Lucidez Chapter 173
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Chapter 173

la impenetrable cortina de lluvia o por la falta de claridad, no conseguí distinguir nada. Al pie del edificio, identifiqué hasta cuatro coches patrulla. Sus luces giraban en una espiral maldita, como faroles condenados a vagar eternamente.

Hinqué una rodilla en el suelo e intenté incorporarme, pero las fuerzas me traicionaron.

Entonces la vi: una mano de dedos delicados extendiéndose hacia mí, como un faro de esperanza en mitad de la desesperación más absoluta.

Levanté la vista. Era Anabel. Demasiado cansado para preguntarme qué había de cierto en todo aquello, tomé su mano y me puse en pie.

Me llevé los dedos al pecho, a la herida.

Al retirarlos, vi un reguero carmesí descender por mi cazadora, tibio, implacable.

Varios hombres irrumpieron en la novena planta con las armas en alto, deslumbrándome con sus linternas, gritando órdenes que me parecían ajenas, como si vinieran desde otro mundo. Al frente, reconocí a Manel. Su voz se imponía sobre las demás, pero llegaba a mí como a través del agua.

Miré a Anabel. Seguía tomándome la mano, y me sonreía.

—¡No se mueva, Andrés! —alcancé a oír a Manel.

No le presté atención. Me limité a observar el rostro de mi hija, el ángel de mi vida, mi razón de ser y de existir. El motivo que me empujó a seguir luchando incluso cuando aquel mundo infame me había condenado al abandono, al silencio, a lo insoportable.

—¡Andrés! —volvió a gritar el inspector.

Di dos pasos hacia atrás y sentí el vacío a mis espaldas. Seguía de la mano con Anabel, que no dejaba de mirarme con dulzura, aún con la sonrisa en los labios.

—¡Escúcheme, Andrés! —insistió Manel, alzando las manos. Ordenó al pelotón que bajara las armas—. Necesita ayuda. Está enfermo y confuso. Déjenos ayudarle. Podemos solucionarlo.

Le sonreí tristemente, cayendo en la cuenta de que no veía a mi hija. Volví a mirar a Anabel, sus ojos, tan serenos, tan llenos de luz... Y entonces ella asintió, y supe qué es lo que debía hacer. Le solté la mano y me dejé caer de espaldas hacia el abismo.

—¡No Andrés...! —gritó el inspector levantando las manos.

El viento me recibió como una cuna rota y antes de cerrar los ojos, la vi: Anabel, observándome desde lo alto mientras menguaba en la distancia, como una estrella que se apaga, como un recuerdo al que, por fin, uno puede entregarse.