Lucidez Chapter 165
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Chapter 165

—¿Por qué no se hace un favor… y me dice la verdad?

Miré al sargento Antoni con abierta hostilidad. Su expresión triunfal me recordó a la de un buitre saboreando la carroña.

—¿Quiere la verdad? —dije con voz firme—. Entonces haga que ese hombre salga.

No pienso decir una palabra mientras él esté aquí.

Manel chasqueó los dedos sin decir nada. Antoni, visiblemente molesto, se retiró a regañadientes. Antes de cruzar la puerta, me lanzó una mirada cargada de advertencia, como si me jurara que aquello no iba a quedar así.

—Espero que su historia valga la pena —advirtió el inspector, clavándome la mirada

—. Porque lo va a necesitar.

—Y yo espero que usted no sea de los que necesitan pruebas para todo —repliqué—, porque va a tener que esforzarse para creerla.

Durante las dos horas siguientes le relaté, con todo el detalle que pude, lo ocurrido desde el momento en que tropecé con aquella criatura.

Le hablé también de Vincent, de nuestro extraño encuentro, y del inquietante acuerdo al que habíamos llegado.

Luego le conté cómo seguí las pistas que me condujeron hasta Marta Garrido, la enfermera del Tórax: su historia tan inverosímil como perturbadora, y cómo había acabado postrada en una silla de ruedas.

Saltando en el tiempo, retomé la figura de Cristian y nuestro primer encuentro, para enlazarlo con los hechos en el hospital del Tórax.

Puse especial énfasis en ese episodio, sabiendo que lo dicho por su agente, el que despertó del coma, era irrefutable.

Seguí con los pormenores de cómo conseguí la información que me llevó hasta el piso en Vilardell, y cómo allí encontré los escritos de Guerau.

A esas alturas, yo mismo era consciente de que todo sonaba completamente absurdo, así que decidí omitir lo que había visto en las fotografías.

Finalmente, le hablé de mi último encuentro con Vincent: su amenaza apenas velada cuando le dije que me retiraba del caso.

También de cómo Cristian me abordó poco después, citándome en el hospital del Tórax y dejando clara su amenaza sobre Anabel.

Cerré mi declaración con lo sucedido en casa de Carlos, y le pedí, casi implorando, que enviara una patrulla de inmediato.

Manel se limitó a tomar notas, imperturbable incluso ante los detalles más inverosímiles. Cuando terminé, soltó un largo suspiro y se llevó una mano a la sien.

—Debe pensar que soy idiota —murmuró, con el ceño fruncido—. O bien está loco de atar.

—Ya le advertí que no iba a creerme.

—Mire —dijo, inclinándose sobre la mesa—, antes de que siga soltando disparates...

y solo por seguirle el juego un poco más, déjeme señalarle un par de cosas donde su historia hace aguas.

—Golpeó la mesa con los dedos, con gesto mecánico—.

Para empezar, ya investigué al tal Cristian.

¿Y sabe qué encontré? Nada. Ni en los archivos de la Policía Nacional, ni en los de la local.

Ese tipo no existe, ni siquiera en el registro civil.

—Eso no puede ser...

—Espere, que hay más —interrumpió Manel, disfrutando ligeramente del momento

—. También fui a la dirección que me dio.

Plaza Nueva, la Maurina. Encontré a unos feriantes, sí, pero todos negaron conocer a ningún Vincent...

o Laurent, como también dijo usted que se llamaba.

—Revisó unas notas sueltas—. Lo que había allí era un grupito de malabaristas con pelotas de goma, y dos acróbatas chapuceros.

Ni rastro de ningún coleccionista de monstruos.

—Sé cómo suena, inspector...

—No, no lo sabe —me cortó con frialdad—. Suena a cuento chino.