Lucidez Chapter 161
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Chapter 161

y vi una silueta recortada contra un cielo oscuro cubierto de nubes, sosteniendo algo entre las manos que supuse era un bate o un palo.

—¿Acaso te creías que me había olvidado de ti, hijo de puta? —dijo, reclinándose sobre mí. .

Inmediatamente identifiqué a mi agresor: era Cristian, el policía vengativo que ya había intentado liquidarme anteriormente.

Maldije por lo bajo e intenté incorporarme, pero solo logré recibir otro golpe, esta vez en plena cara.

Antes de poder reaccionar, sentí una rodilla hincándose sobre mi zona lumbar y, a continuación, el aliento de mi enemigo rozándome la oreja.

—Escúchame bien, trozo de mierda. Tengo a tu hija. ¿Te acuerdas de lo que le hiciste a mi padre? Te juro por lo que más quieras que no es nada comparado con lo que voy a hacerle a ella.

Al escuchar aquello, una rabia ciega se apoderó de mí e intenté luchar para incorporarme.

Sin embargo, mi agresor tenía evidente ventaja y me aplastó la nuca con el arma, usando todo su peso.

Apreté los puños con fuerza, pataleé todo lo que pude y grité, pero todo fue en balde.

Al resignarme, Cristian volvió a inclinarse sobre mí y dijo:

—Es guapa, ¿eh? Anabel… Creo que vamos a llevarnos bien.

—¡Si la tocas, estás muerto! —espeté, con la sangre en la boca.

—Voy a darte la oportunidad que yo no tuve, cabrón. ¿Te acuerdas de nuestro anterior encuentro?

—¿El hospital del Tórax?

—Ese mismo. Estaba pensando en organizar una pequeña fiestecilla en tu honor.

¿Qué te parece si nos vemos allí esta noche y arreglamos las cosas como hombres?

—¿Qué planeas? —escupí, forcejeando para levantarme.

—Tengo a Anabel, capullo. Si quieres volver a verla, nos encontramos allí, en la novena planta.

—¡Estás loco! ¡Te voy a matar por esto!

Como respuesta, Cristian me impactó con una patada en el estómago que me arrancó el aliento.

Tosiendo sangre, me hice un ovillo sobre el suelo y permanecí allí un tiempo indefinido que se me hizo eterno.

Miré a mi alrededor buscando a aquel tipo, pero no lo encontré.

Finalmente, reuní fuerzas para ponerme en pie y abrí la puerta del Kadett con manos temblorosas.

Sintiéndome agotado y enfermo, me dejé caer sobre el asiento y recuperé el aliento como buenamente pude.

Mi cabeza se debatía entre la cordura y la demencia, como un avispero espoleado por el viento de la locura. Mi paz mental, arduamente conquistada, se deshacía como papel bajo la lluvia, rendida en cuestión de minutos. ¿Qué diablos estaba pasando? Aún no sabía cómo proceder a continuación.

Miré el reloj de pulsera: las ocho y media de la tarde. Aunque la noche ya se cerraba, aún tenía algo de tiempo si quería anticiparme a Cristian e ir al encuentro con refuerzos. Improvisando sobre la marcha, encendí el motor y me dirigí hacia el barrio de Sant Lorenzo.

El cielo se iluminó con un resplandor de fuego blanco, y un estruendo ensordecedor rompió el silencio de la noche al compás del golpeteo incesante de la lluvia sobre el