Chapter 164
parte, tamborileaba los dedos sobre la mesa mientras subrayaba pasajes del texto con un bolígrafo.
—Andrés… —empezó el inspector, con una mezcla de cansancio y decepción en la voz—.
Llevo años lidiando con tipos que intentan salirse con la suya.
Mentiras, engaños… me sé el guion de memoria.
Pero lo que no soporto es que alguien a quien creía distinto, a quien le tenía cierto respeto, me tome por idiota.
— Golpeó la carpeta con un dedo y apoyó ambas manos sobre la mesa—.
Pensé que entre nosotros había un código, algo de complicidad.
Usted fue un buen policía, no uno cualquiera, sino uno de los buenos, o al menos eso me dijeron.
Por eso esperaba otra cosa. Pero veo que me equivoqué.
—¿De qué demonios está hablando? —repliqué—. Nunca le he mentido…
—¿De verdad? —interrumpió, clavándome la mirada—. Porque justo hace unas horas, el agente del que le hablé, el que se encontraba en coma, despertó. Y habló. — Hizo una pausa, dejando que el silencio cayera con peso, y luego añadió, lento y firme
—: Confirmó que usted estaba la noche en que le atacaron. Y, para colmo, dijo que fue usted quien le dio la paliza que casi lo mata.
»Piénselo bien, Andrés —susurró luego de una breve pausa—. No es solo una acusación. Es el principio de muchas otras cosas.
Antes de que pudiera expresar mi desacuerdo, el sargento Antoni irrumpió en la habitación y se acercó a nosotros.
Sin apartar la mirada, como si guardara todas las respuestas, dejó sobre la mesa un informe policial.
Luego susurró algo al oído de Manel con un tono lo suficientemente bajo como para que yo no lo escuchara.
El inspector asintió con la cabeza y procedió a ofrecerme la mirada más fría que he visto nunca.
—¿Ha estado usted últimamente por la barriada de Vilardell, Andrés? —preguntó Antoni.
A esas alturas, mentir no tenía sentido. No entendía por qué aquel agente aseguraba que yo le había propinado una paliza, pero sabía que ocultar cualquier otro detalle solo empeoraría las cosas. Así que asentí con la cabeza.
—Así es —dije, entrelazando las manos—. Seguía una pista sobre un caso cuando fui hasta allí.
—¿Entonces confirma que estuvo en el sexto C, tercer piso de Vilardell?
—Sí, lo confirmo.
—¿Sabía usted que ese piso estaba siendo investigado?
El sargento se interrumpió en seco al notar que Manel levantaba la mano para callarlo.
—Mire Andrés. Tenemos un informe forense que confirma la presencia de sus huellas en el lugar Si a eso le sumamos que ya estuvo de cuerpo presente en un caso grave de homicidio donde ocho personas murieron, nada menos, ya tenemos dos escenas del crimen donde usted aparece como un denominador común.
—Manel levantó una mano y fue contando con los dedos—.
Tenencia de armas cuando tiene prohibido de por vida tocar una pistola.
Agresión a un agente de la ley que lo dejó en coma.
Allanamiento de una instalación médica bajo custodia gubernamental.
Dos escenas vinculadas a homicidios múltiples.
Y como guinda del pastel, una condena previa por asesinato.
—El inspector se reclinó en la silla y se golpeó con suavidad la pierna, como si pusiera punto final a su discurso —.
No sé usted, pero yo no creo en las coincidencias.
Los miré a ambos. En ese momento entendí que ya no tenía sentido seguir hablando. Ellos ya habían formado su propia versión de la historia. Al ver que me cerraba en banda, Manel suavizó el gesto. Bajó un poco la voz, casi en tono paternal.