Lucidez Chapter 152
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Chapter 152

—Lo lamento mucho, señor Andrés. Tal vez se trate de un error. Abriré una incidencia y veré si el informático puede solucionarlo. Por ahora, me temo que no puedo ayudarle.

Me quedé plantado allí, con cara de bobo y sin comprender un carajo, hasta que el muchacho me devolvió a la realidad con su voz calmada pero firme:

—¿Puedo hacer algo más por usted? ¿Necesita asistencia médica de algún tipo?

—No —respondí—. Volveré en otro momento. Gracias.

Sin llegar a asimilar lo que acababa de ocurrir, decidí regresar al despacho.

De camino, me detuve en el bar El Mesón de los Arcos , en Plaça Vella, y pedí una butifarra con judías blancas acompañada de un vino de la casa.

Tras el primer bocado, pronto advertí que mi estómago no estaba en condiciones de digerir nada, ya fuera por la enfermedad o por el exceso de alcohol de esa mañana, y dejé casi toda la comida en el plato.

Incluso el camarero, con cierta curiosidad, me preguntó si no era de mi gusto.

Lo despaché con un ademán entre toses: no estaba para hostias.

A eso de las tres de la tarde entré al despacho con la intención de tumbarme un buen rato y evadirme de cualquier pensamiento intrusivo que quisiera torturarme.

Al abrir la puerta, me encontré con Jorge sentado frente al escritorio.

Mi ayudante parecía disfrutar de un café regado con el mismo coñac que yo había tomado aquella mañana, o al menos esa impresión me dio al ver la botella al lado de su taza y un cigarrillo entre los dedos.

Al oírme llegar, giró la cabeza y me dedicó una sonrisa.

—Que hay, jefe —saludó, expulsando el humo por la nariz. Al verme caminar inestable, preguntó—: ¿Estás bien? Traes mala cara.

—No es nada, ya se me pasará —respondí con un ademán.

Jorge apagó el cigarrillo aplastándolo contra el cenicero y se cruzó de piernas.

—Tengo novedades —dijo, dejando un estuche de fotos sobre la mesa.

Caminé hasta la silla del escritorio y me dejé caer, abatido por el cansancio. Recogí la carpeta y saqué las fotos con cuidado.

—Te has tomado tu tiempo —señalé antes de examinarlas.

—A mí no me mires —replicó Jorge—. La tienda de revelado se lo tomó con calma.

No me las entregaron hasta esta mañana, cuando pasé a preguntar.

—¿Las has visto?

—No.

Abrí el estuche y saqué las fotos. Algunas habían perdido calidad por la escasa luz al momento de la toma, pero en general el trabajo parecía aceptable. Abrí el cajón del escritorio y saqué una lupa. Observé cada toma con ojo crítico y, poco a poco, la perplejidad se apoderó de mí.

Como en las originales, aparecía el que probablemente era Guerau Mauri: un hombre de mediana edad y porte distinguido, vestido de militar, en distintos momentos de la expedición.

Pero esta vez, a sus espaldas, se adivinaba algo inquietante: una sombra centinela vigilante.

Una silueta humanoide sin rostro ni rasgos, solo una masa de oscuridad que parecía devorar la luz a su alrededor.

—¿Qué cojones? —dije.