Chapter 174
Epílogo
—Abre los ojos, Andrés.
Como si despertara de un sueño muy largo, abrí los párpados lentamente.
El aire entró en mis pulmones con una suavidad casi irreal, y una brisa cálida me acarició el pelo.
La luz, tenue y blanquecina, se filtraba por las ventanas del domicilio y parecía ondear por la habitación como si hubiera quedado suspendida en el tiempo.
Al principio no lo noté, pero luego lo sentí: una claridad mental inmensa, pura. Fui completamente consciente de mí mismo, del bienestar que me envolvía, de la ausencia absoluta de dolor, ni físico ni espiritual, y del lugar donde me encontraba.
Miré a mi alrededor. Estaba sentado en una butaca aterciopelada.
Apreté los posabrazos con los dedos, y al instante reconocí su tacto: mi vieja butaca.
Las paredes, las ventanas... todo estaba recién pintado de blanco.
Entonces lo comprendí. Estaba en casa. En la casa donde vivimos Maribel, Anabel y yo.
Frente a mí, en el sofá contiguo, vi sentada a una muchacha. No tendría más de veinte años, vestía con una especie de hopalanda marrón, y me observaba con una expresión serena. Pero lo que más me llamó la atención fueron sus ojos: uno azul y el otro verde.
—Hola, Andrés —dijo con una sonrisa cálida, casi maternal. Miré a mi alrededor, perdido, sin saber cómo reaccionar.
—¿Estoy muerto?
—No —respondió ella, con una sonrisa compasiva—. Solo estás confundido.
—¿Dónde estoy? ¿Qué es este lugar?
—Estás en casa, Andrés. A salvo. En un lugar donde ningún mal puede alcanzarte, y donde puedes descansar… reponer fuerzas.
Volví a mirar la habitación. Era idéntica a mi antigua casa, pero había algo en ella… algo diferente. Algo que no sabía mencionar.
—¿Quién eres?
—Solo soy un guía. En este lugar, los nombres no son importantes.
—¿Cómo sé que puedo fiarme de ti?
—No lo sabes —respondió, sin perder la dulzura—. Solo tú puedes decidir si creerme.
Guardé silencio. La verdad es que me sentía bien. Mejor que nunca. Ella entrelazó las manos sobre el regazo, sonriendo con la naturalidad más genuina que había visto en mi vida.
—Me he vuelto loco, ¿verdad?
—En absoluto, Andrés.
—Entonces... ¿qué partes de lo que recuerdo son reales?
—Todas —respondió, abriendo las manos como si desplegara un abanico de mundos
—. Las cosas pueden adoptar muchas formas, en distintos momentos del tiempo. No existe un único tapiz de la realidad. Y alguien como tú, con tanta lucidez, no está limitado a una sola corriente.
No sé cómo explicarlo, pero lo entendí. Aquello tenía lógica. No racional, pero sí profunda.
—¿Y qué hay de esa cosa? —pregunté, marcando la palabra cosa con desdén y un leve temblor en la voz.