Lucien y los siete Infiernos -5-
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No soy más idiota porque no entreno

Por fortuna, la única asignatura que teníamos Erik y yo en común era la de Humanités, littérature et philosophie. Él no pertenecía al grupo «A de alucinantes»; estaba en el grupo «B de borregos». Lo averigüé haciéndole una visita a la señora Muller, la secretaria.

—Señora Muller, me gustaría saber en qué curso de Terminale está el chico nuevo, Erik. ¿Sería tan amable de mirarlo?

—Lucien, sabes bien que no puedo dar información de otros alumnos.

Sophie Muller era una mujer enérgica. Debía tener unos cuarenta años.

Lucía una larga melena de color rubio platino que siempre llevaba recogida con un lapicero.

Era muy amiga de mi madre. Como lectora empedernida, cuando acababa su horario de trabajo se iba a la biblioteca.

Le llevaba a mi madre un café de la cafetería que estaba al final de la calle principal del pueblo, la rue Montaigne, justo frente al edificio de la biblioteca, y debatían sobre libros hasta que mi madre echaba el cierre.

Decía que le gustaba, que la señora Muller era vivaracha y la hacía reír.

Pero también había cierto grado de conveniencia en aquella amistad.

En lo que me concernía tener a la secretaria del lycée de nuestro lado, nos evitaba preguntas para las que no teníamos respuesta cuando algún dato académico no encajaba en el entramado de mentiras que era nuestra vida.

—Lo sé —dije, fingiendo fingí decepción—. Siento haberla molestado, Sophie.

Llamarla por su nombre de pila fue parte de la treta para conseguir lo que quería.

La mujer achicó los ojos y suspiró. Como siempre, me llegó aquel olor penetrante que desprendía, a algo que parecía naftalina.

Todas las tardes, a las ocho en punto, cuando mi madre cerraba la biblioteca, iba a buscarla y caminábamos los tres hasta la mitad de la calle principal, hasta la barbería del señor Bélier.

Allí nos despedíamos de Sophie. Y durante ese tiempo, en aquella intimidad, solía llamarla por su nombre.

Ella me lo había pedido. Sophie vivía sola en un piso encima de la barbería.

Por lo que me había contado mi madre, se había casado siendo muy joven con un agente de seguros, pero las constantes infidelidades de él acabaron con el matrimonio en apenas tres años, y desde entonces prefería la compañía de su perro, un chihuahua llamado Marvin.

Nosotros vivíamos dos calles por detrás de la principal, en una residencia de dos plantas que contaba con un pequeño jardín de la avenida Mouffetard.

—Solo por esta vez y porque es una información que estuvo publicada hasta hace unos días en la web del lycée.

Hundió la cabeza en el teclado del ordenador y luego me miró.

—B. Pero ambos tenéis en común al profesor Beaumont.

—Gracias, Sophie. —Le guiñé un ojo—. Es usted un sol. Y ya que lo tiene delante… ¿Podría decirme de dónde viene trasladado?

Se tensó en la silla y me fulminó con la mirada.

—Señor Lacroix, a clase.

Había que intentarlo.

Cuando por fin entré en el aula, ya casi estaba acabando la clase. Había perdido el tiempo no solo en secretaría, sino también subiendo hasta allí a paso de tortuga con ciática.

Enseguida localicé a Erik sentado en la primera fila, bien lejos de mi mesa. Al menos esa parte la había pillado, porque en lo demás… sus ojos me siguieron desafiantes y tenía asomada una sonrisilla de suficiencia que me puso de mal humor.

De pie, con el trasero apoyado en su mesa, el señor Beaumont estaba citando a Kant:

—«La violencia destruye la igualdad». Empezaremos este curso, gracias al señor Lacroix —me señaló al tiempo que avanzaba entre los pupitres—, haciendo un trabajo sobre el texto de Kant de 1795, Sobre la paz perpetua.

Quiero que lo leáis, que lo interioricéis y que me entreguéis, antes de las vacaciones de otoño, cinco mil palabras con vuestra opinión más personal aplicada a la violencia en las aulas.

Mis compañeros me miraron como si yo fuera un objetivo y ellos un grupo de francotiradores.

«Genial. Deberes el primer día y por mi culpa».

En cuanto me senté, Elías me acribilló a preguntas, menos mal que el señor Beaumont, que ya había tenido suficiente emoción para una jornada, lo llamó al orden.

—Señor Bernard, está tentando mucho a la suerte hoy. Si es tan amable, salga fuera y hágale todas las preguntas que quiera a la pared del pasillo. Por favor.

—Pero, profe…

—Pero nada. Una palabra más y acabará como su amigo, el señor Lacroix, visitando al director en su primer día.

Elías se levantó haciendo un ruido innecesario con la silla, lo que provocó la dentera de algunos alumnos que se metieron los dedos en el conducto auditivo para mitigar el chirrido.

—Seguimos luego —me amenazó antes de dirigirse por el pasillo, en dirección a la puerta, haciendo cimbrear las caderas.

De cualquier forma, y a pesar de lo mucho que insistí en que dejara el tema, en las siguientes horas continuó «dándome la lata» con frases como: «¡qué fuerte!

», «no sabía que tenías esa mala leche», «¿de qué conoces a ese chico?

», y un sinfín más de preguntas incómodas y expresiones de flipado.

Hubo algunos momentos en los que barajé la idea de lanzarlo por la ventana abierta hasta el pueblo de al lado.

También pensé en extender las alas y sacarlo volando de allí atravesando el cristal de la ventana.

No hice nada de ello, pero me supuso un gran esfuerzo contenerme.



—Joder, Elías, cállate ya.

Estábamos en la cafetería.

La jornada tenía un descanso de tres horas entre clases que servía para que la jauría de estudiantes tuviera un tiempo de esparcimiento y pudiera «mezclarse».

Se suponía que parte de ese tiempo debía dedicarse al almuerzo, pero solo almorzaban los raritos, los frikis y los empollones, los demás perdían el tiempo en otras actividades más…

sociales al tiempo que jugaban con la comida.

—Vale. Es que siempre has sido un tío tranquilo a pesar de esos músculos que tienes. —Con la mano llena de chocolate del donut que se estaba comiendo, me apretó el brazo antes de que pudiera percatarme de lo que iba a hacer y esquivarlo.

—¡Estás helado, joder! —Me miró impresionado—. ¿Quieres una sudadera? —Y se puso a revolver en su mochila, esa que llevaba cargada de cosas que creía que podría necesitar «El niño».

—No, gracias. No tengo frío. —Por eso nunca dejaba que me tocaran.

Bourg era un lugar gélido, de acuerdo, pero el mío no era frío de clima, era frío de muerto.

Aunque la diferencia era sutil, estaba ahí.

Puede que la mirada de miedo de Luc mientras tuve agarrada su garganta se debiera a que estaba a punto de sufrir una hipotermia.

—Como quieras. No entiendo cómo es que con el frío de muerte que hay en este pueblo siempre vas por ahí haciéndote el duro en camiseta.

Y no me mientas, tío, pareces un puto cubito de hielo.

Pero tú mismo. —Se encogió de hombros y volvió a dejar la mochila en la silla de al lado, desistiendo ante mi cara seria.

No me gustaba la ropa de abrigo, picaba.

Además era más sencillo quitarse una camiseta y guardarla para poder salir volando que meterse en el bolsillo trasero de los pantalones un abrigo de pelo—.

Uy, no mires, pero el nuevo no te quita ojo.

Está sentado a un par de mesas de nosotros.

—Cambió tan rápido de tema que me dio vueltas la cabeza.

—No quiero saberlo —le respondí incómodo. Era más que consciente de su presencia y de su mirada.

—Sigo sin entender por qué fuiste a por Luc como si te hubiera explotado un petardo en el culo.

—Elías. Mierda. ¿No irás a empezar otra vez?

—No, pero si vuelvo al tema es por tu culpa. Has creado un efecto mariposa de alucine.

—¿Qué? —A veces, Elías me desesperaba con sus ideas.

—Que ahora todos pensarán que eres como una especie de paladín de los débiles. No solo te mira el nuevo, te has convertido en una atracción de feria.

Observé a mi alrededor y vi muchos rostros vueltos hacia mí, oí cuchicheos y sentí sobre mi alma condenada la calidez de algunas sonrisas.

«No».

«Mierda».

Me levanté de un salto. De repente me estaba ahogando, y en mi caso, eso era necrológicamente imposible.

—Me voy al baño. Ahora vuelvo.

Necesitaba mojarme la cara. Dejar de hiperventilar y recuperar la normal condición de vampiro que no sufría ataques de pánico.

Estaba siendo la mañana de clases más larga de toda mi «no vida».

Los baños de la planta baja estaban en la otra punta del pasillo. Los alumnos teníamos prohibido movernos por allí durante el descanso; si necesitábamos usar el baño, debíamos ir al de la cafetería. Pero yo no estaba aquel día para normas.

Abrí la puerta batiente con brusquedad y, tras comprobar que todos los cubículos de los retretes estaban vacíos, apoyé las palmas en uno de los lavamanos y me observé en el espejo porque, a pesar de lo extendido en leyendas y ficción, los vampiros sí tenemos reflejo, y el mío tenía cara de loco.

«Joder, Lucien, tienes que serenarte», recuerdo que me sermoneé.

Me estaba enfadando conmigo mismo. Yo no era uno de aquellos estudiantes.

En teoría yo tenía quinientos diecisiete años.

Tenía mis hormonas, de acuerdo, pero eran unas hormonas muertas.

No estaba mi cuerpo para segregar más. Era un puto vampiro.

¿A qué venía ese sudor frío? ¿Desde cuándo cojones sudaba?

Razoné conmigo mismo que, si seguía así, iba a acabar en el despacho del orientador contándole mis problemas de «nosferatu» obsesionado con el chico nuevo, como si no pudiera ser más idiota porque no entrenaba.

Entonces el espejo me mostró una imagen detrás de mí. El muy memo me había seguido. No me lo podía creer, así como no me podía creer que no le hubiese oído entrar.

—¿Qué se supone que estás haciendo aquí? —le reproché sin moverme de mi posición, hablándole a través del espejo.

—Me estoy meando. ¿Algún problema? —respondió con chulería.

«Pues sí, pedazo de idiota».

En respuesta, siguiendo un impulso, fui hacia él y lo empujé contra la pared.

En el último segundo puse las manos detrás de su espalda para protegerlo del impacto contra los azulejos, pero enseguida las llevé hasta su garganta.

No ejercí ninguna presión. Mi intención no era hacerle daño, solo intimidarle.

Sin embargo, pasada la primera sorpresa, no detecté miedo en sus ojos.

Teniéndolos tan cerca, me di cuenta de que no eran exactamente del color de las avellanas, como me habían parecido al principio, sino dorados con motas de marrón salpicando todo el iris.

«Preciosos», pensé sin poder contenerme.

Tampoco pude evitar acercar la nariz a su cuello, como un autómata cuyo control lo tiene otra persona.

Olía a madera, a bosque y a algo tan salvaje como la libertad.

—¿Qué haces? ¿Me estás oliendo? —me preguntó divertido.

—No sé qué te hace tanta gracia. —Odié que se percatara de mi falta de control—. ¿Por qué me has seguido?

—¿Y por qué no?

—No me respondas con otra pregunta.

—Tú no respondes a ninguna de las mías. ¿Por qué mi presencia te incomoda? Ese chico que estaba contigo te tocó el brazo y no lo empujaste contra la pared. Yo ni siquiera te he rozado. ¿Ves? Mis manos están lejos de ti.

Cuando hablaba, su boca se acercaba a la mía con movimientos casi imperceptibles.

Si no hubiera sido un vampiro, no lo habría notado.

Me atraía con ella, obligándome a perderme en sus labios carnosos, en la punta de su lengua.

Entonces, entre el hipnotismo que estaba ejerciendo sobre mí, percibí algo más: la vena de su cuello que rocé con el pulgar comenzó a llenarse de sangre.

La temperatura de su cuerpo subió varios grados.

Un gruñido vibró bajo la piel de su garganta.

Los colmillos respondieron chocando contra mi lengua.

Me relamí.

Su boca me llamaba.

Su latido me llamaba.

Su calor me llamaba.

Acerqué los labios a escasos centímetros de los suyos.

Subí la mirada.

Sus ojos me gritaban que lo hiciera. Gritaban que le besara.

El anhelo que había en aquel dorado era embriagador.

Y entonces, cuando estaba a punto de perder del todo la cordura, lo vi tan claro que tendría que haberme dado un puñetazo a mí mismo porque sí, se podía ser más idiota con el entrenamiento adecuado: Erik era un puto hombre lobo y yo… no lo había visto ni de lejos.