Lucidez Chapter 170
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Chapter 170

Me apreté la cazadora contra el pecho y caminé hacia la entrada.

Empujé las dobles puertas, que se abrieron con un suspiro viejo y húmedo, como si me dieran paso al interior de un estómago hambriento.

El recibidor era un sepulcro de mármol sucio y sombras inescrutables.

Guiado por la memoria, giré a la izquierda y avancé hacia las escaleras.

Empecé a subir, peldaño a peldaño, sintiendo cómo los músculos me ardían con cada paso, como si el cuerpo ya supiera que estaba entrando en territorio prohibido.

Al alcanzar la quinta planta, me detuve un instante.

A través de una ventana polvorienta, distinguí las luces azules de los coches patrulla deslizándose por la carretera como serpientes eléctricas.

Danzaban con urgencia. Se acercaban y el tiempo se me escurría entre los dedos.

Retomé el ascenso, cada vez más torpe, más lento, como si los peldaños se estiraran bajo mis pies.

Apenas me faltaban dos plantas cuando algo me detuvo en seco.

Un rugido.

No era humano. Ni animal. Era como si la propia estructura del hospital gimiera.

Un bramido profundo, húmedo, que me arrebató el aliento y me heló el valor.

Me aferré a la barandilla, clavando los dedos.

Durante un segundo, no quise seguir. Sabía lo que aquello significaba, el horror que me aguardaba, la sombra que ya conocía mi nombre.

Era consciente de lo que podía encontrar allí arriba.

O al menos, creía saberlo. Y sin embargo, no me detuve.

Pensé en Anabel, y me obligué a seguir subiendo, uno tras otro, como si cada peldaño fuera una batalla contra la fatiga, contra el miedo, contra esa voz interior que ya empezaba a gritar que diera media vuelta. Pero era demasiado tarde para volver atrás.

Pisé el umbral de la novena planta y me envolvió el tamborileo insistente de la lluvia golpeando contra la estructura.

Me detuve unos segundos, escudriñando el pasillo en penumbra.

Ni rastro de Cristian. Avancé, adentrándome en las tinieblas, con el eco de mis pasos retumbando en las paredes.

Bajo las suelas sentí crujir cristales rotos y hojas sueltas de expedientes antiguos, devorados por la humedad y el olvido, fragmentos de vidas, de diagnósticos, de historias perdidas que nadie volvería a leer.

Me orienté a tientas, guiado por la memoria, hacia el viejo expositor con armarios de portezuelas deslizantes.

Una vez lo localicé, lo dejé atrás sin detenerme.

El pasillo se estrechaba a medida que me acercaba al extremo del ala, donde aún permanecían los ventanales rotos.

Desde allí, años atrás, se habían lanzado al vacío decenas de almas torturadas. No había barandilla, ni redención.

Entonces, un relámpago partió el cielo. Y lo vi.

Allí estaban, casi al filo del abismo, iluminados por una luz blanca y eléctrica que pareció congelar el tiempo.

Rodeados de fragmentos de vidrio y escombros como un altar profanado, estaban Cristian y Anabel.

Él de pie, con las piernas bien abiertas, empuñando una pistola que apuntaba directamente a su cabeza.

Ella, arrodillada, con las manos atadas a la espalda, la mirada perdida en algún lugar donde ya no alcanzaba el miedo.

Me detuve en seco. El corazón me golpeaba dentro del pecho como si quisiera salir. Contuve el aliento.

—Mira quién ha decidido aparecer —dijo él, con una sonrisa aceitosa que se le escurrió por la comisura de los labios.

—Escúchame —sollocé, con la voz al borde del colapso—. Haz conmigo lo que quieras... pero deja que ella se marche

Anabel estaba arrodillada, las muñecas atadas a la espalda. La cara desencajada, los ojos anegados en lágrimas. Temblaba entera, como si ya estuviera rota.

—Te lo advertí —farfulló Cristian, sin desviar la mirada—. Te dije que te haría sentir lo mismo que tú me hiciste a mí. Tú no te detuviste cuando mi padre te suplicó. No tuviste clemencia ¿Lo recuerdas?