Chapter 159
Esa es la esencia del buen whisky, mi buen amigo. Créame, no tiene nada que ver con los meados de burra que sirven algunas tabernas que presumen de ser sommeliers.
—Sí, es bueno —coincidí—. No soy experto en whiskys, pero sé reconocer cuando uno es de buena calidad. Sin duda, un pequeño tesoro.
Festejando mis palabras, Vincent hizo un brindis al aire y se llenó la boca con el licor. Lo que en principio parecía un gesto inofensivo, a mí me pareció la imagen de un depredador devorando a su presa.
—Vayamos al meollo de la cuestión, Andrés. ¿Qué trae para mi deleite?
En lugar de responder, lancé la pila de fotos sobre la mesa, que se desparramaron como fichas de dominó sobre un tapete.
Vincent no las recogió de inmediato; se limitó a mirarlas, impasible, como quien observa un evento mundano.
Luego desplazó una mano con la precisión de un mago y las recogió, formando un abanico sobre su palma.
Recorrió las imágenes con la mirada mientras yo encendía un cigarrillo.
Exhalé con fuerza, prendiendo la brasa con intensidad, y lo observé a través del humo.
Finalmente, Vincent depositó las fotos con un con un movimiento lento y premeditado y las dispuso a lo largo del escritorio.
Odiaba verlo actuar como un titiritero en ciernes, porque desconocía si los hilos de los que tiraba estaban sujetos a mí.
—Muy interesante —manifestó—, pero me temo que las pruebas no revelan nada.
No veo cómo esto puede llevarnos hasta Guerau.
—¿No ve nada extraño o inusual ahí?
—La verdad es que no. Si fuera usted tan amable de indicarme qué debo buscar, agilizaríamos este trámite.
Me incliné sobre la mesa y, revolviendo las imágenes, di con la que buscaba. Levanté la foto y Vincent la aceptó de mis manos. Sintiéndome vencedor, me recliné en el asiento, a la espera de su reacción. Sin embargo, lo único que obtuve de su parte fue un encogimiento de hombros.
—¿Qué tiene de especial esta foto? —preguntó al cabo.
—¿Acaso no reconoce al individuo que acompaña a Guerau Mauri? ¿No le resulta sospechosamente familiar?
Vincent se inclinó hacia delante, y sentí cómo la atmósfera que nos rodeaba se arremolinaba, como si un ente extremadamente pesado exigiera que todo reaccionara a sus movimientos. Sus ojos se adaptaron a la penumbra bajo la luz, como dos ascuas que parpadean en la oscuridad.
—Yo aquí no veo absolutamente nada —dijo, devolviéndome la foto.
Con manos sudorosas tomé la imagen de regreso y la observé.
Donde antes debía encontrarse la figura de Vincent, ahora no había nada.
En su lugar se adivinaba una carpa repleta de artefactos de excavación y, más allá, una montaña escarpada con la falda cubierta de arena blanca y algunos empleados descamisados arrastrando grandes rocas.
Miré el rostro de Guerau y, en lugar de la indiferencia que recordaba, exhibía una sonrisa amplia, repleta de dientes amarillentos.
Confuso, revoloteé entre las fotos dispersas sobre la mesa, buscando aquella sombra centinela que siempre acompañaba a Guerau, pero tampoco la hallé por ningún lado.