Lucien y los siete Infiernos -1- #2
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Cuando me levanté volví a mirar al desconocido, y descubrí que sus ojos no se apartaban del carretero; aquellas finas hebras negras reptando por sus sienes.

De repente su interés cambió y giró los ojos hacia mí.

Un escalofrío me atravesó la espalda y me oprimió el pecho.

Él ladeó la cabeza, observándome como si fuera un objeto raro, como si no encajara en aquel cuadro.

Sentí, de una forma estremecedora, que ahora él me veía.

No supe entonces qué significaba, ni por qué esa certeza me había asaltado como una verdad universal.

Lo descubrí más tarde cuando, terminado nuestro trabajo, mi madre y yo caminábamos hacia el final de la calle, con los pies empapados de barro, exhaustos, y la muerte vino hacia nosotros; vino hacia mí.

—¿Qué buscas? —le enfrentó la valiente Isolda de Montclair.

—Al chico —respondió él sin esconder sus intenciones, pues tan pronto pronunció esas palabras, sonrió mostrando por completo los afilados colmillos que me había dejado entrever en la taberna.

Sacó la lengua con lujuria y movió la cabeza de lado a lado lentamente.

En algún momento después de largarse sin tocar el vino que mi madre le sirvió, se había quitado la levita y mostraba el torso desnudo.

—No te lo llevarás. —Mi madre dio un paso hacia él—. No te tengo miedo. No te lo tuve en el pasado y no me amedrenta tu presencia ahora, ni tus colmillos, monstruo.

El desconocido dejó de sonreír y la miró con los ojos negros, tan negros como la oscuridad que se cernía sobre la calle, sobre nosotros.

—Me llamas monstruo, pero mira a dónde te ha llevado tu obcecación.

—Chasqueó la lengua y se la pasó por los dientes—.

Mírale a él. —Me señaló y mi madre se sobresaltó.

Palideció tanto que su piel rivalizó con la de él—.

Desnutrido, sin la fuerza que le habría dado mi sangre.

Me lo has ocultado y criado como un mortal, arañando la vida cuando habría sido un príncipe en la muerte.

—Sus facciones se suavizaron casi hasta la ternura, una escabrosa ternura—.

Aún estoy dispuesto a acogerte. Todavía te amo.

—El desconocido se acercó a ella y la agarró con brusquedad de los brazos. Se palpaba su desesperanza.

Me tensé. Estaba aterrorizado, pero sentía que las extremidades me hervían.

Apreté la mandíbula y cerré los puños. Solo tenía diecisiete años, estaba escuálido y era un pánfilo que limpiaba el suelo mugriento de una taberna día tras día, alimentado con sobras, durmiendo apenas unas horas sobre un jergón infectado de chinches que compartíamos en la única habitación que podíamos pagar, pero aquella era mi madre por sobre todo lo demás, por encima de mí mismo… y mi miedo.

—¡Suéltala!

El desconocido me observó con algo parecido a la satisfacción. Enderezó la espalda y volvió la mirada hacia ella, hacia sus brazos enrojecidos por la presión de sus dedos largos como garras.

—Al menos le has transmitido tu valor. La lealtad, en cambio, será cosa suya, ya que no es una de tus virtudes.

—Entonces, lentamente, retiró las manos y liberó su carne—.

He perdonado tu impetuosidad. Tu juventud y tu inmadurez te hicieron tomar una mala decisión.

Lo acepto. Pero no puedo perdonar que me abandonaras cuando ya llevabas en tu interior a mi hijo.

«¿Hijo?», repetí en mi cabeza.

La furia incendió la postura de mi madre, que dio un paso hacia él, irguiéndose como si la realidad no fuese que apenas le llegaba al hombro.

—Tu hijo está muerto. Yo misma le rajé el cuello en cuanto parí aquella monstruosidad.

—Isolda de Montclair temblaba, pero no de miedo.

Tenía los hombros tensos, el gesto severo.

La ira abriéndose camino por su aura y saliendo fuera de ella para golpear a aquel ser que quería erigirse como mi padre.

Buscando hacerle daño de alguna forma que compensara su desigual fuerza.

Yo observaba la escena sin poder moverme, sin poder reaccionar a lo que allí se debatía.

—Ahora también mientes. ¡No me tomes por idiota! ¡Puedo olerlo! —bramó señalándome. Las venas que antes en la taberna se habían extendido negras por su cara cubrían en ese momento también sus brazos. Sus músculos habían crecido hasta el punto de querer abrirle la piel.

—¡Te digo que no es tu hijo! —gritó ella. Tenía los ojos vidriosos. Su cuerpo se estremecía con sacudidas que coincidían con su respiración agitada.

—Entonces no pasará nada si le mato.

Y ocurrió, el desconocido saltó sobre mí con la rapidez de un tornado y me envolvió con las alas de un murciélago que habían aparecido donde antes únicamente había brazos.

Cartílagos, huesos y membranas me aprisionaron como si estuviera dentro de un saco que olía a azufre.

La boca se me secó y el cerebro dejó de enviarme señales.

Mi madre se abalanzó sobre él antes de que sus largos y afilados colmillos perforaran la tierna carne de mi cuello.

Yo lo veía todo bajo una nube de turbación: ella golpeando la cabeza del monstruo, él quitándosela de encima extendiendo una de aquellas alas y haciéndola volar por los aires como si soplara una pluma.

La sorpresa en su rostro. Su falda ondeando en el aire antes de la caída, antes de que su cuerpo se estrellara haciendo salpicar el fango de la calle. Una delicada y hermosa muñeca rota.

Entonces el «nosferatu» volvió a mí. Lamió mi piel con su lengua, que me recordó a la de un gato.

Siseó.

Lo imaginé cerrando los ojos de anticipación, la misma anticipación que me tenía preso a mí.

Entonces perforó mi arteria y empezó a beber.

El miedo al dolor que me atenazaba, que me inmovilizaba, se detuvo y en su lugar coqueteó una sensación que en medio de la confusión no reconocí, perplejo como estaba por el descubrimiento de que la muerte no dolía.

Sin embargo, cuando lo que me hacía aquella bestia comenzó a subir de intensidad, lo vi, claro como si todo lo demás se hubiese vaciado de mi mente: placer.

Un placer que aumentaba con cada succión del vampiro, con cada latido que se me escapaba del cuerpo.

El ritmo al que crecía era imparable.

Cerré los ojos y exhalé un gemido.

Luego otro.

Y otro.

Quería más.

Estaba perdido. Pero no estaba perdido solo, el vampiro se había perdido conmigo.

Sentí entonces su sonrisa contra mi piel.

Y a una succión del éxtasis, a un latido del fin, abrí los ojos y volví a ella.

Recordé a mi madre tendida bajo la lluvia, sobre las aguas fecales que corrían impúdicas infectando las calles.

La sangre ya había formado un charco debajo de su cabeza, apelmazando su sedoso y largo pelo castaño.

El sufrimiento gobernaba el rictus de su boca.

La vida escapando tan nítida que casi podía verla, como una sombra que huía de ella, cobarde.

En la caída se había golpeado la cabeza contra la dura piedra de los adoquines.

La mayoría de las calles eran de tierra batida, pero aquella no, fatídicamente, aquella no.

Mientras observaba cómo se agotaba su tiempo, agoté el mío.

Y llegó el último latido, no así la muerte, pues yo nunca fui un mortal, yo era un mestizo. Mi parte humana debía morir para que el vampiro renaciera, y vaya si renació, y lo que dormía en mí despertó: furia y poder.

Con una velocidad sobrehumana me aparté.

La sangre manó de la arteria de mi cuello con gotas que salpicaron la cara del vampiro.

En su expresión el estupor se quedaría congelado para siempre, pues me giré con aquel nuevo vigor y me coloqué detrás de él.

Agarré su cabeza y, de un tirón que apenas me supuso esfuerzo, se la separé del cuerpo y se la lancé a aquel perro que aún esperaba un hueso.

La muerte ya no tenía el control.

Miré mis manos manchadas de su sangre y, siguiendo el instinto de los animales, me las lamí aceptando la última regla de aquel macabro juego.

La oscuridad recorrió mis venas, abriendo paso al monstruo.

Aullé.

Me acerqué a mi madre. Su corazón aún latía.

Podía oírlo sobre el ruido de la calle, sobre el asfixiante silencio de la noche donde solo el martilleo en mi cabeza competía con sus latidos.

Podía oírlo sobre la avidez de los mordiscos del perro que arrancaba y despedazaba la carne de mi padre.

Me concentré en aquellos latidos, en que no se detuvieran.

No hasta que arreglara lo que se había roto.

Y entonces la mordí.

Bebí su sangre y la maté.

La maté para salvarla.

La maté para concederle aquel nuevo poder que estaba en mí, libre y esclavo a la vez: la inmortalidad de los condenados.

La inmortalidad de los monstruos que han de esconder lo que son, que han de matar para sobrevivir; que han sido y serán los protagonistas de los cuentos para que los niños teman a los desconocidos.

Cuando hube completado el rito y ella bebió mi sangre, me convertí en el vampiro y ella en mi acólita.

Solo que yo no era un vampiro cualquiera, yo era el rey de los vampiros.

Mi sangre era única. Entre mis dones extraordinarios, entre mis capacidades sobrenaturales, destacaba una que únicamente yo, entre todos los míos, poseía: yo podía volar.

Extraje mis alas de murciélago como apéndices aletargados. Mis brazos se convirtieron en prolongaciones de unos huesos que sostenían todo su esqueleto. Las extendí cuan largas eran, negras, magníficas.

Atrapé a mi madre y salimos volando de aquel apestoso lugar.

Lejos de las penurias.

Lejos de la taberna Le Chêne Doré.

Lejos del terrible sonido de otros perros uniéndose al banquete.

El mundo por fin era nuestro.