Chapter 171
—Tienes razón —asentí, derrotado—. Fui un monstruo. Y merezco lo que me hagas.
Todo. Pero ella no.
Le mostré las manos vacías, abiertas y temblorosas. Un gesto de rendición. De humanidad.
—Déjala ir —repetí—. Por favor. Ella no tiene nada que ver con esto.
Cristian me miró. Durante un segundo, no dijo nada. El silencio pesaba como el plomo. Afuera, la tormenta rugía. Dentro, el mundo entero contenía la respiración. Anabel levantó la mirada, y vi la esperanza en sus ojos por una centésima de segundo.
—Papá... Disparó.
El sonido desgarró el aire como un relámpago seco.
Un estallido sucio, violento. El cuerpo de Anabel se desplomó de lado, inerte, como si la vida le hubiera sido arrancada de cuajo.
Un chorro oscuro manchó los cristales rotos a sus pies, y durante un instante todo pareció congelarse.
Todo, menos el temblor que se abrió en mi pecho.
No fui consciente del grito que brotó de mí.
No fue un grito: fue un desgarramiento. Una fractura.
Una grieta primitiva. Y me lancé hacia él, ciego, vacío.
Cristian disparó de nuevo, esta vez contra mí.
Sentí el impacto en el pecho como un mazazo, seco y directo, pero no me detuvo.
El dolor era algo lejano, un rumor en un mundo que ya no importaba.
Ahora solo quedaba él, y yo, y el horror de todo lo que ya no podía deshacerse.
Conseguí cogerlo desprevenido y le acerté un golpe en el pómulo que hizo que se desestabilizara.
Trastabillando, retrocedió un paso e intentó apuntarme con el arma pero fui más rápido y aparté la pistola a tiempo de escuchar otro disparo que de no haber evitado me hubiera acertado en la cara.
En un nudo de piernas, nos debatimos por ver quién tenía el control y finalmente salí victorioso.
Cristian cayó hacia atrás, conmigo encima, y le apreté la garganta con todas mis fuerzas.
Sentí la tráquea retroceder a mi presión, cediendo bajo mis dedos como si fuera cartílago húmedo.
Él forcejeaba, arañando mi cara, buscando aire, pero no aflojé.
Aquello ya no era un enfrentamiento: era un ajuste de cuentas.
Sin embargo, aún le quedaba fuerza. En un acto de pura desesperación, me conectó un rodillazo por detrás, justo en la base de la columna.
El impacto fue seco, certero. El mundo se tambaleó por un instante y mi cuerpo, debilitado por la enfermedad latente, cedió.
Perdí el equilibrio y él aprovechó. Rodamos por el suelo como dos animales atrapados en un foso, envueltos en un remolino de aliento caliente, sangre y odio.
En un intercambio de golpes, torpe y desesperado, el arma salió despedida de entre nosotros y fue a dar contra el suelo con un ruido seco.
Rebotó una vez y quedó tendida a un par de metros, brillando débilmente bajo la luz parpadeante del pasillo.
Cristian aprovechó la distracción para incorporarse; sangraba por la ceja y tenía la boca abierta en una mueca entre dolor y delirio, y me conectó un golpe que me desestabilizó por completo.
Lastimosamente intenté ponerme en pie, pero a él le quedaban más energías y me atizó de nuevo, esta vez en plena mandíbula.
Sentí la sangre en la boca y escupí un gargajo espumoso y rojizo.
Y luego llegó otro golpe, y otro, y así hasta que sentí que me arrancaba la vida a golpes.
Tendido boca arriba, lo vi caminar cansadamente hasta el arma.
La recogió entre los dedos ensangrentados y se giró con lentitud, como si disfrutara de cada segundo. Me apuntó con ella sin temblor.
—Y hasta aquí hemos llegado —sentenció.
Desde mi posición podía ver el cielo: una masa de nubes negras, densas y pesadas, desgarradas por la lluvia.
Un rayo surcó las alturas como una cicatriz eléctrica y se reflejó en el metal del arma, que relampagueó durante un instante.
Fue en ese parpadeo de luz suspendida, donde el mundo parecía contener la respiración, que creí ver algo