Lucien y los siete Infiernos
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El desconocido. La muerte
Francia.
El primer nombre de mi madre fue el de Isolda de Montclair.
Yo he tenido muchos nombres a lo largo de mi existencia, pero ella me llamó Étienne en primer lugar.
Ese año ambos trabajábamos en el mismo sitio desde la caída de la tarde hasta bien entrada la madrugada, la taberna Le Chêne Doré, en la ciudad que hoy llaman París.
La taberna no era más que una casa donde se vendía vino y una cerveza de sabor fuerte y amargo que olía a pescado, elaborada por el propio tabernero.
Se llamaba René Dubois y era un guarro. Nunca lo vi con otra camisa que no fuera un trapo mohoso, ni con otros pantalones que aquellos con los que siempre enseñaba la raja del culo.
Tenía una barba espesa y cana que se le metía en la boca cuando se exasperaba. Le faltaban todos los dientes.
Algunos días, aparte del vino y la cerveza, se ofrecía a los clientes pan y queso, y otros en los que René se sentía creativo, se servía también un estofado que hedía a rancio.
Aunque el hambre me empujara el estómago contra las costillas, jamás se me ocurrió probarlo.
Pero la ebriedad les hacía perder el sentido del olfato y el gusto a los necios que frecuentaban la taberna y se lo comían a cucharadas de lo más entusiastas.
Mi madre atendía a los clientes y yo limpiaba las mesas y los desechos que no paraban de emporcar aquel suelo de losas de piedra, cargando de un lado para otro con un cubo lleno de pestilente agua sucia. Recuerdo vívidamente el olor, aquel nauseabundo olor a mierda.
La noche en la que morimos llovía y la taberna estaba a rebosar de transeúntes que buscaban guarecerse, secar sus ropas y empapar sus gaznates.
Había trabajadores a los que, concluida su jornada y por una casualidad «nada buscada», se les había presentado la taberna en mitad de su camino.
También había pasantes y algún que otro intelectual de menguada bolsa.
Era tarde.
Todos habían acudido allí para escapar, además de la lluvia, de sus miserables vidas.
Olvidar las cosas que habían hecho aquel día, las que estarían obligados a hacer mañana.
Todos eran varones. Las mujeres no se aventuraban a entrar en ese lugar; las decentes esperaban en casa; las de mala vida esperaban fuera, al abrigo de la oscuridad de los callejones adyacentes.
René no quería a ninguna fémina que encajara en aquellas dos categorías dentro de su casa.
Por eso toleraba a mi madre: ella no encajaba en ninguna.
Aun con el favor de René, que era la ley entre aquellos muros de piedra, no se la trataba con el respeto que merecía.
No había un hombre que respondiera por ella.
En un primer momento esperé que René la tomara como esposa.
Así al menos habría estado protegida. Pero al tabernero no le interesaba lo que mi madre podía darle, ni lo que podía darle cualquier otra mujer; sus gustos eran más…
masle. Además, Isolda de Montclair era una mujer demasiado hermosa, demasiado culta, demasiado refinada para el alma de aquellos asnos.
«Demasiado» en cualquier mujer equivalía a la peor de las pellejerías, una ofensa que se multiplicaba si eras tan pobre como lo éramos nosotros.
Los clientes se mostraban groseros, de manos largas y lenguas sucias; licenciosos creyentes de que podían hacer lo que les daba la gana porque era el alcohol que consumían el culpable de que, a través de sus cuerpos, se filtrasen las maneras y la voz del diablo.
No obstante, ella era fuerte, resistente como una viga de roble.
Nadie la doblegaba; nada la perturbó jamás a excepción del desconocido.
Llegó entre la tormenta, tras el escalofriante eco de las alas de un murciélago que nadie oyó entre el tronar de la lluvia que golpeaba los adoquines de las calles y las tejas que cubrían el techo de la taberna.
Llamó a la puerta a pesar de que estaba abierta y allí el paso era libre.
Solo había dos reglas en aquel lugar: las peleas estaban prohibidas y lo que se consumía se pagaba.
Un mastín, tan escuálido que parecía un cadáver, gruñó hacia él enseñándole los dientes.
El desconocido le miró y el animal al instante bajó la cabeza gimoteando y se marchó con el rabo entre las piernas, sin esperar a que alguno de los clientes le tirara los huesos que solía recibir si era paciente.
René Dubois hizo un gesto a mi madre para que le atendiera presta.
Los nuevos clientes siempre eran una satisfacción para él, y la lujuria con la que miró al desconocido me hizo pensar que su satisfacción tenía otros motivos además de su dinero.
En cambio, Isolda de Montclair empalideció ante la visión que aguardaba bajo el quicio de la puerta.
Se acercó. Y fue la primera y única vez en mi vida en que la vi dudar en su paso, que un leve temblor empañó el orgullo innato con el que se movía.
Aquella noche llevaba una blusa todo lo blanca que los escasos medios de los que disponía le permitían, toda altivez y dignidad, y una falda muy larga del color de los melocotones secos con la que barría la suciedad que a mí se me escapaba.
El pelo recogido en un moño. Algunos mechones se le pegaban a la nuca y a las sienes empapadas de sudor.
El calor en aquel lugar era sofocante durante todo el año, y aquel día parecía especialmente bochornoso a pesar de la lluvia primaveral que refrescaba el aire fuera.
—¿Qué se le ofrece? —Una ligera vibración en su voz dejó flotando la pregunta en una nota chirriante.
—¿Puedo pasar? —preguntó el hombre escrutando su rostro. Tenía la piel de una lividez fantasmal. Los ojos eran de un gris apagado, como velados por una membrana parecida al tercer párpado de un ave.
Ella movió la cabeza y asintió.
Y él entró. Cabizbajo, con el pelo goteando, lacio y negro, ocultando parcialmente su cara. Como si se avergonzara de estar allí, de lo que había ido a hacer. Como si le atormentaran las atrocidades que aún no había cometido.
Recuerdo sus pisadas silenciosas. El bajo de su levita aristocrática rozando sus botas sucias, dejando marcas de barro que yo me apresuré a borrar si no quería recibir el vilipendio del tabernero.
Mi madre lo acompañó a una mesa donde ya reían dos aprendices artesanos, ebrios como idiotas, que acababan de terminar su formación y habían ido allí a gastar las monedas de su primer salario.
El desconocido los miró y, tal como hiciera antes el perro, cerraron el pico y abandonaron la mesa tirando las sillas en su premura por alejarse de aquella inesperada e indeseable compañía.
—¿Qué le sirvo? —le preguntó mi madre. Su seguridad aparentaba haber vuelto.
De repente, un carretero que solía esconderse allí de su mujer echó hacia atrás su silla y hundió la mano en los pliegues de su falda.
—Quítame las manos de encima, Guillaume le Roulier, o iré a buscar a tu mujer —le amenazó mi madre sin siquiera mirarle. Estaba acostumbrada a las continuas faltas de respeto que debía atajar al instante. Ninguno de aquellos petulantes podía confundirse: ella no formaba parte del entretenimiento.
Los que le acompañaban en la mesa rompieron a reír soltando burlas soeces sobre la mujer del carretero.
El hombre retiró la mano, hirviendo de ira y escupió en el suelo saliva roja.
Fue su forma de vengarse. Sabía que yo tendría que ir a limpiarlo y eso humillaría a mi madre y se desquitaría sin tener que decir una sola palabra.
Sonrió en mi dirección enseñando sus encías negras. La enfermedad ya le había hecho perder algunos dientes, así que su mofa se quedó opacada en una mueca grotesca.
El desconocido se quedó observando aquel esputo sanguinolento que manchaba el suelo.
En su rostro se marcaron finas venas oscuras como las entramadas raíces de un árbol, como si sus músculos faciales estuvieran haciendo un esfuerzo supremo, y entonces retrajo los labios mostrando las puntas de dos afilados colmillos.
El velo se retiró mostrando unos ojos completamente negros como los de un demonio.
Ahogué un grito de espanto. Había oído muchas historias de miedo sobre criaturas que se alimentaban de sangre humana, que mataban desgarrando la garganta de sus víctimas, demonios de la noche.
Siempre había creído que eran cuentos de viejas, leyendas sin fundamento hasta ese instante.
Pero tan velozmente como el monstruo se asomó, se replegó.
Volvió a mirar al frente, a mi madre, que esperaba junto a la mesa.
Ella debió atisbar algo también porque su voz volvió a sonar insegura cuando preguntó de nuevo:
—¿Q-qué le sirvo?
—Vino —respondió el desconocido y la miró con tal intensidad que pareció atrapar su voluntad. Mi madre se quedó inmóvil cuando era su costumbre moverse afanosamente, sobre todo una noche como aquella en la que había tantas mesas que atender.
El desconocido cerró los ojos y ella se desprendió del hechizo, alejándose hacia la barra, lo más rápido que le permitieron sus pies.
Me agaché. Saqué el trapo del cubo y, con asco, aguantando una arcada, lo solté con desgana sobre la saliva del carretero que me miraba lascivamente, como si le proporcionara un gozo obsceno ver cómo limpiaba su afección.
Con los dedos removí el trapo y lo cogí casi en el aire para soltarlo de nuevo en el cubo. Tendría que cambiar el agua.