Chapter 158
Mientras conducía por la avenida en dirección a Plaza Nueva, divisé a mi izquierda la antigua chimenea Almirall, acuchillando el cielo como el dedo de Dios: una obra mastodóntica construida a mediados del siglo XX en plena era industrial, que ahora representaba un símbolo de orgullo para la ciudad de Terrassa.
Miré hacia arriba y seguí con la vista aquellas escaleras que ascendían alrededor de la estructura hasta perderse en el cielo negro.
Justo encima se arremolinaban unas nubes que presagiaban tormenta, y pude apreciar un tímido relámpago que iluminó la vieja chimenea momentáneamente; se avecinaba una tormenta y podía percibirse la electricidad estática en el aire.
Ubicándome mentalmente por la ciudad, conduje en dirección al parque San Jordi y estacioné el Kadett en la calle Sant Genís, desde donde podía observar el circo.
Me apeé sobre la acera y divisé una gigantesca lona de colores vibrantes suspendida sobre una monstruosa estructura metálica.
A derecha e izquierda, varias paraditas permanecían cerradas al público.
El circo estaba iluminado como un árbol de Navidad, y un cartel gigante en un costado rezaba: « Le Grand Cirque des Merveilles du Monde ».
Aunque pretencioso, sin duda resultaba impresionante y llamaba poderosamente la atención.
Caminé hacia el centro de la plaza, levantando con mis pasos el polvo del suelo, y me aproximé a la entrada.
Allí, encontré a un tipo extremadamente alto y delgado, vestido con un frac negro, apoyado sobre una ventanilla en el interior de la taquilla.
Me acerqué con la intención de preguntarle dónde podía encontrar a Vincent, pero antes de que pudiera formular palabra alguna, levantó un brazo largo y esquelético y señaló un carromato ornamentado de tamaño considerable que esperaba unos metros por detrás del resto de remolques.
Dirigí mis pasos hacia allí y me detuve a menos de un metro de la puerta.
Tal vez fuera mi imaginación, pero por un instante sentí que la luz era absorbida por una fuerza invisible.
Sintiendo el familiar dolor en el pecho, hice tripas corazón y llamé con los nudillos.
La puerta se abrió sin emitir ruido, y me quedé observando la entradilla, revestida con dos lonas azulencas que se me antojaron la entrada al infierno.
Avancé, apartando las telas a mi paso, y descubrí al otro lado una habitación opulenta, equipada con varios armarios pintorescos, un espejo excepcionalmente grande, una mesa que más parecía una pequeña recepción, y paredes y suelo completamente enmoquetados con terciopelo rojizo.
Tras la mea se encontraba Vincent, reclinado sobre lo que supuse eran carteles del circo con la representación de los artistas.
Al oírme entrar, levantó la mirada y dibujó una amplia sonrisa.
—¡Quel bonheur de te voir! —expresó con alegría—. Veo que recibió mi notificación, bon ami. ¡Pase y póngase cómodo! —añadió, señalando la butaca de enfrente.
Sin decir nada, hice lo que me pedía y me acomodé en el asiento.
Mi anfitrión se levantó y se dirigió a un armario.
Con movimientos gráciles, tomó de sobre un estante una botella y sirvió dos copas de un líquido oscuro.
Acto seguido me entregó una y se sentó enfrente.
Tomé un sorbo y sentí el regusto de un whisky añejo extendiéndose por la lengua.
—Es un Armorik —dijo, levantando su copa para observarlo a trasluz—. De lo mejor que puede ofrecer mi país. ¿Siente cómo quema las papilas en el primer trago?