Lucidez Chapter 168
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Chapter 168

—¿Y bien? —pregunté al cabo de unos segundos, incapaz de contener la impaciencia. Sentía cómo se me tensaban los músculos de la cara de tanto apretar la mandíbula.

El inspector Manel alzó por fin la vista. En su mirada había algo que no supe descifrar al instante. Tal vez lástima. Tal vez recelo. O simplemente agotamiento.

—Fui a ver a la enfermera del hospital del Tórax —empezó, sin adornos ni preámbulos—.

Encontré la casa justo donde usted me dijo.

Me recibió una mujer. Se llama Dominica.

Y sí, es hija de Marta Garrido. —Hizo una pausa.

Cerró la carpeta que tenía delante y entrelazó las manos con lentitud, como si buscara tiempo para elegir bien las palabras—.

Marta trabajó en el hospital, efectivamente.

Pero murió hace casi treinta años en un accidente de tráfico.

—Eso no es posible, inspector... —murmuré, sintiendo cómo la sangre se me iba de la cara.

—Tampoco sabe nada de ningún paciente llamado Guerau Mauri —añadió él, con un leve alzamiento de voz—. Y lo más extraño... dice que no le recuerda a usted. Ni visitas, ni llamadas. Nada.

—Pero estuve allí... No hace más de...

—Y no es lo único —me interrumpió—. También fui a ver al excomisario Carlos.

¿Sabe qué? Sigue con vida. Vive solo, en su casa del barrio de Sant Lorenzo. Muy lúcido. Me recibió sin problemas.

Levanté la vista. Lo miré, esperando la broma. Pero no había sonrisa. No supe qué decir. Ni siquiera cómo empezar a procesarlo.

—Esto es lo que me ha contado —continuó—: Que usted trabajó para él, sí. Que le conoce. Pero que nunca fue su yerno. Que su hija murió con ocho años. Y que no tiene nietos. Según él, no ha vuelto a saber de usted desde que ingresó en prisión.

Sentí una punzada aguda en el estómago, como si alguien hubiese metido la mano y apretado con fuerza.

La sala giró por un momento. O tal vez fui yo el que se tambaleó por dentro.

El inspector no dijo nada más. Se limitó a observarme en silencio, como esperando mi reacción.

Una rabia muda comenzó a abrirse paso, como burbujas rompiendo la superficie del pensamiento.

Algo no encajaba. Nada encajaba. Y entendí, sin necesidad de que nadie lo dijera, que debía salir de allí a como diera lugar.

—Me ha estado tomando el pelo, Andrés —escupió el inspector—. Le aseguro que esto no va a quedar así...

No pudo terminar la frase. La puerta de la sala se abrió de golpe y el sargento Antoni irrumpió, visiblemente alterado, como si el suelo le quemara los pies. Tanto Manel como yo nos giramos bruscamente hacia él.

—¡Fuego! —anunció, sin aliento—. ¡Tenemos un incendio en el parking! ¡Han prendido fuego a cuatro coches patrulla!

Jorge, pensé. Manel se incorporó de inmediato. Antes de salir, se giró hacia mí con los ojos encendidos.

—Ni se le ocurra moverse de aquí. Aún no hemos acabado con esto.

Y, sin esperar réplica, desapareció junto al sargento.

Me levanté tan pronto como se cerró la puerta tras ellos.

Corrí hacia ella, pero estaba cerrada con llave.

Me alcé sobre los talones y busqué con desesperación a través de la pequeña ventanilla redonda, empañada por el vaho y los reflejos.

Entonces, una sombra cruzó al otro lado del cristal.

Me sobresalté. Se acercó más. Una voz apagada me sacudió desde el otro lado:

—¿Andrés?

—¡Sí, aquí! —grité.

Escuché el traqueteo nervioso de unas llaves, un forcejeo, y finalmente el clic del cerrojo. La puerta se abrió y allí estaba Jorge, sudoroso, con el rostro desencajado.