Chapter 155
—No lo sé, Andrés… Esa chica acaba de recuperar a su padre, y ahora está a punto de perderlo otra vez. Es un destino cruel, injusto para todos.
—Sí, apenas nos estamos conociendo. Créeme, nadie carga este dolor con mayor amargura que yo.
—Entonces no se lo digas todavía —sugirió con voz queda—. Aún te quedan unos meses. Déjale gozar de la presencia de su padre sin la sombra de ese miedo. Cuando llegue el momento, ya habrá tiempo para que enfrente el dolor.
El siguiente paso consistió en poner en orden todos mis asuntos legales.
Tras la muerte de Ángela heredé, junto con Anabel, la mitad de sus bienes: la vieja vivienda de ella y unas cuantas miles de pesetas.
Sin darme cuenta, había terminado al frente de una pequeña fortuna, y quería que todo ese patrimonio acabara en manos de mi hija.
Por eso dediqué buena parte de la siguiente semana a recorrer la gestoría y la oficina de un abogado que me hizo firmar decenas de documentos indescifrables para el ciudadano de a pie.
También había un asunto que quería dejar resuelto en lo relativo a mi ayudante; una mañana convencí a Jorge para que me acompañara a la gestoría y lo hice pasar al despacho del abogado.
Nos sentamos frente al escritorio y él apoderado depositó sobre la mesa un grueso juego de folios: un plan de sucesión pensado para que Jorge heredara el negocio.
—Tienen que firmar cada hoja a pie de página —explicó el abogado con voz mecánica.
—¿Para qué es esto? —preguntó Jorge, sacando las gafas de leer del estuche.
—Quiero que cuando yo no esté, sigas con el negocio —dije, tomando el bolígrafo y estampando mi firma en la primera hoja.
Vi de reojo a Jorge dejar el bolígrafo sobre la mesa y mirarme por encima de las gafas.
—¿De qué demonios hablas? —musitó.
—Haz lo que te digo, Jorge. Necesito que firmes esos papeles.
—No pienso firmar nada hasta que me expliques que...
—Me muero, Jorge —lo interrumpí sin darle opción—. Dentro de poco ya no estaré aquí para seguir con esto, así que firma los malditos papeles.
El silencio se extendió como una manta. Solo se escuchó el leve raspado de mi bolígrafo al sellar el documento. Pasados unos segundos, vi a mi ayudante balbucear, intentando ordenar las palabras.
—Yo no puedo… no sé cómo… —dijo, la voz quebrada.
—Sabrás hacerlo —respondí sin levantar la vista—. Eres espabilado y has aprendido mucho a mi lado. Saldrás adelante sin mí.
Sin pronunciar otra palabra, con las manos temblorosas, Jorge recogió el bolígrafo y comenzó a firmar folio tras folio.
Ignoro si durante esos instantes derramó alguna lágrima por mí, porque yo nunca me digné a mirarlo a los ojos.
Solo deseaba que el momento terminara; no quería piedad ni compasión, solo que todo quedara atado.