Chapter 162
capó del coche. Atravesé la calle Dr. Cistaré mientras los limpiaparabrisas abofeteaban el cristal, apartando a duras penas los hilos de agua que se ramificaban como venas sobre el parabrisas.
Detuve el Kadett delante del caserón de Carlos y lo observé un breve instante a través de la oscuridad; pequeñas luces procedentes del televisor danzaban sobre los ventanales contiguos a la puerta de la entrada y apenas adiviné a ver una luz tenue procedente de alguna pequeña lámpara de a pie.
Me apee y me dirigí hacia el porche, con el agua azotándome la cara y la sensación de que el viento podría arrastrarme en cualquier momento.
Al llegar al umbral, advertí que la puerta estaba entornada y desde dentro se filtraba la luz.
Hasta mí llegó el sonido del televisor; estática.
Empujé la puerta con timidez, y esta se abrió con un movimiento lento y fatigado.
—¿Carlos? —pregunté alzando la voz.
Al no obtener respuesta, avancé por el pasillo, mientras sombras danzarinas parecían saltar sobre la luz, mordisqueando las esquinas con silenciosa voracidad.
Al legar al comedor me recibió el resplandor del televisor sumido en líneas grisáceas y blancas que bailaban al son de la estática.
Entrecerré los ojos y miré alrededor y fue entonces cuando vi a Carlos, sentado sobre la butaca, con la mirada impresa en terror.
Al verme llegar, abrió los ojos con un sobresalto fantasmal y trató de emitir un sonido, pero las palabras se le quedaron atoradas.
—Carlos —lo llamé, confundido.
Fue entonces cuando la vi: una sombra incorpórea suspendida sobre la oscuridad justo detrás de él, como si estuviera compuesta de tinta negra disuelta en agua.
Por puro instinto me llevé las manos a la cremallera de la cazadora e intenté desenfundar el revolver, pero Carlos me detuvo, casi implorando, y dijo:
—Lo siento, hijo… perdóname.
La sombra extendió la mano y giró la cabeza de Carlos hasta un ángulo imposible, una fuerza oscura que retorció sus huesos más allá de lo natural.
A continuación lo dejó caer al suelo como un muñeco roto, inerte y sin alma.
Con la cabeza vuelta del revés, sus ojos vacíos me clavaron una mirada desde el más allá, un abismo oscuro que parecía querer arrastrarme con él. Salí corriendo.
No recuerdo cómo logré regresar al despacho.
Solo quedan fragmentos sueltos, pequeños flashbacks de la noche bajo una lluvia torrencial, el vehículo perdiendo tracción en más de una ocasión mientras cruzaba avenidas y calles emborronadas por las luces parpadeantes que provenían de farolas huérfanas.
Sentía como si estuviera atrapado en una pesadilla que ya duraba demasiado.
Estacioné el coche sobre la acera frente al portal del despacho y ascendí por las escaleras.
Apenas crucé por la puerta, descolgué el teléfono y marqué el número de Jorge.
No sabía qué iba a decirle ni cómo decirlo, pero algo me decía que aquella situación se me estaba escapando de las manos y necesitaba ayuda.
Mi ayudante tomó el aparato al tercer tono y empecé a balbucear una frase que jamás concluí.
—Andrés, habla más despacio, que no te entiendo.
De pronto la puerta del despachó se abrió con violencia y una brigada de policías irrumpió en la habitación, armas en ristre. El pelotón estaba comandado por el inspector Manel Gispert y el sargento Antoni Gramunt. Por inercia me llevé la mano a la cazadora