Lucidez Chapter 154
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Chapter 154

—Estoy más sordo que una tapia —refunfuñó—. Anabel insiste en llevarme a un médico de las orejas.

—Un otorrino —corregí.

—Sí, uno de esos. Dice que ahora existen aparatos que podrían ayudarme a escuchar mejor.

—¿Y no quieres probar?

—A estas alturas ya me da lo mismo. Cuando llegas a cierta edad, terminas por acostumbrarte a que todo el mundo te grite.

Unos cuantos gritos de más no van a cambiar las cosas.

Lo que realmente me duele es que la gente cada vez tiene menos paciencia con los viejos.

Los tiempos cambian, Andrés. En mis años mozos, a los ancianos se les respetaba… y si no, te caía un buen pescozón.

—Sí, Carlos, el mundo avanza tan deprisa que cuesta seguirle el ritmo. —Guardé silencio unos segundos, tragándome las palabras que me ardían en la garganta—. Escucha, tengo que contarte algo, y no es precisamente bueno.

—¿Y cuál lo es? —intentó bromear, pero al ver mi cara se quedó callado.

—Tengo que poner mis cosas en orden, Carlos, porque no me queda mucho tiempo.

Me han diagnosticado una enfermedad terminal… de esas que no se curan.

El semblante de Carlos se endureció; se inclinó hacia delante y entrelazó las manos, un gesto inequívoco de inquietud que reconocí en seguida, como si el peso de mis palabras hubiera caído sobre sus hombros.

—¿Te mueres?

—Sí.

Desvió la mirada un instante, buscando asimilarlo.

—¿Cuánto tiempo te han dicho que te queda? —preguntó al fin.

—No más de unos meses; tal vez, siendo generosos, un año. Pero viendo la rapidez con la que avanza la enfermedad, me temo que será más pronto que tarde.

Ambos nos sostuvimos la mirada durante un largo rato: yo, aguardando escuchar lo que él tuviera que decir, y él, intentando dar forma a la tormenta que le cruzaba por dentro.

—De todas las malas noticias que imaginaba recibir, esta era la última que esperaba

—dijo al fin, con voz grave—. Andrés, no tengo palabras de consuelo ni consejos que ofrecerte. Tú ya lo sabes: en la vida casi todo tiene solución, salvo una única cosa. La muerte lo cambia todo.

—Lo sé. No he venido en busca de consuelo ni de consejos. Solo quería la compañía de mi viejo amigo, de mi suegro, de la persona que quizá mejor me conoce, con el permiso de nuestra querida Ángela, que Dios la guarde en gloria. Sin embargo, sí necesito orientación en algo.

—Quieres saber si deberías decírselo a Anabel —dijo titubear.

—Exactamente.

Carlos se sumió entonces en un silencio más hondo, con una expresión que mezclaba la tristeza con la rabia contenida. Antes de responder, se frotó los ojos enrojecidos y después apoyó las manos sobre las rodillas, como si necesitara un punto firme para sostener el peso de lo que pensaba decir.