Chapter 157
Si pudierais elegir qué hacer en el último día de vuestras vidas, ¿qué escogeríais?
Al fin y al cabo, casi todo el mundo escogería un atardecer cálido en compañía de algún ser querido, saborear por última vez ese bocado que tanto le gusta o disfrutar de esos momentos que dan sentido a nuestras vidas hasta agotar el último segundo.
Cualquiera que fuese vuestra respuesta, dudo mucho que se pareciese a lo que viví yo en mis últimas veinticuatro horas.
Era un cálido día de marzo, y el reloj marcaba las siete y cuarto de la tarde.
Apenas crucé el umbral del despacho, sentí que algo no marchaba bien; una alarma muda se encendió en mi interior, advirtiéndome de un peligro que no lograba identificar.
El ambiente estaba impregnado de una tensión extraña, como un perfume invisible que se adhiere a los sentidos sin dejarse atrapar.
Algo desentonaba allí, y mis ojos comenzaron a rastrear la estancia en busca de la causa.
Entonces la vi: una carta, cuidadosamente doblada, reposaba sobre el escritorio.
Avancé con cautela y la tomé entre las manos. En el dorso, con letra fina y precisa, se leía: « Para Andrés ». Desdoblé el papel y descubrí un texto escrito con caligrafía elegante:
“—Estimado bon ami. Me permito escribirle con la esperanza de renovar nuestro vínculo, pues ha transcurrido ya un tiempo desde la última ocasión en que compartimos tiempo juntos. Sería para mí motivo de gran satisfacción, si así lo considera usted oportuno, concertar un encuentro en el cual pueda ponerme al tanto de los avances en la investigación que ambos tenemos entre manos. Confío en que nuestra próxima reunión resulte provechosa y esclarecedora, y aguardo con entusiasmo las noticias que me traiga acerca de Guerau Mauri. No quisiera concluir sin expresarle mis más cordiales deseos de éxito, o, como decimos con afecto en mi tierra, bonne chance. Le esperaré en la dirección que ya le facilité, y le envío mi más atento y cordial saludo. Firmado: Vincent Laurent.”
—Joder… —musité al releer la carta.
Había olvidado casi por completo el caso, convencido de que no volvería a saber nada del cliente ni de Guerau Mauri, sobre todo tras leer las notas que él mismo había dejado.
Me aferraba a la esperanza de que todo aquello no hubiera sido más que una terrible pesadilla de la que algún día lograría despertar.
Pero, al fin y al cabo, un guerrero no elige sus batallas, y todavía quedaba un último asalto por pelear.
No podía ignorar el hecho de que Vincent Laurent era un hombre peligroso, y por el bien de mis seres queridos, me vi obligado a rendir cuentas.
Apreté la carta con fuerza hasta convertirla en una bola de papel y la arrojé a la papelera.
Antes de salir, recogí las fotos que había guardado previamente en el cajón del escritorio, me ajusté el cinturón y comprobé que el tambor del revólver estuviera cargado.
Guardé algunas balas en el bolsillo del pantalón, aseguré el arma en la pistolera y la oculté bajo la cazadora.
Apagué las luces, recogí las fotos bajo el brazo y abandoné el despacho, encaminándome hacia el coche.
Según recordaba, Vincent había mencionado algo sobre instalar un circo en el barrio de la Maurina, en plaza Nueva, así que puse rumbo allí mientras el sol descendía lentamente hacia el ocaso.