Lucien y los siete Infiernos -4-
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Los tontos se cuentan por pares

Tenía a Luc contra el suelo. Mi mano en su garganta. En la boca, la punta de los colmillos abriéndose paso, la excitante promesa de lo que vendría después: los gritos, la sangre.

Los alumnos se movían a nuestro alrededor. Algunos soltaban exclamaciones de asombro, otros reían. Por el rabillo del ojo vi teléfonos grabando.

El rostro de Luc era de absoluta perplejidad y de otra cosa que me complació enormemente… miedo. Imaginé que en mis ojos se había encendido aquel brillo incandescente que los oscurecía cuando algo me enardecía. Sabía bien el pavor que podían provocar aquellos ojos: ojos de vampiro.

—¿Qué está pasando aquí?

Era la voz de uno de los profesores salvándome del desastre, abriendo una brecha en mi mente que empujara mi naturaleza animal de nuevo a la hibernación, que obligara al monstruo a regresar a la oscuridad.

Los colmillos vacilaron, la red de venas de mi piel latió. Ambos querían salir a cazar. La bestia se rebeló contra mi orden de retroceder cuando había vislumbrado una fisura por la que escapar.

Las alas me hormiguearon. Solo me habría faltado que salieran y liaran una tan grande que tuviera que intervenir el ejército.

En todos mis malditos años como alumno de instituto jamás había reaccionado ante una provocación tan fútil, una que ni siquiera me concernía.

Siempre había mantenido un perfil bajo. Siempre prudente.

Salvo con Elías, procuraba no hablar con nadie, no destacar, y en aquel momento, por un desconocido del que no sabía nada, había estado a un mordisco de revelar lo que era y arrastrar a mi madre conmigo hacia las fatídicas consecuencias de semejante acto de estupidez.

El monstruo gruñía, como aquel mastín famélico de hacía quinientos años.

Entonces, cuando todavía trataba de salir de aquella neblina indemne, el chico me tocó el hombro.

Supe que era él porque el estómago volvió a rugirme, pero esta vez como si dentro de mí un dragón abriera sus fauces y quisiera tragárselo entero.

Le aparté con brusquedad porque su contacto me quemó en lugares demasiado míos.

—Lucien Lacroix, suelta a tu compañero ahora mismo.

Oía lo que el profesor me decía, pero yo seguía en guerra con el vampiro. No podía moverme porque no tenía claro en qué dirección hacerlo, ni quién tomaría el control.

—¡Lucien! —repitió con una nota de autoridad más punzante, más apremiante. «Tienes que irte de aquí. Ahora», le ordené al monstruo que, a regañadientes, gruñó y soltó la garganta de Luc. El chico tenía la respiración acelerada y los ojos espantosamente abiertos.

—A dirección. —El tono de voz del profesor fue prepotente, pero yo olía su miedo. Apestaba—. Y ustedes dos también. —Señaló al nuevo y a Luc, que seguía debajo de mí.

Me incorporé despacio, retrasando el momento de comprobar que todos me miraban con horror.

Por fin libre, Luc reptó hacia atrás unos pasos, hasta que chocó con la pata de una mesa y pareció despertar de una pesadilla.

Se levantó.

Uno de sus amiguitos intentó ayudarlo.

—¿Estás bien, tío?

—¡No me toques! —Lo empujó sin miramientos, humillado.

Elías se me acercó. Estaba más estupefacto que los demás.

—Tío, ¿qué cojones te ha pasado? Ni siquiera me he dado cuenta. En un segundo estabas sentado detrás de mí, y al siguiente estabas haciendo el gilipollas. ¿Para qué te metes en estos líos, joder? ¿Qué te había dicho? Déjame a mí estas cosas.

—Elías, vete a tu sitio antes de que acabes también en dirección.

En mi clase no toleraré ese lenguaje malsonante.

—El corazón del profesor fue recuperando paulatinamente su ritmo normal, reduciendo la emisión de adrenalina y cortisol que emanaba de su cuerpo, convenciendo a su cerebro de que lo tenía todo bajo control.

Se llamaba Henri Beaumont e impartía Humanités, littérature et philosophie.

Rozaba los cincuenta, pero estaba en buena forma física.

Siempre vestía con vaqueros rotos, camiseta ajustada marcando pezones y abrigo grueso.

Lucía una generosa mata de pelo, un afeitado perfecto y unas gafas que tenía pinta de no necesitar, a lo Clark Kent—.

Y vosotros, andando, no me hagáis repetir las cosas dos veces.

Y espero que sepáis comportaros hasta llegar allí.

De repente algunos alumnos empezaron a aplaudir y exclamar cosas como:

—¡Bien hecho, Lucien!

—¡Ya era hora de que alguien le plantara cara a Luc!

Fue emocionante y a la vez nefasto, porque aquel estallido decía adiós a mi invisibilidad, si es que alguna vez la tuve.

Salimos los tres del aula arrastrando los pies.

El chico había soltado la mochila, dejándola en medio de la clase.

Caminó detrás de mí, junto a Luc. Noté la sangre bombeándome desde el corazón, circulando por cada una de mis arterias y venas como si realmente estuviera vivo.

Recuerdo que pensé: «Como me mire el pecho y esté moviéndose, me muero otra vez».

Bajamos al despacho del director lanzándonos miradas de asco. Yo, al matón y al nuevo. El matón, al nuevo y a mí. Y el nuevo, solo al matón, porque a mí me miraba de otra forma, me miraba con… interés.

El mismo interés que me negaba yo.

El interés que trataba de enterrar en lo más profundo, entre capas de esa tierra sagrada en la que los mitos decían que debían enterrarse los vampiros.

Recuerdo haberme hecho mil preguntas: ¿Qué tenía aquel chico de especial? ¿Por qué reaccionaba así a él? ¿Por qué en aquel momento?

Desde que me había convertido en vampiro, nunca me había interesado nadie, ni hombre ni mujer ni criatura del submundo.

Todos esos años había vivido ajeno a esos apetitos y de repente…

Gruñí de frustración. Observé por el rabillo del ojo cómo me lanzaba miradas curiosas; cómo se quedaba absorto siguiendo el movimiento de mi pelo cuyos mechones oscilaban —todo lo que podían oscilar— al ritmo de mis pisadas; cómo se detenía sobre mis brazos delgados pero que marcaban bíceps fibrosos bajo la camiseta; como sus ojos bajaban hasta mis pantalones, como entreabría los labios y se quedaban suspendidos en…

«¡Joder!».

«¡Puta mierda!».

Incapaz de seguir soportando aquello, me adelanté a la carrera y me precipité dentro del despacho del director sin esperar un «pase», desesperado por calmar las pulsaciones de un corazón que no me latía desde hacía cinco siglos.

—Director Lefebvre, perdón que le interrumpa sus cosas importantes de… —un sándwich a medio comer descansaba sobre su mesa, y un bocado estaba a punto de obstruirle la tráquea de las prisas por tragarlo—, lo que sea que haga aquí, pero me envía el profesor Beaumont.

En ese momento sonó el teléfono móvil que tenía sobre su escritorio.

El director, Michel Lefebvre, tragó con gran habilidad, para mi sorpresa.

Me hizo un gesto para que esperara y aceptó la llamada.

Durante los siguientes minutos estuvo escuchando con mucha atención, respondiendo únicamente con algunos «entiendo» y movimientos afirmativos con la cabeza.

Me permití observarle con detenimiento. Todo en él resultaba poco creíble; demasiado disfrazado de director: camisa impoluta, chaqueta de tweed marrón con coderas, el pelo perfectamente peinado con una raya a un lado, la barba recortada de manera impecable y gafas.

Después de dar las gracias al profesor Beaumont terminó la llamada y me miró.

—Señor Lacroix… —Torció la boca con expresión decepcionada—. ¿Cómo es posible que haya actuado de una forma tan… inapropiada? Me sorprende, sinceramente. Siempre parece usted conducirse con perfecta corrección.

—Lo sé, director, pero es que hoy el matón habitual ha vuelto a hacer de las suyas y no he tenido más remedio que intervenir, ya que ustedes parecen ignorar que lleva años torturando y molestando a los estudiantes.

Está en su último curso. Ese cabrón está a diez meses de librarse de todo castigo.

Luego seguirá su vida pensando que sus actos no tienen consecuencias y acabará siendo un tipo agresivo; un narcisista que le hará la vida imposible a quien tenga cerca, porque ustedes han decidido que pase el instituto invicto, malogrando así cualquier posibilidad de corregir su personalidad de mierda y su futuro como presidiario.

Michel Lefebvre me miró como si me hubiera vuelto loco.

—En este instituto no consentimos las agresiones físicas ni verbales.

No le permito, señor Lacroix, que cuestione las normas o las decisiones que toma el equipo educativo con respecto a la conducta o castigos del alumnado.

Y mucho menos le compete a usted «intervenir» de ninguna manera.

¡Y tenga por seguro que no toleraré que utilice ese tipo de vocabulario en mi centro!

Escupió más que habló. Tuve que esquivar algunas gotas de manera rápida y sutil.

No obstante, según procesaba su discurso, una idea se gestó en mi mente: la expulsión.

Si conseguía que el director Lefebvre me encontrara tan indigno de «su centro» que me expulsara, podría tener espacio para poner todo lo que estaba experimentando en perspectiva.

Para ir a terapia si era necesario, o recibir tratamiento de electrodos o baños en hielo.

Si me expulsaban tendría tiempo de regresar comprendiendo mejor a lo que me enfrentaba.

¿Me la cargaría con mi madre? Sí. Pero ante la opción de hacer el más espantoso de los ridículos, o la de acabar matando a alguien porque el monstruo se me fuera de las manos, elegí la reprimenda.

Por ello, continué quejándome de todo lo que venía observando en mi larga vida de estudiante, que los fuertes sobrevivían dejando un reguero de destrucción sobre los más débiles y bla, bla, bla.

—¿Va a castigar siempre a los mismos inocentes, permitiendo que los abusones sigan con su reino de terror? —concluí dando un golpe de efecto a mi discurso.

El director se quedó en silencio, los labios ligeramente abiertos.

Vi la saliva acumulándose en su boca junto a los restos del sándwich.

La respiración agitándosele cada vez más.

Los millones de finas venas de su cara aumentando el flujo sanguíneo y acentuándose sobre el color lechoso de su piel.

Su nariz hinchándose. Ya saboreaba la palabra que sabía que estaba a punto de soltar: expulsado.

El calor del despacho pareció subir algunos grados.

El director tenía un pez en una pequeña pecera redonda que hizo «glup» y casi me explotó el pecho del sobresalto. Tal era mi estado de nerviosismo y expectación.

«Venga, hombre».

—Señor Gautie, ¡expulsado! —exclamó mirando por encima de mi hombro.

¡¿Qué?!

Me di la vuelta y vi que aquellos dos estaban bajo el dintel de la puerta. Llevaban ahí todo ese tiempo y, sin embargo, no había sido capaz de detectar y controlar cada partícula de la materia que me rodeaba.

Aquella maldita ansiedad me debilitaba.

—Pero… señor director, yo no he hecho nada, ha sido este gilipollas que se ha abalanzado sobre mí, porque al parecer he ofendido a su «novio» —pronunció esa última palabra con desprecio.

Estaba cargado de veneno. Le había humillado delante de todos, y la vergüenza de verse castigado había sido la gota que colmó su vaso.

Supuse que por eso añadió—: Sois unos enfermos.

Y aun así me revolvió las tripas.

El impulso de ir a por él de nuevo me atravesó hasta nublarme las razones para no matar allí y en aquel momento, pues habría tenido que matar a todos los que había en aquel edificio para cubrir mi rastro, y luego liquidar a todo el maldito pueblo para cubrir una matanza de semejantes proporciones.

Me calmé en cuanto se abrió paso la idea de explicarle a la misma madre que me perseguía incansable para que me lavara los dientes, que me había cargado a cientos de personas.

Poco a poco, pensamiento a pensamiento, la tentación remitió. Entonces mis sentidos se concentraron en estudiar la reacción del nuevo a las palabras de Luc. No la había: se le veía… feliz. No sabía qué hacer con él, cómo interpretar sus motivaciones.

—Ese lenguaje homófobo no será admitido. Tome asiento, señor Gautie. Avisaré a sus padres y, mientras llegan, usted y yo tendremos una charla. Me temo que pasaremos un tiempo juntos en esta mañana de primer día de clase que ya me está dando acidez de estómago.

—Es la mayonesa. Está cortada —le revelé en un impulso.

El olor ácido que me llegaba del sándwich era insoportable.

Solo por haber actuado por una vez con equidad iba a ahorrarle la intoxicación que sin duda habría sufrido si en lugar de un solo bocado se hubiese comido el sándwich entero.

A pesar de que no conseguí de él lo que pretendía, el director Lefebvre había hecho lo correcto.

—¿Cómo sabe…? —me preguntó frunciendo el ceño.

—Tengo un olfato hipersensible —le reconocí.

—Váyanse a clase. —Nos despidió al nuevo y a mí cogiendo los restos de su desayuno y lanzándolos a la basura.

Una vez en el pasillo, volví a sentir la mirada del chico sobre mí. Andábamos a zancadas menos beligerantes que al bajar.

—Soy Erik, por cierto.

Se detuvo y me tendió la mano.

Me detuve yo también.

Me quedé atontado mirando su mano, detectando su pulso caliente y acelerado palpitando en las venas que iban de sus dedos hasta su muñeca. Había una en particular que hacía que mis colmillos clamaran por salir, pero no tenía claro si se trataba de sed de sangre o de otra cosa.

—Me alegro por ti —le solté, negándome a tocarle. No lo habría hecho ni con un palo dado el estado ridículo en el que estaba—. Escucha, no somos amigos, no nos conocemos y tampoco quiero hacerlo, así que mantente alejado de mí todo lo que puedas y no vuelvas a dirigirme la palabra. ¿Está claro?

El chico bajó la mano. Abrió los ojos y sonrió. Y no entendí entonces por qué sonreía.

—Igualmente… gracias por lo de antes. —Y se fue, subiendo los escalones con esos movimientos animales que parecían innatos en él.

Me quedé observando cómo sus pantalones le marcaban cada músculo de las piernas y del trasero mientras ascendía.

Al llegar al primer rellano, se giró y volvió a sonreír.

Y yo me quedé pensando que la opción más efectiva para aquel problema iba a ser cargármelo.