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Yo, y yo mismo
Francia.
Habían pasado quinientos años desde aquella fatídica noche en que mi mortalidad quedó destruida.
Por aquel entonces me hacía llamar Lucien Lacroix —aún lo hago—. Me gusta. Cuando lo elegí sabía que sonaba a marca de reloj, pero así era yo. Si no hubiera sido por mi condición vampírica, habría sido «casi» como cualquier chico de diecisiete años.
El tiempo «vivido» me había aportado poca madurez y menos sabiduría. Y eso que había visto de todo, deslizándome por un mundo cambiante a caballo entre lo ordinario y lo extraordinario, entre los triunfos de la humanidad y sus catástrofes.
Había conocido a genios y a idiotas —debo puntualizar que abundan más los del segundo tipo, y a mí me resultaban más interesantes y divertidos—.
Quizá por ello no me había empapado de un gran conocimiento.
Tampoco creo tener un ilimitado espacio de almacenamiento en el cerebro.
Al fin y al cabo, mi hipocampo está muerto.
Si se dice popularmente que el ser humano vivo solo usa un diez por ciento de su capacidad mental, ¿qué queréis que haga yo con lo mío?
Aun así, en aquel momento, yo era el sucesor a un trono en algún lugar del mundo.
Desde el primer instante mi madre fue clara en esa cuestión: con la muerte de mi padre, yo había heredado su reino, el reino de los vampiros, aunque ella los llamó «Sombras de los Muertos». Un reino que no me interesaba.
Considerando que no heredé la belleza deslumbrante de mi madre —la genética es una cabrona—, en cuanto a atractivo no puedo quejarme; siempre podría haber sido peor.
Tengo el pelo negro como las plumas de un cuervo y tan lacio como si me lo peinara con saliva de vaca.
Únicamente parece tener algo de vida cuando vuelo y se me mete en la boca.
Mis ojos son de un gris oscuro y resplandecen como carbones encendidos cuando me entusiasmo.
Pero me entusiasmo poco, la verdad. ¿Para que mentiros si durante mi historia llegaréis a conocerme tan bien como podría conocerme yo, o tal vez incluso mejor que yo?
Mis músculos crecieron cuando la sangre vampírica de mi padre entró en mí y nutrió las fibras de mi cuerpo.
Pero como la cantidad fue mínima y succionar su cabeza cercenada como si fuera la cabeza de una gamba no me atrajo demasiado, me quedé con el aspecto de quien se apunta al gimnasio y no va.
Sin embargo, soy alucinante en muchos otros aspectos.
Puedo desprenderme de una parte de mí y sustituirla por otra parte animal, transformándome en un esperpéntico híbrido, una quimera mitad humano, mitad murciélago, legado de un linaje ancestral y extinto del que soy el último.
También poseo la capacidad de invadir y manipular la mente humana.
Inmortal, ajeno a la enfermedad y al tiempo, solo puedo morir de manera definitiva si me separan la cabeza del cuerpo.
También tengo una fuerza muy superior al resto de los míos, capaz de realizar las más increíbles hazañas y, si quisiera, las más despiadadas.
Podría ser un antihéroe, el antagonista de un salvador, pero llevo en mi interior la muerte escrita en un papel sin tinta.
Hasta el comienzo de esta historia, llevaba una pacífica vida de no muerto, escondido de los otros vampiros de ese reino del que no quería saber nada.
Eran conscientes de que existía en alguna parte, pero la «parte» era la que yo procuraba mantener en el anonimato.
Nada de muertes escandalosas que pudieran ponerles sobre mi pista.
No quería que vinieran a exigirme que hiciera algo tan pretencioso como reinar.
Mi madre proveía como una leona, y yo disfrutaba de dejar dormir al monstruo.
No quería ser como «él».
No quería ser la muerte.
Pero a veces ser la muerte se convierte en tu única elección.
Me gustaba salir al tejado en cuanto caía el sol; agazaparme junto a la ventana abierta de mi habitación sintiendo la gélida escarcha bajo mis pies descalzos.
Estático. Los sentidos atrapados en los sonidos de la noche; aprisionados en el entrechocar de las ramas que el viento sacudía con violencia; conectados al tropismo de la vegetación, a su imperceptible crecimiento que para mí sonaba claro; vinculados a la desintegración de las hojas que habían perdido contra la gravedad y se apiñaban sobre el húmedo suelo formando un manto que pisoteaban los animales nocturnos que salían de caza.
Observar el paisaje nocturno que conformaban bosque y pueblo, sus luces y sombras, era poético, mágico, como admirar la ilustración en blanco y negro de un cuento de hadas.
Las techumbres de las casas lucían un brillo mojado, reflejo de la luz de la luna; las paredes, ese blanco fantasmal que intensificaba la sensación de irrealidad, de pasear por un sueño brumoso y eterno.
Bourg era un asentamiento humano pequeño en lo alto de las montañas, lo bastante alejado del resto de la civilización para dar la impresión de ser parte de otro mundo.
Encapsulado en un invierno que nunca daba tregua.
En aquella singular parte del mundo, mi piel fría no causaba extrañeza ni mi palidez despertaba recelo.
El pueblo estaba dividido en dos zonas: la «cutre» y apiñada, centro neurálgico del discurrir diario de sus habitantes, y la «otra», lejos de su mediocridad, con residencias lujosas salpicadas aquí y allá.
Yo podría haberme instalado en la zona pija, pero es que no soportaba a los pijos. Me daban hambre.
La madrugada era mi elemento; a su cobijo podía moverme con la libertad de mi naturaleza, tan veloz que desaparecía del ojo mortal.
Mi visión alcanzaba distancias imposibles, agudizada hasta el extremo de atravesar la más oscura de las oscuridades. Y tenía la posibilidad de escapar a cualquier rincón del mundo volando.
La noche antes de que mi apacible existencia de vampiro anónimo se fuera a la mierda, mi madre me gritó desde el piso de abajo de nuestra casa para que entrara y dejara de perder el tiempo en el tejado.
—¡Lucien, baja ahora mismo de ahí y vete a la cama ya! Todas las noches la misma historia. ¡Te recuerdo que mañana tienes clase!
Sí, el lycée, mi voluntaria penitencia. Yo debía ser el único vampiro al que su madre enviaba a la cama a las diez con la excusa de que al día siguiente tenía clases en el instituto, obviando el hecho categórico de que no necesitaba dormir porque mi cuerpo no tenía que poner en marcha ningún proceso fisiológico esencial para los vivos —estaba muerto—, y no bajarían mis notas por no descansar las horas suficientes.
Pero admiraba aquella devoción: cómo ejercía su rol hasta las últimas consecuencias.
Cuando entré en la habitación le di una patada a la mochila que estaba tirada en el suelo junto a calcetines sucios y restos de cosas que llevaban tanto tiempo allí que habían evolucionado hasta convertirse en otras más asquerosas y pegajosas.
Y es que, por muy vampiro que fuese, siempre sería más adolescente que vampiro, pues aquella noche de hacía quinientos años en la que asumí mi nueva condición, las hormonas que se «comían» mi cuerpo se quedaron conmigo para hacerme compañía.
—¡Lucien, no le des patadas a la mochila! —me gritó de nuevo. Entre sus poderes de vampiresa estaba el de captar cualquier sonido por irrisorio que fuese, como cualquier madre mortal, pero elevada a la máxima potencia.
—¡Perdón, mamá, me he tropezado! —grité a mi vez, a pesar de que, aunque lo hubiese susurrado, lo habría oído igual.
—Sí, claro. —Aunque no podía verla, sabía que había puesto los ojos en blanco—. No puede ser que con tus reflejos haya sido un simple tropiezo. Obedece. Y no olvides lavarte los dientes.
«¿En serio, mamá? ¿No crees que se te está yendo un poco?».
Pasé de ella y me tiré en la cama. El golpe al caer sobre el colchón sonó como un cañonazo.
Casi me dieron ganas de contar hasta tres, porque antes de cerrar siquiera los ojos, la puerta de mi cuarto se abrió como si un tanque la hubiese derribado.
Mi madre parecía un ángel de la muerte: tenía el pelo revuelto como si acabara de bajarse de un descapotable que había corrido saltándose todos los límites de velocidad.
Llevaba unas mallas y una camiseta negra de los Ramones.
Iba descalza. Los ojos le resplandecían como esmeraldas incandescentes.
En conjunto parecía la definición de una furia desatada a punto de caer sobre mí.
Me levanté de un salto, tan deprisa que me mareé.
—Los dientes, sí. Ya iba. ¡Qué carácter, mujer!
Se quedó parada allí unos segundos, mirando al techo como si pidiera explicaciones al cielo de por qué le habían enviado un hijo tan desastre como yo.
Sopló por la nariz y cruzó el umbral con paso lento, llevando la vista de un lado al otro del cuarto.
Observé lo que ella veía: la puerta del armario entreabierta como una boca con las prendas asomando como si fueran sus vómitos, la cama deshecha, el suelo lleno de porquería.
Casi volví a sentirme como aquel chico que cargaba el cubo por la taberna de René.
Mi madre se hacía llamar en aquel momento Camille.
Había estado leyendo Cazadores de sombras de Cassandra Clare y le había parecido un nombre perfecto.
Así que entonces era Camille Lacroix, madre soltera y bibliotecaria.
Había conseguido el puesto tras la desaparición en «extrañas circunstancias» de la anterior.
Entrecomillo «extrañas circunstancias» porque fue sospechosamente conveniente para mi madre.
Pobre mujer. No la conocí, pero me la imagino con su pelo blanco recogido en un rodete perfecto, sus gafas colgando de una cadena y cayendo sobre una de esas rebecas de punto cerrada hasta el cuello.
Muy entrañable.
Sin embargo, también me la imagino en un callejón, mi madre sobre ella chupándole hasta la última gota de sangre y luego enterrándola en el bosque.
Muy espeluznante.
En aquel momento salía con Gary, un tipo calvo lleno de tatuajes.
Solía aparecer por casa alguna que otra noche, me llamaba campeón y se reía como un memo.
Mi madre lo había conocido en un garito de carretera.
Gary era camionero de profesión y chanchullero de vocación.
Tenía «contactos», como él decía con aquella extraña dicción que le caracterizaba, y es que en la boca tenía más dientes que un tiburón.
Era asqueroso. De niño no se le cayeron las piezas de leche y, como consecuencia, las definitivas le salieron «a su bola» y el muy idiota se enorgullecía de ello.
Sus contactos eran los que nos habían conseguido los documentos necesarios para adquirir las identidades que teníamos.
No sabía qué le había contado mi madre, o qué pensaba él de nuestras extrañas circunstancias.
Era posible que creyera que éramos fugitivos que huíamos de la justicia de algún país chungo.
—Lucien Lacroix, tu cuarto es una pocilga —me regañó. «También, sí». «Lo apunté en la lista»—. Y cepíllate bien los colmillos. Imagínate que tuviera que llevarte al dentista a que te los empasten.
No pude evitar soltar una carcajada.
—Mamá, no creo que a los vampiros nos salgan caries.
—¿Quieres comprobarlo? —Me miró cruzando los brazos debajo del pecho.
Negué rápidamente con la cabeza y me fui al baño entre el sonido de sus bufidos. Estaba ordenando, incapaz de ignorar aquel desastre. Cerré la puerta procurando no hacer más ruido del necesario. No estaba el ambiente para más sobresaltos.
—¡Y ponte el pijama! ¡No vayas a ser tan guarro de dormir con la ropa puesta! —La oí gritar a través de la puerta cerrada.
«¿Aquella intromisión podía ser más humillante?».
—¿Qué es esto por el amor de…? ¡Lucien!
«Sí, sí que podía serlo».