Lucien y los siete Infiernos -26-
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Los carroñeros. El final

Quería luchar con Erik, descargar en él todo el odio, la rabia y el dolor, pero cuando lo tuve contra el suelo con los colmillos enterrados en el fondo de su cuello, cuando solo tenía que desgarrar para ahogarlo en su propia sangre, mi voluntad flaqueó.

Mi madre apareció en ese momento y, tras ella, Hallmar.

Me apartaron de un Erik que boqueaba tratando de coger aire y retenerlo en una garganta que borboteaba sangre.

Trataba de cortar el flujo apretándose la herida con ambas manos.

No me importó si moría desangrado, si su poder de regeneración sería más rápido que la muerte.

Mi mente, mi corazón y mi miedo estaban con Bell.

Me acerqué a ella. Al contrario de lo que creía y contra toda lógica, aún respiraba.

Pero el dolor que debía estar sintiendo hacía más piadosa la muerte.

Me incliné sobre la herida que tenía en la sien izquierda y por la que se escapaba su sangre más deprisa. Me disponía a curarla con mi saliva cuando un hilo de voz salió de sus labios.

—Guardaba mi último aliento para dártelo a ti.

Perdió el sentido.

Y pareció el fin.

No podía volar. Aún no. Mis alas estaban en proceso de curación, una curación que no avanzaba lo suficientemente rápida. Nunca me habían herido aquella parte de mi ser, ni siquiera estaba seguro de si sanarían. Así que arrastré a Bell dentro del sexto Infierno.

Y allí esperé que se obrara el milagro. Aunque fuera difícil que se obraran milagros en el Infierno.

Los oí antes de verlos. La niebla se disipó y los carroñeros aparecieron como si nuestra presencia los hubiese llamado.

Eran cientos, puede que miles, y en primera fila estaba Luc Gautie, del que parecía no poder librarme.

Lo reconocí por su ropa, y porque llevaba los ojos prendidos de los dedos de la mano derecha. Seguía sin cabeza.

Aquellos eran los carroñeros, zombis convertidos por Noche y llevados allí para tormento de las ánimas.

Miré a Bell. Sus heridas habían cicatrizado, pero sus huesos seguían estando quebrados. Estaba inconsciente, pero el sutil sonido de su corazón me llegaba como desde un profundo pozo.

«Todos para mí».

No sabía si Bell se recuperaría, si el Infierno obraría su magia en ella. No sabía si su inmortalidad curaría lo que mi poder no podía sanar. No sabía una mierda de ángeles ni de Infiernos.

Los carroñeros eran criaturas silenciosas.

Se arrastraban por aquel suelo de tierra batida en un silencio absoluto y escalofriante.

Pero se movían y los que sí tenían cabeza me miraban con una expresión feroz.

Saqué las garras y los colmillos, que eran lo único que tenía.

Si había conseguido rebanarle la cabeza a Luc, podría hacer lo mismo con los demás, quizás atacar los brazos para restarles letalidad, ya que no morían aunque los decapitara.

Me sentía cansado, estresado y… solo. Y además tenía el nauseabundo sabor de la sangre de Noche llenándome la boca.

Luc llegó por fin y lo abatí sin dificultad.

Rodó por el suelo y tiró a algunos de sus compañeros, aferrado con fuerza a sus ojos para no perderlos.

Pero eran muchos y pronto me rodearon y, aunque los derribaba, cercenaba sus miembros y los neutralizaba, seguían haciendo bulto.

Seguían arrastrándose y mordiéndome las piernas.

Sentía los brazos ardiendo, las garras heridas, los dientes doloridos.

La tensión era insufrible.

Algunos se me escapaban y se acercaban a Bell.

Estaba rodeado, y avanzar o retroceder era una tarea titánica.

Entonces una voz resonó por todo el sexto Infierno.

—¡Atrás!

Sentí que la carga de aquella aventura me abandonaba.

Las lágrimas me resultaron ajenas, nuevas y refrescantes. Nunca había llorado, pensaba que era una facultad que los vampiros no teníamos, pero allí estaban, como pequeños ríos de incontenible alivio.

Bell estaba de pie. En un instante se había plantado delante de mí y me protegía con su cuerpo.

Resplandecía. Y llevaba la corona del rey del Infierno sobre la cabeza.

De dónde la había cogido, ni idea. Supuse que sería de esos objetos mágicos que acudían a la llamada de su dueño.

Los carroñeros se detuvieron al unísono y retrocedieron, sometidos al poder de la corona.

—Te queda bien la corona —le dije, porque aunque hubiera querido decirle mil cosas, no podía decir ninguna. Estaba abrumado y más feliz de lo que había estado en toda mi vida.

Bell estalló en carcajadas y se giró para colgarse de mi cuello.

—Cómo se te ocurre enfrentar un nivel del Infierno sin mí.

—Estabas durmiendo. No quería arriesgarme a llevarme uno de tus puñetazos. Aún no estoy seguro de si eres de esas personas que se despiertan de mala leche.

—Lucien… —Dejó a medias su protesta—: ¿Cuál es tu apellido?

—Lacroix.

—¿Eso no es una marca de reloj?

Y le robé la boca.

Ahora en los tronos del submundo ya no se sientan reyes, se sientan reinas.

Y son más fieras, más letales y… más «vivas».



Los siete Infiernos:

I: La Región de la Espera

II: La Región del Paso

III: La Región del Barquero

IV: La Región del Abismo

V: La Región del Intestino

VI: La Región de los Carroñeros

VII: La Región del Olvido

Resolución al acertijo de Minos:

La letra i.

Algunos otros libros de la autora también disponibles en la plataforma:

La mujer que caminó entre cenizas

Raknar y la puerta amarilla

Hormigas al borde de un ataque de nervios