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Lycée per se
La alarma del teléfono móvil me sonó a las siete en punto de aquella mañana de lunes. No estaba dormido; había pasado la noche mirando al techo.
Me levanté de un salto. Abajo ya se oían los pasos de mi madre. Abría la biblioteca a las nueve, mientras que yo tenía que estar en la puerta del lycée a las ocho. Sin embargo, ella era más madrugadora.
Cuando entraba en la ducha, oí la batidora. A mi madre le gustaba preparar una bebida fría que consistía en mezclar sangre fresca y cubitos de hielo que luego sorbíamos con unas pajitas. Tenía un kit para extracciones que había comprado por eBay. A quién le extraía la sangre era mejor no saberlo.
Cuando acabé de ducharme me puse unos vaqueros y una camiseta azul de manga corta y bajé.
—¿Preparado para un nuevo curso? —me preguntó ella con entusiasmo.
—No sé. Creo que empiezo a estar cansado —me quejé arrastrando las palabras. Cogí una pajita y la metí en el vaso. Al instante sentí que se me congelaba el cerebro, pero estaba realmente bueno.
—¿De Bourg? —preguntó ella, sorbiendo más deprisa que yo para que no la dejara sin nada.
—De todo.
Dejó de sorber y me miró.
—Lucien Lacroix, eres un quejica.
Lo era.
Lo soy.
Repetía el primer día de instituto desde hacía mucho tiempo, tanto que no recordaba lo que me había llevado en primer lugar a someterme a aquella tortura adolescente per se, ni por qué seguía haciéndolo como un hámster en una rueda.
Imagino que inicialmente obedeció a la necesidad de compañía, y luego se convirtió en un hábito que le daba cierta «normalidad» a mi existencia.
Vete a saber.
El lycée se llamaba Antoine de Saint-Exupéry por el autor de El principito.
Era un edificio bastante ruinoso, reflejo de doscientos años de historia que no disimulaba.
Y los estudiantes tampoco trabajaban en pro de su conservación; hacían pintadas, maltrataban el mobiliario y se cagaban fuera de los retretes. El desdichado bedel las pasaba canutas.
Ese 2 de septiembre, ese nuevo primer día, me enfrenté a la visión de la entrada soltando un inconsciente y largo suspiro, como si mis pulmones hubieran vuelto a funcionar de manera involuntaria y no me obligara a simular que respiraba para no delatar que estaba muerto.
Ahora lo recuerdo en retrospección y pienso que fue la reacción al fatídico presagio que alguien —pongamos un ente con el don de la premonición— acababa de susurrarme al oído: «Va a ser un año de mierda, Lucien».
Para no variar, hacía un frío que te convertía en estalactitas los pelillos de la nariz y estaba nublado.
Lo cual era exactamente lo que habíamos ido a buscar al mudarnos allí.
Como en aquella saga de libros sobre vampiros adolescentes, teníamos que evitar el sol directo, no porque reluciéramos como si nos hubiesen rociado con purpurina, sino porque nos quemábamos como cerdos en un asador. No moríamos, pero dolía, joder.
En cuanto puse un pie en el primer escalón de la entrada, me encontré rodeado por el brazo de Elías.
Sentí un primer impulso de pegarle un mordisco, pero enseguida recordé que era mi único amigo y que yo tampoco era muy proclive a dar mordiscos, y desistí.
Además, me habría dado muchísima pereza tener que buscarme otro.
Elías era discreto, no hacía preguntas tontas y estaba tan enganchado a la play que, cuando acababan las clases, se metía en la guarida oscura que era su cuarto de gamer y yo no volvía a saber nada de él hasta el siguiente día de clase.
Nada de mensajes, ni etiquetas en redes sociales —que sobra decir que no tenía ninguna—, ni cualquier otra llamada a la acción como «quedar».
Eso lo convertía en el amigo ideal para un vampiro como yo, lúgubre y asocial.
Elías era un chico bajito y regordete. Llevaba el pelo rapado a máquina —decía que así no se le marcaban los auriculares que llevaba puestos la mayor parte del día— de un color rubio tan claro, que dependiendo del ángulo desde el que lo miraras, de repente parecía estar completamente calvo.
Tenía los ojos del color del mar adentro, grandes y llenos de vida que iluminaban aquella sonrisa suya que siempre escondía una travesura.
Llevaba su habitual sudadera de algún videojuego de moda del que yo no tenía ni idea, y aquellos pantalones de chándal anchos que usaba como norma.
—¿Qué hay, Lucien? —Su brazo rodeó por completo mis hombros y las ganas de quitármelo de encima aumentaron de manera exponencial.
No me gustaba que me tocaran—. ¿Qué has estado haciendo todo el verano?
—continuó ajeno a mi debate mental. Conté hasta tres en silencio.
Eran los segundos que tardaría en relatarme «su verano» sin esperar ninguna respuesta por mi parte.
Siempre hacía lo mismo. No porque no le interesara dicha respuesta, sino porque era muy hablador e impaciente, cualidades que me encantaban y me venían al dedillo, pues si hubiese dejado que le detallara en qué había ocupado las vacaciones, habría tenido que matarlo forzosamente luego—.
Yo he pasado un verano flipante. He alcanzado niveles jugando que alucinarías pepinillos.
Y me he abierto un canal de YouTube para subir las partidas.
Y adivina… —hizo una pausa dramática en la que me miró como si fuera a decirme que había descubierto una cura contra la gilipollez— ya tengo quince suscriptores.
—Guau, madre mía, Elías, sí que vas a tope —ironicé, pero estaba tan entusiasmado con el proyecto y tenía tal confianza en sí mismo, que no se percató de ello.
—¿A que sí? —Me soltó por fin el cuello y se enderezó la mochila que curiosamente llevaba llena hasta reventar.
—¿Qué llevas en la mochila si es el primer día? Yo solo he traído un boli. —Reí.
—Por eso me necesitas. Por eso tú y yo somos como Trico y «El niño».
—Me da miedo preguntar quiénes son esos.
—¿De verdad no sabes quiénes son? —Me miró sorprendido, como si todo el mundo manejara esa información.
Negué con la cabeza, fingiendo una mueca de culpa.
—The Last Guardian, tío.
—No me suena.
—No sé cómo puedes vivir en esa ignorancia, Lucien.
—«Ni yo»—. Trico es el protector de «El niño».
Un perro del tamaño de un autobús de dos plantas; una mutación genética mezcla de gato, pájaro y quimera alucinante.
Y «El niño» eres tú, claro.—«Me lo esperaba.
Me pasa por preguntar»—. En esta mochila llevo todo lo que puedas necesitar.
—Se detuvo y me miró con cara de flipado—. Sea lo que sea.
No tenía poderes vampíricos para descifrar aquella frase… y cómo lo agradecí.
—Gracias… supongo —opté por decir ante la imposibilidad de pensar en nada que «decir».
Durante nuestra conversación habíamos avanzado hasta las taquillas.
Ese año teníamos asignadas las del último curso.
Las taquillas más destrozadas de todas. La madurez no coincide con la edad —yo era un claro ejemplo de ello—.
Habíamos alcanzado Terminale, la etapa final del Lycée, y eso significaba que sería mi último año en Bourg.
De repente un pobre chico feo de nuestro curso que llevaba unos pantalones cuatro tallas más grandes se paró delante de nosotros.
—Elías, ¿no tienes pensado este año cambiar de «novia»? —La novia a la que se refería era yo. Mis quinientos años y mi necesidad de pasar inadvertido me otorgaban la serenidad de no responder a provocaciones como aquella, pero Elías solo tenía diecisiete años de los de verdad.
—Sí, estoy pensando en salir con tu madre —le respondió.
—Gilipollas.
Elías le hizo una peineta.
Y el chico se fue, apretando el culo como si se estuviera meando para evitar que los pantalones se le deslizaran hasta las rodillas.
—No hagas caso a esos idiotas. Yo te protejo.
—Elías me dio un golpe en la espalda tan contundente que a pesar de ser un vampiro me desplazó un paso hacia delante.
Era consciente de que mi actitud apocada me hacía parecer un poco pringado, pero de ahí a necesitar que Elías me protegiera…
—. Este año estamos en el grupo A, «A de alucinantes».
Es un presagio. Este último curso va a ser el mejor, ya lo verás.
Y no te preocupes porque me convierta en un famoso youtuber, te prometo que siempre seremos colegas.
Así era Elías, así era su lealtad.
Avanzamos entre la marea de estudiantes que parecían tan despreocupados y felices como solo estaban el primer día, antes de caer en la cuenta de que les quedaban diez meses más en aquella fiesta en la que creían estar.
Aunque el lycée tenía dos plantas y no era muy grande, contaba con veinte aulas, una cafetería modesta, un gimnasio del jurásico con artilugios de tortura medievales como el potro o esas barras horribles sujetas contra la pared para que los chicos levantaran las piernas y se tiraran ventosidades a fin de que pudieran perder el tiempo riéndose y repitiendo la hazaña hasta que alguno se meaba.
Y había un campo de atletismo circular en la parte trasera, reminiscencia de un antiguo redil de ovejas adaptado a la nueva especie de borregos que lo ocupaba entonces.
La clase del grupo «A de alucinantes» estaba al final del pasillo del segundo piso, donde ubicaban a los estudiantes de los últimos cursos siguiendo el absurdo razonamiento de que la musculatura de sus piernas era más fuerte, y por tanto resistía con mejor brío el esfuerzo que suponía pasar toda la jornada escolar subiendo y bajando escaleras en comparación con la deficiente forma física de los estudiantes matriculados en los niveles inferiores.
Las mismas caras llenas de acné del año anterior me salieron al paso cuando crucé la puerta.
En sus rostros las variadas expresiones de su limitado repertorio: asco y risitas tontas.
Pero qué más se les podía pedir, estaban atravesando esa etapa de la vida en la que los humanos morirían de holgazanería si no tuvieran a sus madres detrás todo el tiempo salvándolos de palmarla por la ingesta de algún producto caducado, o de acabar enterrados bajo el desorden de sus cuartos llenos de mierda —como el mío—.
Bastante hacían con llegar vivos al final del día.
Algunas miradas femeninas y masculinas me acompañaron hasta uno de los pupitres del fondo de la clase.
A mi lado, una chica que ya estaba sentada se recogió el pelo llevándolo hasta uno de sus hombros para dejarlo caer con gracia mientras me miraba con evidente interés.
Como si a mí me atrajera aquel gesto seductor.
Cierto que tenía una bonita melena del color de los Cheetos y una cara pecosa como si le hubiera vomitado el cielo una constelación entera, pero no me interesaba.
Elías se sentó en el pupitre delante del mío. Su objetivo: pasarse las clases girándose para hablarme, distraerme y prestar la mínima atención a los profesores. Sus notas eran tan malas que constituía un milagro que año tras año superara los cursos y avanzara, aunque fuera a la zaga.
Suspiré.
Todo apuntaba a que sí que sería un año de mierda, tal como había presentido, hasta que la atmósfera de la habitación vibró de repente cuando entró él, el chico nuevo, el predecible cliché de esta historia.
Se movía despacio, con cierta timidez. Nada extraño siendo el nuevo y por tanto el indeseado centro de atención.
Y si a eso le sumabas una habitación con la mínima ventilación, porque todas las ventanas excepto una estaban atrancadas por la humedad y la carcoma, y la «tontería» campando a sus anchas, tenías el caldo de cultivo necesario para lo que ocurrió a continuación.
El chico avanzó entre los pupitres con la cabeza inclinada sobre el pecho, sujetando la mochila como si fuera un salvavidas.
Llevaba una de esas chaquetas de pelo en el cuello bajo la que asomaba una camisa de cuadros.
De repente un gesto de su cuerpo, una ligera modificación en su paso, despertó mi curiosidad.
Tenía algo que no encajaba, algo que se me antojó felino.
Sus facciones quedaban ocultas bajo la mata de pelo castaño que caía sobre su rostro.
Súbitamente, como si mi mirada lo hubiese atraído, levantó la cabeza hacia mí y se detuvo.
Durante un tiempo que pareció eternizarse, sus ojos del color de las avellanas mantuvieron el contacto con los míos.
Abrió los labios. Y entonces las olí, despertando al monstruo y haciendo que rugiera desde el fondo de mi estómago: las feromonas.
Él sonrió y a mí se me encendieron todas las alarmas, porque, aunque fuera una puta locura, parecía que las había expulsado a propósito.
—Carne fresca —dijo entonces un imbécil señalándolo; el mismo imbécil de siempre, Luc Gautie, el gallito del lycée.
El comentario hizo que su jauría de seguidores descerebrados se riera exageradamente, tal como hacían con cada una de sus gracias.
Era un «niño de papá» que creía que su ropa cara y su elevado estatus social lo colocaban en lo alto de la cadena alimenticia—.
Mirad, chicos, tenemos nuevo paleto con el que divertirnos.
Me levanté haciendo chirriar la silla. El monstruo, despierto y alerta, amenazó con perforar la garganta de Luc. Una reacción que no sabía cómo gestionar, una reacción que no era mía. El chico nuevo, en cambio, no pareció darle importancia. Siguió inmóvil. Impasible.
—Te estoy hablando, payaso. —Luc Gautie estiró el brazo con la intención de reclamar la atención que no se le estaba prestando, pero no llegó a tocarle, porque salté sobre él en una milésima de segundo, tan deprisa que nadie pudo verme hasta que lo tuve debajo de mí.