Chapter 153
Saltando de una foto a otra, busqué incansablemente la toma en la que Guerau estaba acompañado por un hombre de ropas adineradas. Por fin la encontré y la observé con la lupa. No había señal de sombra alguna, pero algo llamó poderosamente mi atención.
Al observarlo de nuevo, lo reconocí de inmediato: era mi cliente, el hombre que me había encargado la tarea de encontrarlo, aquel que se hacía llamar Vincent Laurent. Aquello no podía ser verdad. Según los textos de Guerau, ese individuo debía tener cerca de ciento ochenta años en aquel momento.
Fijé la vista en su rostro. La sonrisa que dibujaba parecía traspasar los límites de la realidad, llegando hasta mí a través del tiempo. Un escalofrío recorrió mi espalda: podía sentir el hambre que emanaba de esos ojos oscuros.
—La madre que te parió —dije.
Era el resorte que me faltaba para tomar, por fin, la decisión irrevocable de abandonar el caso.
Se habían terminado los fantasmas, los monstruos, los hombres centenarios, las quimeras imposibles…
e incluso Manolete en bicicleta. Decidí, sin titubear, dedicarme a disfrutar del tiempo que me quedaba, rodeado de quienes me amaban y entregado a aquellas actividades que me permitieran recuperar la paz mental que había perdido, si es que alguna vez la tuve.
A la mañana siguiente me levanté temprano, me vestí con ropas elegantes, almorcé de manera copiosa y salí a dar un paseo.
Creo que mi intención oculta era despedirme de las cosas cotidianas de la vida, dando pequeños pasos hacia una conciliación que pudiera amistarme con el propio mundo mediante gestos sencillos.
Por eso me permití gozar del bullicio de la ciudad, saborear un buen café en un bar mientras hojeaba el diario, detenerme a revisar los escaparates de las tiendas de la Rambla Egara y otras nimiedades semejantes.
Cerca del atardecer tomé el viejo Kadett y enfilé hacia el barrio de San Lorenzo.
Mientras conducía, mis ojos se perdieron en lo que quedaba de mi antiguo pueblo: ruinas que parecían cascarones vacíos, vestigios de una Barbara Roich apenas reconocible entre las construcciones modernas, y que me arrojaban un sentimiento de nostalgia por la pérdida de aquel lugar que, en otros tiempos, fue mi hogar.
Al llegar a la calle Dr. Cistaré aparqué frente a la casa de Carlos y descendí del coche.
No sabía si Anabel se encontraba en casa, aunque en realidad no era ella a quien quería ver.
Me resguardé bajo la sombra del porche, presioné el timbre y aguardé. Al poco, apareció un Carlos envejecido, más encorvado y cansado que la última vez que lo vi, aunque aún capaz de esbozar una sonrisa franca.
—Dichosos los ojos que te ven —saludó con calidez, abriendo la puerta de par en par—. ¿Qué te trae por estos lares?
—¿Es que acaso no puedo visitar a un viejo amigo?
—Y cada día más viejo si cabe —bromeó, dándome una palmada en la espalda—.
Anda, entra, alegra la tarde de este anciano y cuéntame qué ha sido de tu vida.
Juntos nos dirigimos hasta el comedor, donde un televisor lanzaba sonidos estridentes que rompían la quietud de la estancia. Carlos tomó el mando y bajó el volumen con gesto cansado.