi cuerpo y aumentó mis ganas de tocarle, como una chispa que arrasa todo a su paso en segundos.
Le rodeé la cintura para acercarlo más, para que su cuerpo presionara el mío allí donde lo necesitaba. Allí donde mi sangre pareció concentrarse.
El ansia se volvió fiera.
Nuestras lenguas saboreándose.
Los gruñidos de Erik cayendo en mí.
Mis labios, lacerados por sus besos, se retrajeron.
Deslicé la lengua de su boca a su barbilla, tomándome mi tiempo para disfrutar el descenso hasta su garganta; las puntas de mis colmillos marcando un camino rosáceo sobre su piel, lujuriosas, acudiendo a la llamada de aquel cáliz rebosante de vida.
Entonces profané su carne, y el sabor de su sangre me enajenó.
Sentí cómo mis ojos se volvían tan negros como la noche. Encendiéndose como dos putas farolas.
El monstruo salió de caza. Abrió del todo sus fauces y liberó su deseo de succionar, de saciarse de calor… de vida.
Lo quería todo y quería más.
La excitación adueñándose de cada molécula de mi cuerpo.
Erik estaba perdido en el éxtasis de mi mordida. Sin voluntad. Podría haberlo dejado seco si hubiese querido. Me habría suplicado que no parara incluso entendiendo que el precio era la muerte.
Lo empujé hasta que sus pies tropezaron con el borde de la cama.
Él quería morir de placer, y yo quería matarlo para dárselo…
Dos almas destruyéndose. Perdiendo el control sobre la vida y la muerte.
Y entonces, cuando el raciocinio ya no podía detenernos; cuando como dos inconscientes caíamos en la locura, los pasos de mi madre subiendo las escaleras se colaron en mi embotamiento.
Solté a Erik tan bruscamente que su cuerpo cayó hacia atrás sobre la cama.
No me quedé a comprobar si aún respiraba, si mi ignorancia de novato le había arrebatado la vida.
Salté al tejado y de ahí al cielo, como un cohete que escapa en el último segundo de la explosión de un planeta.
Salí a respirar un aire que no necesitaba.
Salí huyendo del monstruo que habitaba en el fondo de mi alma negra.
Una risa que no reconocí como mía reverberó en el vacío.
Debatí conmigo ¿qué era yo? ¿Qué experiencia de mierda era la que acababa de tener? Me pregunté si mi naturaleza oscura conocía la diferencia entre el bien y el mal.
Llegado el último aliento, la última gota de sangre de Erik antes del fin, ¿me habría detenido?
No, gritó el monstruo, nosotros somos la muerte.