Lucidez Chapter 163
93%

Chapter 163

en busca del revolver, dejando caer el teléfono por el camino.

No obstante los agentes se me echaron encima y me inmovilizaron.

Por un momento intenté resistirme pero luego de recobrar el sentido común les dejé hacer mientras me maniataban.

Esposado por detrás de la espalda, el inspector me cacheó y extrajo mi arma de fuego del cinto para a continuación resguardarla dentro de una bolsa plástica de pruebas.

Mientras me llevaban hasta el coche arrastrándome por las escaleras vi al sargento Antoni dibujar una sonrisa socarrona.

—A a cada cerdo le llega su San Martín —casi escupió.

Con las luces rotativas apuñalando la noche, la comitiva de vehículos policiales avanzó rambla abajo.

Sentado en la parte trasera de un Talbot Horizon, sentía los dientes de las esposas hundirse en mis muñecas.

En ese momento, era incapaz de encontrar una sola excusa que pudiera librarme de aquella situación.

Mi mente estaba anclada a un único pensamiento: la vida de Anabel estaba en juego.

Si no lograba llegar al hospital del Tórax a tiempo, ¿de qué sería capaz Cristian con tal de cobrarse su venganza?

Una malla metálica cubría la zona media del coche, impidiéndome ver a los agentes sentados delante.

—¡Eh! —grité con fuerza.

Silencio. Ni una mirada, ni una palabra. Solo el rugido del motor y el chasquido de la lluvia contra el cristal. Miré por la ventanilla mientras la lluvia arrancaba destellos dentados del asfalto y las luces azules engullían las sombras a su paso.

Tras el procedimiento habitual, en el que se reabrió mi ficha, se confirmó mi identidad y se me recordaron las causas de la detención junto con mis derechos, fui conducido a una sala de interrogatorios.

Permanecí allí durante dos horas que se me hicieron eternas.

Impaciente, no dejaba de caminar de un extremo a otro, lanzando miradas frecuentes al reloj.

El cuartucho, sin ventanas, no era más que una caja blanca amueblada con una mesa cuadrada, dos sillas de metal y una cámara centinela que me observaba con la paciencia implacable de un verdugo.

Al cabo de unos minutos el inspector Manel entró en la estancia con la autoridad de quien conoce bien su posición, con una carpeta entre las manos, y señaló una de las sillas.

—Siéntese —ordenó.

Hice lo que me pedía y ambos nos sentamos, uno frente al otro.

Con un gesto seco, abrió el dossier y desplegó un puñado de folios, junto con algunas fotografías que supuse formaban parte de las pruebas en mi contra.

Permanecimos así un buen rato, antes de que se dignara a dirigirme la palabra.

Con cada segundo que pasaba, me sentía más inquieto, más vulnerable, y empecé a dar golpecitos con el talón. Manel, por su