Lucidez Chapter 167
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Chapter 167

través de la ropa, y esperé. El tiempo pasaba distinto allí abajo, más lento y espeso. Pocos minutos después regresó con un manojo de llaves colgando del cinturón y unas esposas en la mano.

—Vamos —dijo, sin más.

Me levanté y extendí los brazos. El clic metálico me recordó dónde estaba.

Caminamos por el pasillo y salimos al cuerpo principal de la comisaría.

El suelo olía a lejía y cansancio. Al llegar a una esquina mal iluminada, el guardia señaló un teléfono empotrado en la pared, justo bajo una hilera de azulejos blanquecinos, amarillentos por el tiempo.

—Tienes dos minutos —advirtió, retrocediendo un par de pasos, cruzado de brazos. Descolgué el auricular y marqué de memoria. Apenas sonó una vez.

—¿Sí? —contestó Jorge, con la voz tensa, casi cortante.

—Soy yo. Andrés.

Hubo un silencio breve, como si necesitara procesar lo que acababa de oír. Luego explotó.

—¡Joder, Andrés! ¿Dónde demonios estás? ¡Me tenías con el alma en un puño! Fui al despacho después de tu llamada y estaba lleno de policías. Nadie quiso decirme nada.

¿Qué está pasando?

—Escúchame bien. No tengo tiempo. Estoy en comisaría.

—¿Cómo que en comisaría? ¿Qué coño ha pasado?

—No puedo contártelo ahora. No por teléfono —Lo oí respirar con fuerza, lleno de preguntas. Empezó a decir algo, pero lo interrumpí—. Jorge, necesito que me saques de aquí. Es urgente

—¿Y qué esperas que haga? ¿Magia? No tengo ni idea de cómo moverme en estos casos…

—No lo sé. Invéntate algo. Habla con alguien. Pero hazlo rápido, por favor. Esto va en serio.

—Andrés... —empezó a decir, con la voz rota por la confusión

—¡Se acabó el tiempo! —interrumpió el guardia, apareciendo de golpe detrás de mí.

Me arrancó el auricular de la mano.

Me giré, desesperado, y grité lo único que se me ocurrió.

—¡Jorge, hazlo por Anabel!

El agente colgó con un golpe seco y me empujó suavemente hacia el pasillo.

De vuelta a la celda. Al cerrar la reja, me lanzó una última mirada cargada de fastidio.

Luego se alejó, arrastrando los pies. Miré mi reloj: las once y media El tiempo se me escapaba como agua sucia por un desagüe, y Jorge era lo único que me quedaba.

Pasaron varias horas lentas y pesadas, como si el tiempo se arrastrara por el suelo de la celda.

No ocurrió absolutamente nada, salvo algún que otro ataque de tos áspero, sucio casi fúnebre que retumbaba por los pasillos y me revolvía las entrañas.

Y también el alma, si es que aún me quedaba algo de ella en aquel lugar.

Entonces, sin aviso, el guardia regresó.

El inspector Manel quería verme. Me levanté torpemente y sentí el frío metálico de las esposas cerrándose sobre mis muñecas con aquel clic seco y humillante.

Atravesamos la comisaría en silencio, y mientras caminaba, sentí que un zumbido de ansiedad me crecía en el pecho como una colmena agitada.

Al llegar a la sala de interrogatorios me liberaron y tomé asiento frente a Manel, que ya estaba allí, esperándome con una carpeta sobre la mesa y la mirada hundida en algún lugar que yo no alcanzaba a ver.

Estaba tan quieto que parecía una escultura tallada en paciencia.

Nos quedamos a solas. Y entonces solo esperé.

Esperé una palabra, un gesto, un comienzo. Pero no llegó nada.