Chapter 172
imposible. La cara de Vincent, fundida en la de Cristian. Una sonrisa cruel, eterna, flotando en un mar infinito. Una burla al borde del abismo. Un espectro del pasado que volvía para cerrar el círculo.
—¿Qué quieres de mí? —pregunté, con la voz completamente rota, más aire que sonido.
Cristian no pestañeó. La lluvia le resbalaba por las mejillas como si también él estuviera llorando.
—Quiero ver —respondió.
Y entonces, un sonido seco quebró la tensión.
No el disparo. Algo más. Un crujido sordo, una pisada detrás de él.
Cristian giró la cabeza apenas un instante, lo justo para que la duda lo apartara del disparo.
Yo también busqué el motivo de su detención.
Giré la cabeza con esfuerzo, como quien arrastra un cuerpo ajeno, y entonces lo vi.
Una figura detenida en la penumbra, de proporciones inverosímiles.
No era hombre ni bestia, sino una amalgama de lo prohibido, un recuerdo deforme del hombre que una vez fue.
Nos observaba desde la distancia, erguido, inmóvil, con los ojos encendidos como dos cirios azules en mitad de una capilla profanada.
Su respiración era lenta, casi medida, y de sus fauces entreabiertas pendía una quietud escalofriante, como si saboreara el miedo antes de probarlo Sonreí.
—Guerau viene a recuperar su alma —murmuré con la voz hecha trizas.
Cristian me miró, y en su expresión ya no había odio, solo una preocupación honda, silente. Luego giró lentamente hacia la criatura, atraído por ella como quien contempla el ojo de un dios.
La cosa gritó. Y entonces, como si la escena lo reclamara, un rayo desgarró el cielo.
La luz cayó desde lo alto con violencia sacramental, estampándose sobre el pasillo devastado con la fuerza de una revelación.
Durante un segundo eterno, todo quedó suspendido bajo ese fulgor blanco: las gotas de lluvia en los ventanales rotos, el temblor de los cristales esparcidos por el suelo, el arma en las manos de Cristian.
Sin previo aviso, la criatura se abalanzó hacia nuestra posición.
La pistola de Cristian rugió una, dos, hasta tres veces, lanzando dentelladas blancas en la penumbra, un estruendo seco que hizo vibrar las paredes.
Pero no bastó. La bestia siguió su curso, imparable, y se lanzó sobre él con la furia de lo inevitable.
Vi sus cuerpos entrelazarse y rodar por el suelo, una tormenta de extremidades y violencia, levantando una estela de cristales rotos a su paso.
Al principio, la criatura se posó sobre Cristian, golpeándolo con una brutalidad primitiva, como si quisiera deshacerlo.
Pero entonces, algo cambió. La imagen comenzó a transmutarse, como envuelta en la espesura de un sueño enfermo.
Lo que antes era una criatura ahora parecía un hombre.
Un hombre golpeando a otro hombre. Sin embargo, la ilusión se fragmentaba y recomponía a cada segundo, como si el mundo no pudiera decidir qué verdad mostrarme.
Los rayos seguían cayendo sin misericordia, y en cada fogonazo eléctrico, las formas se invertían: a veces eran hombres, otras veces eran bestias, intercambiando rostros, cuerpos y gestos en un combate sin reglas. Era un duelo antiguo, más allá de la carne, más allá del tiempo.
En una última escena, los vi forcejear al borde del abismo. Sus cuerpos ya no distinguibles, fusionados en una lucha que parecía no pertenecer a este mundo. Y entonces, juntos, se precipitaron al vacío que sucumbía bajo sus pies, cayendo desde el noveno piso hacia la perdición.
Silencio. Más allá del sonido del agua golpeando la estructura y de los truenos retumbando en la lejanía, no se escuchaba nada más. Arrastrándome, me asomé como pude en busca de los cuerpos. Escruté a través de la oscuridad de la noche. Ya fuera por