Chapter 166
—¿Para qué iba a mentirle? ¿Qué ganaría con eso? Usted y yo sabemos que nada de esto se sostiene en un tribunal.
—Quizá intenta construir una defensa por enajenación mental —dijo, encogiéndose de hombros—. No sería la primera vez.
—Entonces investigue. ¡Haga su trabajo! Le he dado nombres, lugares, pistas.
Compruébelo por sí mismo.
Eché un vistazo al reloj de pulsera: las agujas marcaban las once de la noche.
Llevaba allí más tiempo del que podía permitirme, y seguía atrapado en una situación que no controlaba.
Mi única baza era lograr que el inspector cediera, al menos lo suficiente como para enviar a alguien al hospital del Tórax.
—Vamos a ver —dijo, pasándose una mano por la cara, visiblemente cansado—. Digamos, hipotéticamente, que le creo y decido investigar parte de la historia que me ha contado.
—Hágalo por favor. ¿Qué tiene que perder?
Hizo una pausa, como si dudara. Luego me clavó la mirada.
—Muy bien —dijo al fin—. Voy a seguirle el juego. Pero escúcheme bien: si me está mintiendo, si esto es algún tipo de maniobra para ganar tiempo, usaré todo lo que tenga a mi alcance para que pase el resto de su vida en prisión. .
—No le miento —respondí, sin apartar la vista.
—Por su bien, más le vale que no.
Hubo un breve silencio. Podía oír el zumbido del fluorescente sobre nuestras cabezas.
—Ambos lo esperamos —añadí en voz baja más para mí que para él.
Fui llevado a un calabozo gris, iluminado por luces blancas y frías.
El único mobiliario que había era un camastro metálico sujeto a la pared con abrazaderas, y un váter sucio, tan descuidado que parecía haber digerido más de lo que podía soportar.
Me aferré a los barrotes y eché un vistazo a las celdas contiguas: en una, un par de tipos murmuraban sonidos guturales, imposibles de descifrar, y desprendían un hedor inconfundible a alcohol rancio.
Al final del pasillo angosto, un guardia dormitaba en una silla, dando cabezadas mientras intentaba mantenerse despierto.
—¡Eh, oiga! —grité, con la voz algo rota por el aire seco del calabozo.
El guarda se despertó de un sobresalto y me miró con cara de pocos amigos.
Dio un respingo y alzó la cabeza, como si saliera de un sueño pesado.
Me miró con fastidio, entornando los ojos.
Con desgana, se incorporó, agarró su porra de policarbonato del borde de la mesa y se acercó por el pasillo.
Al pasar frente a la celda de al lado, se detuvo un segundo y dijo:
—¿Otra vez por aquí, Javier? ¿Qué ha sido esta vez?
—A mí no me mire, jefe —respondió el otro—. Mi mujer, ya sabe. Gritos, platos volando….
El agente soltó un bufido, medio cansado, medio resignado, y siguió caminando hasta plantarse frente a mí. Se llevó la mano al cinturón, tocando su arma con un gesto automático, casi reflejo.
—Necesito hacer una llamada —expuse.
—El inspector ha ordenado que te quedes aquí abajo, por ahora.
—Conozco mis derechos —insistí—. Aún no he hecho mi llamada.
Me observó unos segundos, evaluándome. Luego asintió con la cabeza.
—Déjame comprobar una cosa —dijo finalmente, y se dio la vuelta. .
Lo vi alejarse por el pasillo, su figura perdiéndose entre las sombras y el zumbido lejano de un fluorescente moribundo. Me senté en el camastro, el metal frío colándose a