Lucien y los siete Infiernos -6-
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Licántropo

Los hombres lobo eran un fastidio para los vampiros en todos los sentidos.

Para empezar, sus bocas llenas de fuertes dientes, sus instintos salvajes, su increíble fuerza y su poder de curación acelerada los convertían en seres letales.

También tenían una gran longevidad. Algunos lobos llegaban a superar los doscientos años.

Y luego estaba su poder de atracción. Su agradable y acogedor calor, como estar ante una chimenea con una taza de chocolate caliente entre las manos en un gélido día.

Sensación de hogar. Su portentosa sangre, todas las sensaciones físicas de vida y libertad que nos transmitían cuando la probábamos, los convertían en criaturas fascinantes.

Eran para nosotros…. simplemente irresistibles.

Nunca había tenido contacto con ninguno.

Siempre que mi madre y yo elegíamos un lugar donde asentarnos, parecía ser uno sin ningún encanto para ellos.

Así que, sorprendentemente, y dada la discreción con la que me movía, había pasado aquella pequeña eternidad a salvo de su presencia y de su influjo, hasta aquel momento en que Erik decidió mudarse a Bourg.

Solté al lobo tan deprisa como mi velocidad me permitió. Como si su contacto fuera a contagiarme alguna enfermedad incurable. La excitación de segundos antes seguía flotando en el aire, el calor que emanaba de Erik llegaba hasta mí en vaharadas que dolían.

Una sirena sonó indicando que las clases se reanudaban. Todo el mundo debía estar dentro del aula antes de que cesara, si no quería que le pusieran una nota por retraso; muchos retrasos equivalían a una falta y muchas faltas, a cosas más serias.

—Eres un jodido licántropo —le escupí con rabia contenida.

—Y tú, un adorable vampiro. —Se pasó la lengua por los labios con descaro.

—¿Por qué has venido aquí? —seguí increpándolo, ignorando la excitación que me provocó ver ese gesto de deseo en su boca.

—¿Por qué no debería? ¿Porque estás tú? ¿No crees que este pueblo sea lo bastante grande para los dos?

—Los licántropos siempre traéis problemas. Os movéis por instinto, sin racionalidad.

—Qué sabrás tú si nunca has estado cerca de uno —afirmó como si me conociera—. ¿O me equivoco?

De un salto se puso sobre mí, y fui yo el que se quedó atrapado.

Con una de sus fuertes manos presionó las mías uniéndolas detrás de mi espalda.

La otra la subió hasta mi pelo. Sentí cómo introducía los dedos y acariciaba mis mechones.

Yo estaba paralizado, deseando que se apartase y suplicando al universo que no lo hiciera.

—Nunca había tenido a un vampiro tan cerca.

¿Sois todos tan atrayentes, o solo tú? Cuando estás cerca siento una llamada animal hacia ti.

Me resulta molesta pero también imposible de resistir.

Necesito que tú me digas qué significa. Somos criaturas diferentes.

Aunque no estamos en guerra abierta, no nos vamos de barbacoa juntos.

¿Por qué siento esto? ¿Por qué lo sientes tú?

Erik era un lobo reciente. Parecía ignorar la energía que atraía a nuestras especies. Daba la impresión de estar perdido y eso me hizo sentir con poder sobre él porque, al menos en la teoría, yo sí sabía por qué estaba así, pero él se mostraba como un alma cándida.

—No sé de qué me hablas —le respondí sonriendo con suficiencia.

Entonces rápidamente bajó la mano y la dejó sobre la cremallera de mis vaqueros. La locura estalló en mi cerebro y me embotó los sentidos. Perdí mis capacidades. Se esfumó mi control sobre lo que ocurría a mi alrededor porque mis instintos de repente no me pertenecían.

Podría haber peleado con él. Habría sido una pelea reñida, pero habría ganado. Yo era más poderoso; mi sangre real me hacía el más fuerte de los míos, algo que, me convencí, él no sabía, por eso jugaba conmigo creyéndose con posibilidad de vencerme.

—Yo, de ti, quitaría la mano de ahí.

—Intenta impedírmelo. —Y ejerció una pequeña presión que me envió rayos de calor abrasador contra el estómago. Mi cuerpo pareció entrar en combustión.

—Basta. —Tenía la voz quebrada por el deseo.

—Hazlo.

—¿El qué?

—Bésame.

Joder, habría sido tan fácil como dejarme llevar, acabar con aquella demencial sensación de que el corazón volvía a latirme.

Entonces la puerta se abrió y un profesor de guardia nos llamó la atención.

—¿Qué hacéis ahí los dos? ¿No habéis oído el timbre de clase? Venga, si salís pitando ya, puede que no os pongan un retraso porque es el primer día. Pero que no vuelva a ocurrir: cuando el descanso se acabe, a clase derechitos.

Era el señor Thomas. El año anterior había sido mi profesor de Matemáticas Complementarias.

Erik se alejó con reticencia. Yo seguí sus movimientos con la cabeza bullendo de actividad cerebral. Un lobo, un puto lobo adolescente al que no podía repeler. Después de mi larga existencia esquivando todo eso del deseo físico, menudo pedazo de putada.



El lycée estaba casi en el límite de Bourg, junto a la carretera que salía del pueblo.

Elías y yo recorrimos juntos unos metros antes de que nuestros caminos se separaran; su casa y la mía estaban relativamente cerca, pero la de Elías estaba tres calles por detrás de la principal, en la zona opuesta a la mía.

Durante el trayecto siguió insistiendo en cómo se me había ido aquella mañana la olla, en lo raro que había sido. Y eso que no sabía nada de lo que había pasado después.

—Bueno, no te metas en más líos, ¿vale? No si yo no estoy presente. Recuerda que soy Trico. Luego te paso el enlace a mi canal, te quiero dando likes como loco. —Y se alejó.

Yo tenía muchas cosas en las que pensar, así que me fui metiendo por calles traseras hasta que llegué a una región boscosa.

Me quité la camiseta, la enrollé y la guardé en el bolsillo de mis vaqueros.

Entonces dejé que mis alas salieran. Las desplegué como quien desentumece un miembro que se le ha quedado dormido, y de un impulso salí volando.

Me elevé todo lo que me fue posible, hasta dejar atrás las nubes, hasta que el sol amenazó con derretir mis alas, derribarme como derribó a Ícaro. Pero mis alas eran resistentes, mis alas pertenecían a otro mundo, pertenecían a las Tinieblas, y cuando estaban fuera, el sol no podía quemarme.

Me quedé suspendido en el aire, planeando sobre un río que discurría impertérrito bajo una capa fina de hielo, ajeno a mí y a mis movidas.

Vi nieve.

Cuando decidí que ya había hecho bastante el tonto, aterricé en el tejado de mi casa, junto a la ventana de mi habitación. No solía hacer aquellas cosas cuando aún no había oscurecido lo suficiente, pero aquel día no me sentía yo.

Antes de entrar me sonó un mensaje en el móvil. Era Elías, me pasaba el enlace a su canal.

Sonreí.

Elías tenía ese poder.

Mierda, las nueve. Por primera vez había perdido la noción del tiempo y había olvidado ir a la biblioteca para acompañar a casa a mi madre.

—Joder —mascullé.

Entré cabreado, resuelto a no permitir que aquel chico desestabilizara mi vida de aquella manera, pero cuando me disponía a bajar las escaleras con una disculpa en los labios, unas voces desconocidas me alertaron.

Me detuve. Agudicé el oído y abrí las fosas nasales.

Tenía que juzgar bien la situación antes de hacer o decir alguna tontería.

Ya había cubierto con creces el cupo de estupideces por aquel día.

—No sé por qué pensasteis que era necesario presentaros aquí. —Era la voz de mi madre—. No tenemos ningún problema con los licántropos…

¿Licántropos?

Bajé como una exhalación. Con la piel cubierta de ramificaciones negras que me cubrían parte del rostro, que se extendían por mis brazos hasta los nudillos. Los colmillos preparados para despedazar, para proteger mi casa, mi tierra sagrada.

En el salón había dos licántropos adultos y… Erik.

—Oh, Lucien, por fin estás aquí. —Mi madre se giró y me vio transformado en aquella bestia que odiaba ver en mí—.

¡Basta! —me ordenó y yo gruñí—. Lucien. —A la mención de mi nombre desperté de golpe y el monstruo volvió dentro.

No obstante me dejó un hormigueo en las extremidades que me obligó a apretar los puños—.

Te presento a Carl, a Robert y a su hijo Erik.

Aunque creo que ya lo has conocido hoy en el instituto.

Dice que coincidió contigo esta mañana durante la primera clase.

Luego hablaremos del incidente por el que me ha llamado el director —me susurró frunciendo el ceño.

—¿Qué hacéis en mi casa? —les pregunté a los lobos gruñendo como un animal salvaje, pasando por alto que me la iba a cargar luego.

—Solo hemos venido a mostrar nuestros respetos —respondió uno de ellos. Era pelirrojo, con una barba espesa y ojillos diminutos. Bastante esmirriado para ser un hombre lobo.

—¿Cómo sabéis que yo…?

Estaba atónito.

—¿Que eres un rey? —preguntó el otro extrañado.

Este era fornido, aunque fuera de estatura más bien baja.

Llevaba el pelo negro muy largo y solo un bigote a lo Dalí—.

Nos lo ha contado tu madre. —Automáticamente la fulminé con la mirada.

Ella se limitó a poner cara de circunstancias, de «qué querías que hiciera».

«Pues no decir nada, joder», me habría encantado poder responderle, si hubiésemos tenido ese poder que a veces nos atribuyen de telepatía, y que por supuesto no tenemos—.

Erik nos dijo que eras un vampiro, pero no que eras un rey.

Entonces volvió a hablar el pelirrojo.

—No queremos problemas. —«Yo menos», pensé, «y por vuestra culpa estoy hasta el culo de ellos»—.

Somos una manada de solo tres. Nuestra intención es establecernos en el pueblo y vivir tranquilamente.

No sabíamos que aquí había vampiros hasta que Erik nos lo contó esta tarde.

Vinimos inmediatamente. —Y acto seguido agacharon la cabeza dejando el cuello desprotegido para demostrar su sumisión, excepto Erik, que se quedó observándome con ojos curiosos, sin intención de demostrar el respeto que marcaba un protocolo tan antiguo como nuestras razas.