Chapter 169
—Rápido —dijo, echando una ojeada al pasillo—. Eso no los mantendrá ocupados mucho tiempo.
Me agarró del brazo y salimos juntos, sin mirar atrás.
—Tengo que llegar al hospital del Tórax —solté entre jadeos, sin dejar de correr. Jorge me miró de reojo, sin dejar de avanzar, con los pulmones a punto de estallar.
—¿Qué?
—No hay tiempo para explicaciones.
Corrimos por los pasillos vacíos de la comisaría. A través de los ventanales laterales, se veía a varios agentes agrupándose, saliendo en estampida hacia el parking. Todo el caos estaba allí fuera, como si el edificio entero respirara fuego por esa puerta.
—Dejé el Kadett detrás —dijo Jorge, abriéndome una puerta que daba a un pasillo lateral—. Toma las llaves. Vete. Yo me quedo, intentaré ganar tiempo.
Me lanzó el manojo sin detenerse. Lo atrapé al vuelo y, sin pensarlo, lo abracé un instante.
—Gracias.
—Vamos, joder. Vete ya —dijo, con la voz trabada.
Me lancé por el pasillo y empujé una puerta de cristal que se abrió de golpe hacia la parte trasera del edificio.
Salí bajo un aguacero que me arrancó el calor del cuerpo.
El Kadett estaba aparcado sobre la acera, más allá de una pequeña estación de emergencias.
Al fondo, el cielo ardía con lenguas de fuego doradas y cobrizas que mordían las sombras como un animal salvaje.
Un relámpago rasgó la noche, blanco y silencioso al principio, seguido de un trueno que estalló como un cañón dentro del pecho y que me sacudió hasta los huesos.
Con manos torpes y mojadas, abrí la puerta del coche, me dejé caer sobre el asiento y giré la llave.
El motor arrancó con un ronroneo grave y cansado.
Las ruedas chirriaron al tomar el asfalto empapado, y enfilé la carretera hacia el hospital del Tórax, con la mente envenenada, la rabia como combustible y con la certeza de que ya no había marcha atrás.
El resplandor de los faros cortaba la niebla como cuchillas de luz enferma.
El Kadett se deslizaba por la carretera como un espectro cansado, y los limpiaparabrisas luchaban en vano contra los hilos de plata que surcaban el cristal, dejando tras de sí una visión deformada del mundo.
Bajo cada bache, los amortiguadores soltaban quejidos mecánicos, como si el coche se lamentara por lo que estaba por venir.
Tomé el desvío hacia el hospital. La calzada, estrecha y serpenteante, parecía no llevar a ningún lugar que perteneciera a este mundo.
Entonces lo vi: el edificio emergía de la negrura como una ruina colosal, sobreexpuesto contra un cielo tan denso y cerrado que parecía a punto de desplomarse.
Las sombras lo envolvían como una placenta podrida.
Al llegar al parking, giré el volante bruscamente y clavé el freno.
El coche derrapó con un alarido seco, y las ruedas chirriaron como almas condenadas.
El Kadett se detuvo torcido, con el motor temblando como un corazón asmático.
Abrí la puerta de un golpe y bajé. El aire olía a piedra mojada, a hojas muertas, a electricidad.
Alcé la vista. Ni la luz más furiosa habría podido perforar aquella oscuridad. El hospital, con sus ventanas negras y su silueta herida, parecía observarme. El corazón de un monstruo, pensé.
Ya no oía nada. Ni viento, ni pasos, ni lluvia.
Solo mi respiración, gruesa y escabrosa, el canto fúnebre de mi enfermedad.
Miré alrededor en busca de algo que pudiera darme alguna pista de lo que me esperaba, pero allí no había nadie.
Ni una figura, ni una sombra en movimiento.
Si no había llegado demasiado tarde, Cristian debía estar arriba, en la novena planta.